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Viernes, 29 de abril de 2005

SEXUALIDADES

Así [email protected] queremos

Este año se reunieron en Buenos Aires representantes de distintas agrupaciones en el mundo de padres y madres de gays, lesbianas, travestis y transexuales, con la intención de compartir experiencias y fijar metas, esta vez relacionadas con los derechos sexuales desde la infancia y la adolescencia.

 Por Sonia Santoro

Lo que llevó a este grupo de mujeres a juntarse no puede resumirse en una sola historia. Probablemente sean tantas historias como madres y padres de hijos e hijas homosexuales, lesbianas, transexuales y bisexuales existan en el planeta. Lo que las diferencia del resto, y a las vez las une, es que se han apropiado de manera particular de la frase “por un hijo/a se hace cualquier cosa”. Porque ellas pasaron de preguntarse entre llantos “¿qué hice para que mi hijo/a sea así?” a reclamar enfurecidas “¿por qué no tiene los mismos derechos que cualquier otro u otra?”. Como parte y corolario de ese proceso, a mediados de abril llegaron a Buenos Aires desde Estados Unidos, México, España y Uruguay para participar del Segundo Encuentro Internacional de padres, madres, familiares y amigos/as de gays, lesbianas, travestis, transexuales, bisexuales e intersex.

Si hay que buscar un origen de todo ese movimiento, aparece inmediatamente en la voz de Nila Marrone, directora de Padres, familiares y amigos de lesbianas y gays (Pflag) de Nueva York, el año 1971, en las calles de su misma ciudad. Ese año, una mujer vio por televisión cómo golpeaban a su hijo porque estaba en una manifestación. En ese mismo minuto descubrió que él era gay y activista y decidió que nadie tenía derecho a golpearlo. Fue a todas las oficinas donde pudieran explicarle por qué su hijo no había sido protegido por la policía, y la mayoría de los funcionarios se rió de ella. En 1972, fue a la Marcha del Orgullo Gay con un cartel que decía “Amo a mi hijo gay y estoy orgullosa de él”. Al año siguiente fundó el primer grupo de apoyo de padres. Su nombre es Jeanne Munford y aquella primera organización (Pflag) tiene ahora 500 filiales en Estados Unidos, 40 en Canadá, y gran cantidad en toda Europa, Australia y Nueva Zelanda.

Las mujeres presentes en esta entrevista han llegado por distintos caminos a la misma conclusión: si querían hacer algo por sus hijos o hijas y por ellas mismas, debían organizarse. Irma Anhalt, de México DF, recuerda que “cuando mi hija salió del closet después de medio año de pena, vergüenza y desinformación total, se hizo una reunión con 4 mamás en una librería sobre sexualidad; nos juntamos con un problema común, llorábamos, no sabíamos qué hacer y nos sentíamos únicas en este mundo”. Fue hace 4 años. Hoy coordina un grupo de madres, pero también trabaja por los derechos humanos de “nuestros hijos” y se presenta en instancias gubernamentales para lograr lo que no se consigue sin insistir.

Carmen Rabada, de Barcelona, España, forma parte de Pflag desde 1995. Durante los primeros 5 años, su grupo no tuvo asistentes, pero subsistió y hoy intenta “no silenciar nuestros sentimientos”. Lo que ha visto en todos estos años es que a sus hijos e hijas los han podido ayudar poco y tarde; por eso ahora trabajan desde la niñez y la adolescencia. “Además de la acogida a los padres, trabajamos desde 0 a 17 años. En infancia, por ejemplo, vamos a las consejerías tanto de salud como de cultura para que se incluya al homosexual. Si se hacen títeres, no todos tienen que ser heterosexuales, también bregamos porque haya cuentos con niños homosexuales como protagonistas. Es un poco una reivindicación como la de la mujer cuando no podía hacer nada porque era mujer y empezó a luchar para ponerse en la brecha. Entonces, queremos conseguir que de aquí a unos años, sea todo tan normal que ya ni se hable de que una persona es homosexual o no”, dice.

Los padres y madres de Argentina están coordinados por Irma Fischer, quien se enteró de que su hijo es gay estando en Alemania. Un grupo de padres de ese país la acompañó y cuando volvió a Buenos Aires pudo armar el propio. Ninguno floreció de un día para otro. Necesitaron una mayor apertura social y apoyo de los medios masivos de comunicación para que las cosas empezaran a darse de a poco. Hoy ya pueden evaluar, a partir de su experiencia, cómo ha evolucionado a lo largo de los años el estado emocional en el que las personas llegan a sus grupos. “Hay un cambio muy grande en los últimos 20 años –cuenta Marrone–. Antes, todos los padres llegaban llorando, muy apenados. Ahora hay una diferencia muy marcada entre la gente de color, incluyendo los hispanos, que llegan muy afectados, y los padres de descendencia europea en EE.UU., que llegan con niños muy pequeños que les han dicho que son gays o lesbianas y plantean que quieren ayudarlos, asegurarse de que estén seguros, de que no les pase nada en la escuela.”

En España y México, la situación es bastante parecida. “Tenemos personas de 40 años que nos dicen ‘aún no se los he dicho a mis papás’. Y también otras, como un padre que llamó diciendo que su hijo de 7 años podía ser gay, y quería informarse. Eso es fantástico”, dice Rabada.

La discusión principal es cómo lograr que la sociedad cambie y acepte a los chicos. “En los niños pequeños –explica Marrone–, lo que se percibe es una expresión de género diferente: un niño que tiene actitudes del género opuesto o una niña que quiere jugar mucho con la pelota. Eso se llama niños de comportamiento atípico. Es curioso que de esos niños, el 85 por ciento se identificará con orientación homosexual o bisexual, el resto no. Entonces, lo que hay que hacer es educar a la sociedad para aceptar a estos niños como algo normal. Es muy importante hablar de la expresión de género porque en muchas familias no se tolera que un niño manifieste preferencia por la cosa femenina; claro ahí entra a jugar también el sexismo y la desvaloración de lo femenino.”

En España, se está tratando de devolver el sentido original a las palabras lesbiana y maricón para que dejen de ser percibidos como un insulto, como se hizo en Estados Unidos con la palabra queer. Por su parte en México, cuenta Anhalt, promueven preparar a directores de escuela y maestros para que no manden compulsivamente a los chicos al psicólogo y/o psiquiatra para que los “curen”.

Ninguna de estas mujeres tiene un pasado de activista en otra causa. Sentadas aquí, alrededor de la mesa de un hotel céntrico, parecen más dispuestas a compartir un té de las cinco que a luchar por los derechos de las minorías sexuales. Sin embargo, ¿quién podrá endilgarles falta de conocimiento en cuestiones de apariencia?

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