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Viernes, 13 de julio de 2012

ENTREVISTAS

La biógrafa del éxtasis

La escritora y periodista Alicia Dujovne Ortiz vuelve a indagar el pasado en su última novela, Un corazón tan recio, sobre Santa Teresa de Avila, fundadora de las Carmelitas Descalzas y una de las figuras más controversiales del catolicismo español del siglo XVI, que se atrevió a una escritura sensual y femenina en tiempos de la Inquisición.

 Por Carolina Selicki Acevedo

“Reina una temperatura de vientre de madre y el blanco es leche. El interior del pecho y la cabeza giran con cada vuelta del respiro. Me río roncamente con una risa que no es mía, que no me reconozco y, a cada nuevo girar, el goce aumenta, y a cada crecimiento da dolor. Mata. Tira el corazón, lo arranca. No, ni duele ni mata ni arranca nada, pero es desesperante de tan sabroso y uno ruega gimiendo por que acabe. Cuando se va, persiste la dulzura (...).” Leerla es casi tan atrapante como escucharla. Su sonrisa amplia, sus ojos de gitana y la juventud que irradia se conjugan con su gran capacidad de narrar, incluso, en sus respuestas. Si bien su alma es poeta de origen, a la escritora Alicia Dujovne Ortiz (Buenos Aires, 1940) su paso por el periodismo, tanto en medios gráficos nacionales como internacionales, le ha brindado una de las mayores herramientas: no dejar de hacer y hacerse preguntas. También ha influido en sus obras, y mucho, su doble origen: proviene de una familia comunista y en lo practicante, casi atea, compuesta por una madre feminista y cristiana, la escritora Alicia Ortiz, y por un padre judío, Carlos Dujovne, uno de los fundadores del Partido Comunista argentino y de la editorial Problemas, donde se publicaron libros marxistas, hoy casi inhallables.

El efervescente activismo de sus padres la condujo a viajar por Europa, por Bolivia, a ser testigo del encarcelamiento de su padre en Neuquén, del desencanto de éste frente al stalinismo y el alejamiento del PC hasta su muerte, en 1973 –todo esto registrado en el libro El camarada Carlos (Aguilar, 2007)–. En El árbol de la gitana (Alfaguara, 1997) y más profundamente en Las perlas rojas (2005), comenzó a conjugar biografía y ficción como un modo de intentar comprender su doble identidad, y luego se adentró en las historias de otras mujeres, vehementes, aguerridas.

Alicia lleva con honra sus dos apellidos y una historia no menor en su andar. En 1978, en plena dictadura militar, decidió exiliarse en París, junto a su pequeña hija Cynthia, y dejar el diario La Opinión, donde trabajaba como periodista. El dinero escaseaba y su madre debió quedarse en el país, razón por la cual Alicia no pudo estar presente cuando falleció, años más tarde. Una vez instalada prosiguió como escritora y periodista –colaboró con el periódico Le Monde, entre otros; fue asesora literaria de la editorial Gallimard y ganó una beca de la Fundación Simón Guggenheim, en 1986–. En la actualidad reside en Francia y viaja seguido a la Argentina, donde colabora con varios medios, entre ellos Página/12. “Estoy enlazada con mi país y me importa mucho lo que sucede aquí”, asegura quien semanas atrás presentó su última biografía en clave ficcional Un corazón tan recio (Alfaguara), sobre Teresa de Cepeda y Ahumada, canonizada como Santa Teresa de Avila en 1672. Controvertida figura del catolicismo por sus enfrentamientos con la Inquisición, su lucha por la creación de conventos “pobres” –fue la fundadora de las Carmelitas Descalzas– pero principalmente por sus visiones, sus éxtasis, su escritura provocadora (“¡Es tan complicado no ser del todo algo! (...) ¿He venido al mundo partida en dos, como el hilo del almíbar más dulce? ¿Bifurcada? ¿Una línea apenas perceptible va desde mi entrecejo hasta (me ruborizo) lo que no debe nombrarse?”) y su origen judío, tardíamente revelado.

¿Por qué decidiste escribir una autobiografía ficticia de Santa Teresa de Avila?

–En un principio hallé un parentesco con el personaje, porque yo soy medio judía y medio cristiana, como ella, y aunque no es fácil serlo te da una hermosa riqueza y libertad. El hecho de que ella era marrana pero mezclada y que luego su hermano Rodrigo viniese a América en la expedición de Pedro de Mendoza lo vi como un guiño hacia mí, y luego me apasioné con su historia. Su abuelo era Juan Sánchez de Toledo, judaizante, condenado por la Inquisición, hecho que permaneció oculto hasta que se dio a conocer en España recién en 1947, pero que Teresa no ignoró. A ello se le suma la búsqueda del reconocimiento de hidalguía por parte de su padre y sus tíos, para “tapar la mancha”. Y, por otro lado, su perfil de feminista antes de hora. Teresa huye de su casa para no aceptar el destino femenino que imperaba en el siglo XVI. Ya lo había visto en su madre, mujer que se casa a los 14 años y que muere luego de partos sucesivos. Para evitar repetir la historia crea refugios para mujeres que deseen vivir tranquilas, lugares sin ornamentos y en comunión con Dios, aunque su relación con él fuese muy perturbadora.

