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Viernes, 29 de abril de 2005

FOTOGRAFíA

El viaje de Grete

En 1964, Grete Stern pasó cuatro meses recorriendo Chaco, Formosa y Salta para entrar en contacto con distintos grupos de aborígenes del Gran Chaco, a los que había conocido unos años antes. De esos encuentros resultaron las imágenes que ahora, a más de treinta años de su última exhibición, pueden (re)descubrirse en la Fundación Proa.

 Por Soledad Vallejos

No he estudiado la materia. Me limité a fotografiar lo que veía”, escribió Grete Stern en 1971, cuando mostró por segunda vez las fotografías que habían resultado de su viaje al Gran Chaco. También aclaró: “no tenía entonces medio de transporte a mi disposición y, con toda intención, no busqué la asistencia oficial”. Si la afirmación inicial podía pasar por ser una postura en apariencia ingenua (una postura, en todo caso, regida por una mirada despojada de toda intención escolástica o clasificadora: lo suyo era pararse en un lugar que permitiera otra relación), la segunda revela a una Grete Stern ferozmente consciente de sus acciones y sus objetivos. En el inicio, su travesía tenía por meta “documentar durante cuatro meses la vida y la artesanía de algunos de los grupos aborígenes” que había conocido unos años antes, tras una serie de talleres que dictó en Resistencia, a pedido de la Universidad Nacional del Nordeste. En el inicio, lo dicen sus retratos, sus paisajes, el aire polvoriento que puede palparse en el grano de las fotos, Grete no imaginaba la riqueza que podía resultar del encuentro entre ella (su cámara) y el mundo al que quería acercarse, pero afortunadamente sí fue capaz de reconocer lo que nacía en el rollo. Ahí están ahora, en las paredes de la Fundación Proa, las 95 imágenes que, junto con piezas de la colección del Museo Etnográfico de la UBA, hacen de Culturas del Gran Chaco una muestra inquietante y capaz –gracias a la acertada curaduría de Luis Príamo– de hacer estallar preconceptos, cuestionar discursos (oficiales y oficiosos) y dejar que la luz humanista de la mirada de Stern llegue intacta a cuarenta años de distancia.

Fue en Resistencia, durante 1959 y 1960, donde Stern se cruzó por primera vez con aborígenes argentinos. Contratada para dictar clases en la Universidad, de alguna manera terminó yendo al encuentro de los tobas que vivían en las afueras de la ciudad, en pequeñas comunidades que –en sus dimensiones y dinámicas– demostraban los efectos a largo plazo de la voluntad civilizadora (con una sociedad desplazada hacia zonas marginales desde 1880, escolarizada en instituciones que creaban una única identidad posible con la enseñanza del castellano, enrolada en el ejército, “la antigua familia extendida quedó reemplazada por la familia nuclear”, y las modalidades del liderazgo se vieron afectadas por prácticas ajenas a sus tradiciones, como bien reconstruye Pablo Wright en Los indígenas del Chaco argentino). Grete, que venía de realizar sus increíbles collages en la revista Idilio (Sueños, esas imágenes surrealistas que ilustraban la sección del consultorio psicoanalítico), que ya era conocida por sus paisajes urbanos, que dirigía un taller en el viejo Museo de Bellas Artes (cuando todavía lo dirigía Romero Brest y no tenía sede propia), fue hasta la periferia. “Tuve la oportunidad de conocer a los aborígenes de la zona, indios tobas que vivían en pequeños grupos en las afueras de la ciudad. Al principio, casi todos esos indios tenían miedo de dejarse fotografiar y escapaban. En algunos casos, después de conversar con ellos –o de mostrarles fotografías de otros aborígenes–, se convencían de que mi uso de la cámara no les haría daño y me permitían hacer la toma. Pero a veces, para tener más seguridad ante la cajita negra, sólo permitían que los fotografiara si tenían una Biblia entre las manos.” De esa época plagadade intentos, adelantos y retrocesos para establecer un contacto, data ese retrato magnífico de una mujer asomada a la ventana en medio de las faenas cotidianas: el tiempo se detiene, los resquemores que Grete detalla en su texto parecen haberse evaporado, la retratada sonríe en plena confianza y acorta las distancias entre ella y la cámara de esa señora alemana que supo participar de la Bauhaus de Dessau. Es en uno de esos momentos cuando Stern decide que va a tener que regresar.

