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Miércoles, 25 de febrero de 2009

DISCOS › INVADERS MUST DIE, LO NUEVO DE LOS INGLESES THE PRODIGY

El regreso de los terroristas

Tras la decepción de su disco anterior, Liam Howlett, Keith Flint y Maxim volvieron a juntarse para un álbum que es la banda de sonido ideal para estos tiempos de crisis: el mejor casamiento entre la furia rockera y la construcción tecno.

 Por Eduardo Fabregat

Ellos no inventaron el cruce entre la electrónica y la guitarra –antes debería atenderse a EMF y Jesus Jones–, pero fueron los que llevaron el casorio hasta el final, erigiéndose en terroristas del sonido que imprimieron su marca y vendieron millones de discos. A mediados de los ’90, cualquiera hubiera dicho que el reinado de The Prodigy duraría para siempre: si sus dos primeros discos habían cruzado la línea entre la pista de baile y el escenario de rock, The Fat of The Land derribó cualquier muralla que quedara en pie. Y sin embargo, de allí en adelante fue todo cuesta abajo, hasta llegar a la decepción de Always Outnumbered, Never Outgunned (2004), el desangelado disco en el que Liam Howlett se quedó solo. Claro que la vida siempre da revancha: Keith Flint y Maxim, los otros pilares del asunto, regresaron al redil. Y el lugar común de “Prodigy está de vuelta” es inevitable.

Invaders Must Die, el flamante disco del trío de Essex, viene a proveer la banda de sonido ideal para estos tiempos de crispación política, crisis económica y sálvese quien pueda social. Baste decir que el librillo incluye un graffiti con la frase “Protect yourself” y que el grupo fundó su propio sello, que lleva el nombre de una de las –virulentas– canciones del álbum: “Take me to the hospital”. Pero, sobre todo, la banda parece tener la musculatura a punto para volver a darle curso a esa contractura sonora, tan deudora de la furia distorsionada como del beat quebrado del drum’n’bass, que supo hacerla grande.

No parece casual que la Federación de Fútbol inglesa haya elegido el primer corte, “Omen”, como arenga para abrir los partidos: como suele suceder con el mejor Prodigy, sus canciones pueden interpretarse como un shot de adrenalina directo al cerebro. Desde el título, pasajes como “Thunder”, “Warrior’s Dance” o “World’s on Fire” consiguen que obras de laboratorio –ritmos pacientemente construidos, sonidos de teclado que retuercen a Kraftwerk, samples, guitarras virtuales, voces de alucinación– tengan un calor, un poderío orgánico que desmiente la cuna de unos y ceros. E incluso dejan lugar para la aparición de quien supo aporrear los parches de una banda que muy poco tuvo que ver con lo tecno: en la arrolladora “Run with The Wolves”, Dave Grohl dibuja encima de las baterías electrónicas para un momento que certifica otra vez aquello del terrorismo sonoro. El ex Nirvana reaparece al final con “Stand up”, si se quiere el track más melódico, casi tarareable, de Invaders Must Die.

Con lo que el primer disco de la banda en cinco años, cuya tapa muestra el culo de un zeppelin en la Primera Guerra, sólo puede ser considerado como una buena noticia. Así lo han entendido en Inglaterra, donde acaba de debutar en el primer lugar de los charts. Será un año de triunfos: The Prodigy arrancó el 16 de enero en Nueva Zelanda una gira que lo llevará por todo Europa, Miami y Nueva York hasta el 9 de agosto, cuando liquiden la faena en Alemania. Vaya a saberse qué será del mundo entonces. Pero el soundtrack habrá sido disfrutable.

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El nuevo disco los muestra a la altura de The Fat of The Land.
 
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