En la novela, pese a la ficcionalización, hay un registro histórico importante.

–Sí. Es mi modo de escribir, primero investigo. Visité el Instituto de Estudios Hispánicos de la Universidad de París donde Vidal Sephiha, profesor de estudios judeo españoles (marranos), tras su muerte, dejó un gran caudal de material; viajé por Avila, por Toledo y encontré el libro que cuenta la historia del juicio de reconocimiento de la “Ejecutoria de hidalguía” que hicieron los familiares de Teresa. Por otro lado, está el juego con el recurso de la posibilidad. Rodrigo viene a Buenos Aires, come cadáveres de ahorcados por don Pedro y luego se pierde en la selva paraguaya. Algunos historiadores creen que no murió en defensa de la fe, como Teresa creía, sino que se quedó en la selva, llamada el paraíso de Mahoma, porque los guaraníes lucharon pero también contemporizaron y les regalaron chicas. Aparte juego con el lenguaje: aparecen el hebreo, el guaraní y hasta el lunfardo mezclados con el castellano. En esta línea, ella sigue escuchando resonar la voz de su hermano. La primera frase de la novela es un versículo de los salmos: “Si me olvido de ti Jerusalem, que mi mano derecha se paralice y mi lengua se pegue a mi paladar”. A ella se le endureció la lengua dos veces, y por qué no pensar que se le paraliza la lengua por todo lo que no puede decir y que yo me permito exteriorizar en esta novela.

¿Por qué decidiste usar la primera persona para narrar?

–En Eva Perón. La biografía (1995) o en la de Dora Maar: prisonnière du regard (París, 2003) me mantengo alejada, porque hay que limitarse a la conjetura. En novelas históricas como Anita cubierta de arena (2003) –sobre Anita Garibaldi– o semihistóricas como Mireya (1998) me permito ser narradora pegada y entro en la cabeza de solo un personaje. Y en este caso me fue evidente ubicarme en la primera persona, porque me identifico con la santa. Es un personaje astuto, gracioso, pícaro, capaz de cuerpearle a la Inquisición, con actitud típicamente marrana. La actitud de quien ha nacido ocultando quién es. La amo por eso.

El abordaje que hacés en la novela es más bien místico que religioso. ¿A qué se debe esa decisión?

–Porque en todas las religiones hay una corriente central en la que la jerarquía defiende el dogma, y una paralela, generalmente marginal, que se ocupa de la experiencia mística, que es intransferible, y por eso se dice que en todas las religiones del mundo y en todas las épocas los místicos contaron lo mismo con las palabras del “amor humano”, como en el Cantar de los cantares, o en la poesía del sufismo musulmán. No podría ser explicado de otro modo. Es un orgasmo espiritual, sin genitalidad, pero es un orgasmo. A mí me ha interesado esto desde los 18 años. Y sostengo que no debe ser encasillado en el marco de una religión, como si el éxtasis no pudiese existir por fuera.

Es notoria la división que planteás entre las experiencias de éxtasis y las visiones de Teresa. ¿Cuánto de real tienen esas experiencias?

–En mi paso por la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, en los sesenta, tuve la suerte de tener como profesor a Vicente Fatone, especialista en filosofía de la religión, en un curso sobre mística, y él desconfiaba bastante de Santa Teresa, porque consideraba que era una santa demasiado “ovárica”. Ella empleaba un lenguaje terriblemente femenino y sensual cuando explicaba lo que le pasaba con Dios (“es un recio martirio sabroso”) y se imaginarán las caras de sus confesores. No es casual que la portada del libro tenga la imagen de la escultura “El éxtasis de Santa Teresa” (1651), de Gian Lorenzo Bernini, donde aparece la expresión de agonía y placer al mismo tiempo, y que Jacques Lacan la utilizara para sus seminarios sobre el placer. Su lengua era casi popular, ella se hacía la zonza para no demostrar que era una gran lectora. Fatone desconfiaba de las visiones y luego de investigar bastante me doy cuenta de que tenía razón. El propio San Juan de la Cruz desconfiaba. Sucede que la visión es cultural, está fechada en un tiempo y en un lugar. Mientras que el éxtasis es algo diferente, totalmente desgastado de toda determinación geográfica e histórica.

En tu última novela hay varias referencias a la vida dentro de los conventos, la relación entre las monjas y los sacerdotes, y entre éstos y Teresa que muestran tal vez su lado más contradictorio, oscuro, las exigencias a las que debió someterse para que sus conventos persistan. ¿Pero hay un antes y un después de su experiencia mística?

