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Viernes, 28 de octubre de 2005

RESISTENCIAS

Lugar comun

Un grupo de adolescentes rosarinas que empezó a juntarse por su cuenta –a falta de iniciativas oficiales– para poner en común herramientas de salud sexual y reproductiva y también sus dudas y dificultades con relación al tema, formaron la agrupación Mujercitas. Una experiencia que pone en acto lo que podría lograrse con educación sexual para todos y todas.

 Por Sonia Tessa

Desde Rosario


Erica tiene 18 años y está a punto de terminar el polimodal, en la escuela 409 de la zona oeste de Rosario. Es la más pequeña de las integrantes de Mujercitas, que se inició en el año 2001 como un grupo de adolescentes –hoy todas rondan los 20– para abordar desde una mirada común la educación sexual. Comenzaron a reunirse fuera del colegio a instancias de la docente de biología, Claudia Mauri, la única que se atrevía a llamar a las cosas por su nombre en las aulas. Siguieron yendo cada semana, coordinadas por la misma Claudia y otra docente, Mónica Arrighi. Y le eligieron el nombre al grupo. Hoy aseguran que formar Mujercitas les cambió la vida. Lo dicen con la frescura de las adolescentes, y muy lejos de un discurso moral sobre lo que se debe hacer. “Siempre llego tarde a clase porque todos mis compañeros y compañeras me van preguntando cosas, sobre anticoncepción de emergencia y todo lo demás. Por ejemplo, hace poco en el aula, yo tenía un forro y una de mis compañeras se empezó a reír. Le pregunté si le daba asco, o vergüenza. Todos empezaron a decir que querían uno, y me pedían que lo infle”, cuenta con un desparpajo muy propio de su edad, mientras se acomoda el pelo corto.

Erica quiere ser psicóloga, y después de cuatro años de participar en Mujercitas sabe que los hijos no son el único proyecto de vida posible. Les pasa lo mismo a muchas de las chicas que pasaron durante estos años por el grupo, pero claro, no es lo más común en el barrio Fonavi donde viven. Erica cuenta de una prima casi de su edad, que ya tiene cuatro hijos. “Le pregunté cómo se va a cuidar ahora, ya que tomaba pastillas y las dejó porque le salían granitos en la cara. Todos los días me entero de que tengo un sobrinito nuevo. Pero mi prima sabe que existen los preservativos, y que yo siempre tengo”, relata.

Otra de las históricas del grupo es Cintia, o Pachi, hoy de 21 años, estudiante de diseño gráfico y de danzas folklóricas. “Los chicos te cuentan bastante. A mí me vienen a preguntar a través de otras personas. Desde que estoy en el grupo la relación con mi hermana cambió un montón, porque en mi casa de sexo no se hablaba. En realidad, no se hablaba de ningún tema. Mi mamá también aprendió mucho desde que estoy en el grupo”, dice orgullosa sobre estos cuatro años. Se peleó hace pocos meses con su novio porque él la acusaba de tener “el feminismo incorporado”. Sin embargo, él también aprovechaba sus conocimientos para darse corte. “Me pedía que le explique de nuevo lo de anticoncepción de emergencia, y después les daba la información a sus amigos, con los que se junta en un kiosco del barrio. Para mí eso es buenísimo”, abunda.

Las Mujercitas se reúnen los miércoles, a las 16, en el centro de salud del barrio, donde hay una sala que pertenece a Casa de la Mujer, la entidad que les dio lugar. La barriada fue construida con el plan Fonavi, son hileras de casas donde viven familias numerosas, agobiadas por problemas laborales y la desocupación, pero sobre todo por la falta de perspectivas para las chicas que están terminando –cuando pueden– el polimodal, que la costumbre todavía denomina como “escuela secundaria”. Entre las actividades de Mujercitas, hicieron un taller para adolescentes embarazadas. “Discutíamos con las chicas que cuando quedás embarazada es porque inconscientemente estás buscando un bebé”, se sincera Pachi, que también confiesa que los niños “la desesperan” (se traduce como “le encantan”). Sin embargo, ahora sabe que no es el momento y a los 21 todavía no encaró el proyecto.