Desde que regresó en 1960 hasta 1964, Grete movió cielo y tierra para conseguir una financiación que le permitiera pasar meses viajando, fotografiando, “documentando” (así debía plantearlo en ámbitos institucionales: con la lejanía y supuesta objetividad que se esperaba de ella, aunque sus fotos demostraran otro acercamiento), conviviendo con mujeres, hombres, niñas y niños de distintos grupos en sus diferentes territorios. Consiguió el dinero gracias al Fondo Nacional de las Artes (el pedido de beca, cuenta Luis Príamo, indicaba que el reportaje abarcaría: “1. Paisaje donde viven. 2. Tipo de vivienda y su construcción. 3. Vestimenta. 4. Normas de vida: higiene, costumbres alimentarias, etc. 5. Aspecto fisionómico. 6. Expresiones de artesanía: materia prima, producción, manufactura, distribución del trabajo”) y partió a recorrer un itinerario trazado en función de las posibilidades del transporte público: Chaco, Formosa, Salta y nuevamente Formosa, entre mayo y septiembre. Primero pisó tierra conocida, Resistencia, y desde allí partió al interior de la provincia: Colonia Benítez, Napalpí, Villa Angela, Presidencia Roque Sáenz Peña, Colonia Castelli, Miraflores, Legua 15 y Fortín Lavalle, toda una topografía eminentemente urbana (y oportunamente destacada en el mapa que elaboró para mostrar junto con sus fotos) que no deparaba, por ejemplo, ni la comodidad de la retórica pro-miserabilista de los proletarios desplazados de la modernidad (las villas de emergencia en las que la clasificación social carga con un sesgo economicista, si se quiere) ni la relación clásica que el registro etnográfico en la Patagonia había instalado como norma a la hora de retratar pueblos originarios. A lo largo de 800 kilómetros de camino, se encontró con distintos grupos: tobas, mocovíes, pilagás, wichís, chiriguanos y chorotes. A todos aprendió a reconocerlos por las especificidades de sus idiomas, sus artesanías, los rituales domésticos y sociales y los espacios en que se llevaban adelante, pero también por las relaciones que estos grupos establecían con el mundo “blanco”, del que ella provenía y con el cual no podía evitar tensiones. “Había muchos blancos que se ocupaban de los indios, que preferían ser llamados ‘paisanos’ y no indios o aborígenes, pues consideraban despectivas esas denominaciones. En primer lugar estaban los diferentes misioneros protestantes. Y la Cruz Roja de Resistencia y la Asociación de Amigos del Aborigen de Quitilipi. Estas entidades no intervenían en cuestiones religiosas, como lo hacían los misioneros. Todos querían ayudar al aborigen, pero cada grupo lo hacían a su manera.”

De Villa Angela son las niñas que estallan en sonrisas en medio de un campo de algodón frente a una cámara detenida, no es casual, a su misma altura (ni un poco más alta que ellas, pero tampoco más baja), de Napalpí los diferentes ranchos (“rancho criollo, rancho sin pared, casa de material de Heriberto Galván”) y el hombre llamado Gregorio Aguirre, que se prepara –camuflándose con hojas– para mariscar ñandúes, de Presidencia Roque Sáenz Peña una toba que recuerda en su perfil los retratos de las grandes damas cinematográficas, de Roque Sáenz Peña la mujer que teje en crochet un bolso para su Biblia, y de San Francisco Solano las chiriguanas que cargan agua en un pozo comunitario enclavado en medio del monte. Lejos del registro etnográfico, de la voluntad de describir desde fuera (yo miro aquello, cuento cómo es de acuerdo a cómo lo veo, una actitud de pretendida asepsia científica), de la voluntad de hacerse pasar por una más (yo me integro, puedo entenderlos y puedo contarlo gracias a mi inmersión), la presencia de Stern es de un humanismo rabioso que, además de notarse en cada una de las imágenes, dejó su rastro en todas sus anotaciones. Allí aparecen las identidades, las prácticas (públicas y privadas), los espacios, las dinámicas, cuidadosamente narrados desde una cámara de fotos. “Los primeros indios que visité en Miraflores fueron tobas. Uno de ellos, Hilario Cabrera, vivía con toda su familia en un grupo de construcciones hechas en parte con ladrillos de barro o adobe. Se afeitó, su esposa, las nueras y los chicos se pusieron pañuelos en la cabeza, y todos subimos al carro tirado por dos caballos para ir al lugar de las reuniones, donde estaba el rancho-iglesia. El ambiente no favorecía mis propósitos fotográficos. Algunas mujeres parecían sumidas en éxtasis: hablaban en su lengua, completamente fuera de sí. Sentí que sería una falta de respeto tomarles fotografías. Como en todas las oportunidades anteriores, llevaba conmigo tomas de indígenas hechas en 1959 o 1960 para mostrar a mis interlocutores qué es una fotografía y cómo podían reconocerse en ella. A todos les gustó mucho ver las fotos y encontrar caras conocidas; a pedido de ellos, les envié algunas copias de las que había tomado con su ayuda. En todas las ocasiones les ofrecí algún dinero para dejarse fotografiar y caramelos para los chicos.” (Su palabra no siempre se limitaba al camino que iba haciendo. En otro pasaje, la agudeza de Stern recuerda que, en el segundo viaje, la artesanía de totora habitual entre los paisanos había adelantado –ya podían elaborar en serie las piezas–, y no sólo eso: “una nueva artesanía surgió aquel año en Resistencia: la alfarería de tobas, enseñada en la dirección de Extensión Universitaria”.)

Culturas del Gran Chaco, la muestra, da una vuelta de tuerca a la expectativa que puede tener el público: en los espacios flanqueados por las fotos, descansan piezas de la colección del Museo Etnográfico de la UBA. Se trata de cerámicas, máscaras, vestidos, elementos de uso cotidiano (tejidos de cháguar, quillangos de piel, tabaqueras), tocados de plumas, tejidos, provenientes en todos los casos de las colecciones que la institución fue armando con piezas aportadas por “investigadores viajeros” que, a la manera de los padres fundadores de la antropología europea, llevaban adelante excursiones al interior. Aunque primorosamente restaurados por quienes trabajan actualmente en ese Museo, un detalle da cuenta de cuál era la política aplicada entonces: faltan las fechas, los lugares, datos que puedan dotarlos de un origen más que genérico. Una pequeña venganza de la historia, entonces, que esas piezas acompañen las fotos de Stern, pobladas de identidades, sonrisas, y luces de una intimidad tremendamente vital. £

Culturas del Gran Chaco puede verse en Fundación Proa, Av. Pedro de Mendoza 1929 (de martes a viernes de 12 a 19, sábados a domingos de 11 a 19), hasta fines de mayo.

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Mujer toba, alrededores de Resistencia, 1959-1960.
 
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