–Sí. Los conventos representaban para ella y para las que la siguieron lugares de libertad, aunque supongo que su sueño hubiese sido poder venirse a América junto a sus hermanos; tal vez lo más cercano fue su modo de andar fundando conventos, sobre una mula, pasando frío, durmiendo y comiendo apenas, haciendo camino. Luego, la iglesia le impuso su jerarquía y la obligó a crear conventos de hombres que manejaran a las monjas y así conoció a San Juan de la Cruz, con quien compartía las experiencias de éxtasis. Por otra parte, de las princesas o señoras de la nobleza aceptaba donaciones pero les tenía mucha rabia. Al principio, con sus monjas ella era muy autoritaria, como consigo misma, y no podía escapar a las reglas de la época: se azotaba, se ponía el cilicio, porque todavía no tenía éxtasis ni el don de lágrimas, cosa que encuentra en mi novela a través del Zohar –biblia de los cabalistas–. Luego de la experiencia mística, fue más equilibrada. Trataba de impedir que las monjas se azotaran manchando de sangre las paredes y desconfiaba de los éxtasis de otras monjas. A su vez, en un principio las consideraba un poco blandas: no le gustaba que anduvieran a los gritos y les decía que fueran como los varones. Luego, se dio cuenta de que pretendía que fuesen mujeres fuertes. Por eso cuando decía “tengo un corazón tan recio”, intentaba dar a entender que no era sentimental ni blanda consigo misma ni con los demás. Sin embargo, tenía sus tentaciones, amores prohibidos, como el de su primo. A pesar de todo, como diríamos ahora, era un “minón”.

En el post scriptum describís cómo fue ultrajado el cuerpo de Teresa al morir, y la asociación con Eva Perón es casi inevitable.

–Así es. Me pasó en esa parte un poco lo que me pasó con el último capítulo de la biografía de Evita (traducida a más de veinte idiomas). No podía creerlo. Con la primera escribía de modo lineal, sin intervención casi, porque me sobrepasaba la historia, y acá me sucede lo mismo. La desentierran, tiene olor a rosas, la desnudan, muestran cómo pueden sentarla en la cama, el cuerpo tiene color de dátil y la cortan “como si fuese un melón o un queso”, esto dicho por un jerarca de la Iglesia y luego deviene la repartija, un ojo para cada iglesia, un dedo que está en Avila actualmente engarzado en oro. Y lo más terrible, Franco siempre tenía un brazo de Teresa a su lado. Me parece que si ella hubiese vivido durante la Guerra Civil no habría estado a su lado, por más religiosa que fuera.

Cuando escribiste la biografía sobre Eva plasmaste a una mujer mediadora. ¿Cómo ves a las mujeres latinoamericanas que en la actualidad ocupan importantes cargos en la política?

–En la Argentina tenemos mujeres fuertes como Cristina o Nilda Garré, como no existe en Francia. Así, cuando en su momento preferí a Martine Aubry como candidata por el socialismo frente a quien hoy es el actual presidente, François Hollande, me dijeron que con Sarkozy le sería imposible por el solo hecho de ser mujer. Por eso es paradigmático que en Francia haya una presencia femenina enorme, activa, solidaria pero que no exista una presencia política como acá, y lo explican aludiendo a la competencia feroz a la que deben enfrentarse. La Argentina es un país muy particular en ese sentido. Evita decía: “Yo soy un puente entre los trabajadores y Perón, un arco iris tendido entre una orilla y la otra...”. La Presidenta que tenemos ahora no es un puente, es ella.

A propósito de la Argentina, ¿cómo es tu relación con esta tierra a la que visitás tan seguido y que te mantiene ligada al periodismo?

–Actualmente vivo en Francia porque tengo a mi hija, dos nietas y un bisnieto que va a cumplir tres años. Me compré una casita antiquísima en la zona del Berry. Es una casita de campo con una chimenea antigua, al lado del bosque, a dos horas de París, donde paso mucho tiempo escribiendo. En los últimos tiempos he escrito más; pasa que cuando una va envejeciendo le agarra el apuro por lo que queda por escribir. Tengo una especie de grafomanía. Pero vengo frecuentemente, me gusta estar enlazada con la Argentina, escribiendo, siguiendo de cerca lo que sucede e ideando proyectos. Para mí el lazo más fuerte con ella es mi contacto con los cartoneros, hecho que empecé a desarrollar con mi libro ¿Quién mató a Diego Duarte? Crónicas de la basura (Aguilar, 2010). Pasé del otro lado de la supuesta barrera, pese a lo que muchos creen que nos divide. Me hice amiga de muchos de ellos.

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Imagen: Constanza Niscovolos
 
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