Elegir el momento es un lujo por esa zona, pero también es cierto que el camino de cuidarse es más complejo de lo que cuentan los manuales sobre educación sexual. Todas reconocen que saber sobre los métodos no siempre significa cuidarse. “Llegamos al grupo y le decimos a Claudia: ‘no sabés lo que hice’”, cuenta Erica mientras imita a la profesora, que las increpa con los brazos en jarra. Todas se ríen a las carcajadas de la escena. Allí tienen un espacio de complicidad en el que pueden contar, también, “las cagadas” que se mandan. Reconocen que “siempre cuesta cuidarse” y reproducen un diálogo habitual. “Le pregunto por qué no te cuidaste, dice que porque él no sacó el preservativo. Y vos por qué no lo sacaste. Nosotras sabemos que es nuestro derecho y nuestra obligación, porque es nuestro cuerpo y nadie puede hacer lo que quiera con él, pero no había forma de que mi novio se quisiera poner el forro”, admite Pachi. Aunque hace meses que está peleada, todavía toma pastillas anticonceptivas, para ponerse a salvo de cualquier accidente.

La anticoncepción es un tema tan común como espinoso, el más habitual en sus reuniones semanales. Pero siempre tienen un trasfondo afectivo, que no se esquiva en esos encuentros. “Tengo los conocimientos, pero lo de cuidarse es siempre un tema”, reconoce María de los Angeles (Angie), de 20 años. “Tengo una hija de un año y 4 meses, y me quedé embarazada tomando las pastillas, yo creía que las tomaba correctamente”, cuenta. Es la más nueva del grupo, comenzó hace un año, porque su madre es amiga de Claudia, una de las coordinadoras. “Empecé a venir porque me otorgaron un Plan Jefes y Jefas de Hogar, para hacer la contraprestación. Vine al taller de teatro, pero yo decía que no quería actuar. Pensaba que no iba a venir más. Sólo quería maquillar, o peinar, por qué no hacer teatro. Y llegué a filmar un video educativo para un proyecto de salud sexual y reproductiva”, cuenta sobre el proceso que la llevó a involucrarse. “Terminé participando en una marcha por la legalización del aborto. Llevaba la bandera verde, y casi me pongo una túnica verde (que usan las integrantes de Mujeres Autoconvocadas Rosario para recolectar firmas por la ciudad). Todo el mundo nos vio por televisión”, relata, en pugna con su timidez.

La clave del proceso que realizan está en el intercambio. Erica es bien gráfica: “Cuando hablo con las chicas soy muy guasa. Les digo que no les puede dar vergüenza pedir el forro, ‘te va a dar lo mismo que te la pongan con o sin forro’, les digo, ‘fijate que es finito y no te hace perder sensibilidad’”. Así, sus compañeras de curso tienen una promotora de salud en el aula, pero no enfrente, sino al lado de ellas. No se trata de clases teóricas. Durante un año hicimos un taller de autoayuda, venían un montón de mujeres y un solo varón. Era para hablar de todo, pero lo principal fueron los derechos sexuales. Conversábamos mucho de los sentimientos, de la relación con los amigos”, relata Pachi.

Aunque le cuesta porque es la más callada, en la nota también participa Carina, de 21 años. Se toma el tiempo para hablar pausada, mientras ella también se acomoda el pelo negro, largo y lacio, sobre el rostro con reminiscencias indígenas. “Soy un poco tímida, pero Mujercitas me cambió la vida. Fue algo que me sacó a flote. Años atrás yo era una persona totalmente diferente”, dice casi al pasar, aunque muy consciente de lo que esas palabras están describiendo. “Mi familia es de Perú, y allá nos crían para que las mujeres no tengan opinión. Era tímida, callada, no tenía ni idea del sexo. El primer beso lo tuve en Bariloche. Pero en los talleres, estaba en confianza para preguntar. Sobre sexualidad no tenía idea de nada. Cuando Claudia nos decía que hiciéramos las preguntas, que digamos nuestras dudas, yo preguntaba cosas como qué es el placer, o cuántos agujeros teníamos en la vagina y cuál se penetraba”, cuenta en una de sus pocas intervenciones.

