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Jueves, 24 de agosto de 2006

CINE › LA VISION DE PEREZ-REVERTE, EL PADRE DE LA CRIATURA

De cómo filmar al capitán sin convertirlo en un héroe vacío

 Por Juan Cruz

“El capitán Alatriste no soy yo. Lo que pasa es que Alatriste mira como yo.” Cuando publicó en Alfaguara la primera entrega de Las aventuras del capitán Alatriste, hace ahora una década, Arturo Pérez-Reverte tenía escritos en una cuartilla los títulos de los siguientes capítulos de la saga; eran para él como una obligación, un reto que se había planteado y que iba a cumplir a rajatabla. Era el regalo literario que le debía a su hija Carlota, a la gente de su tiempo. Luego llegó el fenómeno editorial. “Se han vendido cuatro millones y medio de volúmenes, se han hecho comics, ha habido una verdadera alatristemanía..., y ahora es el cine. ¿Cómo iba a pensar que el personaje estaría tan vivo una década después?”, se pregunta. La película llega tras la publicación de El pintor de batallas, su última novela, en la que la guerra es el lienzo en el que se reflejan miradas vencidas de personajes cansados.

Le puso tanta pasión Pérez-Reverte a la escritura de su saga –que había concebido como una lección sobre la España del siglo XVII– que la gente le preguntaba si Alatriste era él. Se estrena la película que se basa en sus novelas y Pérez-Reverte responde lo mismo a idéntica pregunta: “Alatriste es Alatriste, pero la mirada es mía. Es el que yo inventé. Y lo que ha hecho Agustín Díaz Yanes es recoger esa mirada, conmovida, a veces incómoda, que tiene Alatriste sobre la tragedia de ser español”.

No es, dice, “una mirada patriotera o nacional”, sino una forma de poner ante el retrato de los españoles una época fundamental de la historia de España, “manipulada por unos y contaminada por otros; unos quisieron borrarla, y otros, ya que no podían borrarla, o limpiarla, porque la consideraban sucia, decidieron olvidarla”. Se enfrentó a esa historia tratando de darle a Alatriste el contenido de un héroe moderno, en el que la gente se pudiera poner en perspectiva los problemas de hoy; en España, cree, “aún nos acuchillamos de la manera cainita del siglo XVII”. “No es un personaje arcaico, un personaje antiguo; la gente ve el mundo a través de él”, dice el novelista, y era esa impronta de modernidad la que quería en el cine. Cuando Díaz Yanes le propuso el guión, el autor le dio el visto bueno. Fue muy poco al rodaje; ocho de sus novelas han sido o serán materia de cine, y ya sabe que “es mejor que el director vaya haciendo su trabajo, sin otras interferencias que las que él quiera”. Así que se limitó a dar el visto bueno al guión y al casting, a cuyo frente está un Viggo Mortensen que lo fascinó. “¡Es Alatriste, el que pensé, el que escribí! ¡Casi el de los dibujos!”.

“A mí la película me gustó muchísimo y a la gente le va a fascinar. Es lo que un autor quiere cuando crea un personaje: que luego el cine lo respete y lo recree. Agustín Díaz Yanes le ha hecho un servicio importante a España, ayudándole a entender y a ver una historia que a menudo ha estado olvidada, contaminada y sucia. Podía haber hecho sólo aventuras y estocadas. Y ha querido sobre todo respetar el lado oscuro de aquella época, la soledad, la pobreza, el abandono en el que vivían el español y el soldado. Convirtió ese clima en elemento principal de la película. Y Viggo es ese Alatriste que vive en una soledad creciente, un héroe cansado frente a unos fanáticos y a unos imbéciles. La cara de ese Alatriste, soldado leal, con la decencia machacada por los poderosos, el buen vasallo que no tuvo buen señor, es la que transmite Viggo. ¡Como si hubiera sido siempre Alatriste! Y la verdad es que pienso que Alatriste hizo español a Viggo.” En la primera pasada de la película “era conmovedor ver cómo los actores respondían a la emoción que desprende su propio trabajo. Verles llorando de emoción debe de ser, seguramente, una satisfacción para Agustín; pero imagínese para mí, que fui quien creó esos caracteres a los que ellos dan vida de modo tan extraordinario.”

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“¿Cómo iba a pensar que el personaje estaría tan vivo una década después?”, pregunta Pérez-Reverte.
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