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Viernes, 26 de abril de 2013

RESCATES

Muñequita de luto

Harriet Westbrook (1795-1816)

 Por Marisa Avigliano

La vieron por última vez el 9 de noviembre de 1816, tres días después apareció un nota policial en The Times: una mujer embarazada se había ahogado en las aguas del londinense lago Serpentine. Era un suicidio, las razones de su decisión eran morales, el hijo que esperaba no era de su marido. Sin embargo llevaba puesto el anillo de compromiso que éste le había regalado. A esta versión oficial se sumaron algunas nuevas que modificaban inciertos detalles y otras que negaban todo, incluso que aquel cuerpo apenas hundido haya sido el de Harriet Westbrook. Harriet fue la primera esposa de Percy Bysshe Shelley, el autor de “Ozymandias” (“Conocí a un viajero de una tierra antigua/que dijo: dos enormes piernas de piedra/se yerguen sin su tronco en el desierto...”), el poeta romántico con quien se había escapado cuando era una adolescente a Escocia, Irlanda, Gales, Londres y a la región de los Lagos y el que la abandonó unos años después, cuando conoció en una librería a Mary Wollstonecraft Godwin (quien luego se convertiría en Mary Shelley, la dueña y creadora de Frankenstein) y se enamoró de ella.

Si las versiones sin certezas relataron los pormenores de su muerte –a los veintiún años–, también lo hicieron cuando le tocó el turno a su vida entera. Una cadena de versiones cincelaron una biografía sombría y sin destino hasta que algunas voces –como la de Mark Twain por ejemplo– salieron en su defensa. De igual modo y a pesar de los intentos, una cronología –como un juego de opuestos– limita el recorrido y la deja aislada, muñequita de luto que en el aeródromo del abandono muere antes de tiempo para volver a morir en las muertes súbitas de otro elenco. Se dice de ella –ya perdida, sin prólogo ni puntualidad– que era hermosa pero más boba que Mary, que no era nada boba y que formó parte del movimiento que luchaba en 1812 por la liberación de los irlandeses, que su padre era un comerciante rico, el dueño de una taberna famosa en Grovesnor Square pero que eso sólo la convertía en la hija del cantinero, que a pesar de no ser de clase alta y por haber sido alumna en colegios notables conocía con delicadeza gustos y ademanes sociales, que no estaba intelectualmente a la altura de Shelley y que los padres de Percival –miembros de la alta burguesía de Sussex, herederos de títulos nobiliarios– la despreciaban, que era una jovencita inocente e inteligente a la que William Godwin (el padre de Mary Shelley) difamó y hasta planeó su muerte para defender el honor de su hija, que se alejó de Percy porque no creía en el amor libre ni quería formar parte de ningún trío amoroso que éste le ofrecía con su amigo Hogg (Thomas Jefferson), que nunca lo abandonó, que tenía amantes –un militar de Chelsea–, que vivía sola y abandonada en un cuarto cerca del Hyde Park, que se convirtió en prostituta cuando Percy la dejó. ¿Quién era entonces la joven Harriet, la madre de dos niños Shelley (Ianthe y Charles, a los que no bautizó en deferencia al ateísmo de su esposo y que a pesar del reclamo del padre fueron dados en adopción cuando ella murió)? ¿Cuántas calumnias se necesitaron para que el olvido luciera el mismo color del monstruo de la turba? Calumnias morales y tragedias familiares –una fila negra de suicidios y pérdidas– resultan indispensables en el recuento de esta historia para que con progresión azarosa finalmente no supiéramos quién fue Harriet, si la hostigada víctima o una inocua desdichada sin pruebas ni cartas a su favor, convertida en un injerto de piel frankensteiniano fácil de olvidar.

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