Claudia es la referencia insoslayable, la docente que incorporó la educación sexual en el aula hace ya muchos años. “Empecé dando talleres, pero después los sacaron con la ley federal de educación, y entonces incorporé los contenidos dentro de biología, la materia que enseño”, describe sobre su experiencia escolar, que se extendió fuera del aula con Mujercitas, nacida de un primer taller llamado El refugio. “Las convoqué porque había un proyecto del exterior, les propuse que vinieran. Para salir de clase había un montón, pero cuando se trataba de comprometerse fuera del horario escolar quedaron menos. Igual, avanzamos con ese proyecto, y seguimos trabajando”, relata. El nombre Mujercitas surgió de las mismas chicas, menos inspirado en el libro de Louise May Alcott que en la organización de origen: integran Casa de la Mujer, ong que atiende los derechos de las mujeres del barrio, fundada y todavía liderada por Liliana Pauluzzi, una psicóloga que comenzó con los talleres de educación sexual en las escuelas a principios de la década del ‘90. Justamente, en las paredes del salón donde funciona la ong todavía hay pegada una nota realizada en 1992, cuando Pauluzzi presentó su primer libro sobre educación sexual. En las mismas paredes hay afiches de diferentes lugares del mundo de prevención de la violencia contra la mujer y los embarazos no deseados. También algunas fotos de las chicas, en actividades conjuntas, sonrientes.

Esas actividades forman un caldo que les da otra perspectiva. Carina quiere ser odontóloga, sabe que su destino no es el que su familia pensaba para ella. Al punto que a Jacqueline, otra de las muchas adolescentes que pasaron por el taller durante estos años, la madre le impidió que siguiera concurriendo. “Cuando nos conoció no la dejó venir más. La madre se sentía la esclava de toda la familia, y nosotras hablábamos con Jacqueline para que no le pase lo mismo”, relató Carina. En la familia de Erica, el efecto liberador fue transgeneracional. “Convencí a mi abuela de que se separe. Le decía que si no soportaba más a mi abuelo tenía que separarse. Es que tiene 53 años y toda la vida la dedicó al marido, los hijos, los nietos y los bisnietos. Nunca tuvo tiempo para ella, no sabía lo que era ir al cine, al teatro. Ni siquiera conoce el Monumento a la Bandera (ubicado en el centro de la ciudad, a pocos kilómetros del barrio)”, relata Erica con una sonrisa triunfal, porque ahora su abuela vive de una manera diferente.

También Pachi tiene algo para decir, y luego de un rato de conversación se anima. “En mi casa había un montón de problemas, mi papá siempre golpeó a mi mamá, a mí y a mi hermana. Si yo no hubiera estado acá adentro, nunca lo habría hablado con nadie. Porque soy una mina que le escapa a los problemas, pero ahora puedo afrontarlos. Pasaba algo y no sabía qué hacer, pero ahora soy la oveja negra de la familia, porque puedo hacer muchas cosas que quiero. Para mí, venir a Mujercitas es todo”, dice casi sin respirar.

Con la misma pasión que cuenta la experiencia en las jornadas de la Red Nacional de Jóvenes, que hace pocos meses se reunió en la cercana ciudad de San Lorenzo. “Vinieron chicos de Jujuy, Santiago del Estero, Córdoba y Santa Cruz. Eramos 80 jóvenes que trabajamos en grupos, en centros comunitarios. En tres días compartimos muchas cosas, no nos aburrimos en ningún momento”, afirma. La invitación vino del programa municipal de sida, que quiso exponer la experiencia de este grupo juvenil, por lo novedosa. Sin embargo, el grupo funciona sin avales oficiales, es la iniciativa de Casa de la Mujer, y muchas veces, desde los organismos oficiales, hasta les retacean los preservativos. “Tenemos que batallar bastante para conseguirlos”, confiesa Mauri, la docente que acompaña a sus alumnas en este camino colectivo.

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"Cuando hablo con las chicas soy muy guasa. Les digo que no les puede dar vergüenza pedir el forro, ‘te va a dar lo mismo que te la pongan con o sin forro’,les digo, ‘fijate que es finito y no te hace perder sensibilidad’."
Imagen: Patricia Piñeyro
 
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