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Viernes, 13 de julio de 2012

COSAS MARAVILLOSAS

Los lobos y las sombras

Sombras que caben en un bolsillo y un lobo hambriento que toma sopa protagonizan estos dos nuevos libros infantiles de la colección “Todos distintos”.

 Por Marisa Avigliano

Hay un elenco estable de lobos y sombras en la literatura infantil que no siempre da miedo (no son los únicos de la pandilla: también hay brujas, hadas y ratones). Empecemos por el lobo mientras tarareamos “Juguemos en el bosque” y nos preguntamos qué ropa se estará probando el animal feroz. “¿Dónde está?”, el poema de María Cristina Ramos (Mendoza, 1952), acompaña la incertidumbre de comadrejas y cuises que esperan ser atacados de un momento a otro porque, ya se sabe, donde hay un bosque siempre hay un lobo al acecho. Pero el lobo de este bosque de nogales es un lobo vegetariano que se prepara sopa de arroz en una olla de barro, va a la escuela y tiene a una liebre de maestra (parece que no todos los animales son como dicen los libros de zoología y, si no, pregúntenle a Lenny, el tiburón de Espanta-tiburones o al prodigioso chef rata de Ratatouille). Las preocupaciones de este lobo son las letras; sí, las letras que difícilmente logra dibujar sin que se escapen de los renglones –sus patas de cazador poco lo ayudan– y los dientes que le duelen cuando come algo que no le gusta. Personaje ideal para los primeros lectores, el lobo de Ramos –celebrado el trabajo de María Wernicke– aprende a escribir con su lápiz mordido y la carpeta nueva (y quienes siguen sus aventuras a rimar: “Ojazos del lobo / que gira, que gira, / por si hay alguien cerca, / si hay alguien que mira”) mientras lo miran no muy lejos agazapados y sorprendidos los otros lobos, los que sueñan con tener un conejo entre los dientes.

El teatro de sombras de Michael Ende, escritor alemán (1929-1995), hijo del pintor surrealista Edgar Ende, cuenta la historia de Ofelia, una anciana que no pudo ser actriz famosa como habían soñado sus padres al bautizarla porque cuando hablaba apenas se la podía escuchar. ¿Cómo iba a vivir lejos del escenario con ese nombre tan alegórico? El susurro de su voz le iba a dar la respuesta. Todas las noches a espaldas del público, escondida en una caja caparazón, Ofelia, la apuntadora del teatro del pueblo, repetía de memoria la letra de los poetas y era, a su modo, actriz. La Ofelia de Ende –como todos los protagonistas de sus cuentos– despliega saberes filosóficos y literarios que ponen en jaque a los hombres y al tiempo. “Según parece, la escena muda contiene el argumento del drama”, le dice la Ofelia de Shakespeare a Hamlet después de ver a cómico 1, 2 y 3 haciendo de duque, duquesa y Luciano, respectivamente, y es en esa voz muda –no “en la voz que madura / quemadura / de Villaurrutia”, aunque claro, se emparienta–, en la voz más muda que alguien pueda tener jamás, en la que Ofelia declama el devenir de los tiempos. En la calle, sin casa ni trabajo (el teatro cierra por falta de espectadores que prefieren ir al cine), Ofelia deambula junto a muchas sombras teatrales –Miedoscuro, Noche Enfermiza, Nonuncamás– que sin temor, hospitalaria y sencilla, iba guardando en uno de sus bolsillos. De pueblo en pueblo, las sombras de Ofelia iban a ser reyes, bufones, magos, flores y corceles ardientes: “Sacó de la maleta una sábana blanca y la colgó de un palo. Las sombras comenzaron a representar en la tela obras que habían aprendido de la señorita Ofelia, mientras Ofelia estaba sentada detrás de la tela y les susurraba las palabras de los grandes escritores para que ellas no se trabaran”.

La historia del teatro de sombras de Ofelia no termina ahí, pero no voy a contar el final. Quizás alcance con adelantar que les espera una vida teatral en un nuevo estado de vigilia (un estado tan cercano al sueño como la revelación). Un libro grande y de tapas duras, como esos que leían los abuelos cuando Andersen y Dickens compartían un lugar en la mesa de luz.

¿Dónde está?
María Cristina Ramos - (Ilustraciones María Wernicke)
El teatro de sombras
Michael Ende - (Ilustrador Friedrich Hechelman)
Ambos de la colección “Todos distintos” (Macmillan).

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