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Viernes, 29 de abril de 2005

A MANO ALZADA › (SOBRE ALGUNOS COMPLICADOS MATICES QUE DEBERá ENFRENTAR UN PAPA QUE PARECE VER SóLO EN BLANCO Y NEGRO.)

¡Ay Benedicto, si vos quisieras!

 Por María Moreno

Viaje a Berlín por 19 euros. No mentimos: somos alemanes” reza una promoción en los subterráneos de Barcelona. Y ese no mentir, en las mitologías sobre características psicológicas propias de un país o de otro, siempre groseramente aglutinantes sean a favor o en contra, pide ser asociado no tanto a la honestidad sino al estilo directo, de “al pan, pan y al vino, vino”, a las declaraciones sin anestesia que pueden ir desde los impuestos a la Solución Final. Y es esa la capacidad que nadie le niega a Josef Ratzinger, la de utilizar, casi sólo para pronunciarse por sí y por no, esa lengua dulcísima, mancillada por sus usos en los dictámenes de exterminio y la irrupción de cifras para numerar cadáveres: el alemán. Sin embargo Benedicto XVl ha utilizado, hasta ahora, su firmeza para seguir haciendo confundir a sus fieles católicos aquellos elementos que son magisterio de la Iglesia, los que pertenecen a la tradición bíblica y los que son de incumbencia legislativa, mezclándolos en, podría decirse, los mismos noes. La condena del aborto, por ejemplo, sólo se volvió inapelable a partir de la centralización del papado y este acto sólo merecía penitencias menores cuando la pena era responsabilidad de las iglesias locales, los sínodos y los concilios episcopales. Sin embargo, para realizar reformas, el nuevo Papa podría apoyarse tanto en la tradición bíblica como en la seguida por la Iglesia legislativa. Podría no condenar el aborto puesto que éste ni se menciona en las escrituras salvo para condenar la acción de un hombre que golpeó en el vientre a una mujer embarazada y para hablar de deformidad en el rostro de una joven, Miriam, castigada con la lepra. Podría no condenarlo, siguiendo a Santo Tomás y San Agustín, que no lo hacían hasta los 45 días de gestación. Pero también podría no hacerlo de acuerdo a prácticas favorecidas por la propia Iglesia: el permitir abortar en el Tercer Mundo a monjas que habían sido violadas. Como también podría aceptar el divorcio, puesto que autoriza un eufemismo de éste: la anulación del matrimonio. Y podría terminar con el celibato obligatorio de los sacerdotes, ya que los mismos apóstoles eran casados y quizá también Cristo, según excitantes y recientes versiones. Pero Benedicto XVl, representante del segundo país contribuyente a las arcas del Vaticano (que ya no son tales) tendrá otras preocupaciones. El sucede a un enérgico contable y, por supuesto, a Fernando Vallejos, que lo llamó “travesti vestido de blanco” y lo acusó de besar tierra ajena con el culo al aire como conquistador recién desembarcado; se le escapó que su despilfarro de canonizaciones era una extorsión para que cada una de las 2864 diócesis que financian a la Santa Sede a razón de 600 millones de pesos por año, según cálculos fiscales y no teológicos, siguieran depositando sus donaciones. Juan Pablo ll fue un habilísimo reestructurador de la empresa vaticana y, durante ocho años, generó más recursos que gastos. Sus viajes promocionales, amén de sus intereses políticos, eran equivalentes a los de un buen vendedor a domicilio. Claro que tuvo ese traspié con el Banco Ambrosiano, cuya consecuencia fue que el Instituto per le Opere di Religioni tuviera un agujero de varios millones de dólares y que hubiera detalles brumosos y enigmáticos como para excitar la inteligencia cocainómana de Sherlock Holmes (un enigma bastante fácil), como la aparición del presidente del banco, Roberto Calvi, ahorcado en el puente londinense insidiosamente llamado Blackfriers (frailes negros), hecho que fue catalogado de suicidio acrobático. Por supuesto que tuvo que intervenir para lavar la mancha de pecados no originales del arzobispo Paul Marcinkus, entonces al frente del Banco Vaticano, que quedó libre de culpa y cargo en 1985 en una historia de pones con o sin sotana. Entonces nunca un Estado recibió tanta benevolencia bancaria en calidad de rescate. Pero Juan Pablo ll no sólo era hábil para urgencias sino que tenía una clara visión turística de su pequeño y rendidor espacio, que cuenta por lo menos con la Capilla Sixtina y decenas de Rafael y Caravaggio. Mientras la Argentina estaba acogida a la fórmula pizza con champagne, él nombraba al ex arzobispo de Detroit, Edmund Szoka, para que se encargara de un lugar semejante al de un gobernador, quien multiplicó la producción de souvenirs –como platos donde el Papa persigue con la mirada y Pietàs con el sello Ciudad del Vaticano en los bordes del manto de la Virgen–, emitió monedas y sellos postales y convirtió la ciudad en un megamercado de multiofertas: la gasolinera cercana a San Pedro vende baratísimo y los mercados que abastecen a los 1500 empleados vaticanos no pueden sino tentar al menos a los habituales visitantes romanos. Pero, a partir del nuevo siglo, el Vaticano está nuevamente en rojo. La Radio Vaticana, obviamente de programación limitada, da pura pérdida. Inmensas razones, no siempre morales, impiden que se mande a remate en Christie’s La Pietà de Miguel Angel o alquilar a millonarios snobs la habitación de la Plaza de La Muralla, ocupada hasta hace poco por Josef Ratzinger. Ese rojo, que no es cardenalicio ni va con mitra, puede distraer de sus preocupaciones dogmáticas a un Papa que parece verlo todo en blanco y negro, aunque su promoción haya sido precedida por una ambigua fumata gris, originada en la mala combustión de las papeletas votantes y de los químicos que garantizaban el blanco inmaculado, mientras la Capilla Sixtina se llenaba de humo y de toses. ¿Una señal del cielo?

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