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Viernes, 12 de junio de 2015

ESCENAS

Inquietud sin nombre

Exorcizando fantasmas de vivxs y muertxs, en Amarás la noche madre e hija buscan el sueño reparador en una vigilia angustiosa en la que padecen una profunda soledad.

 Por Noemí Ciollaro

Lejanamente suena “Blue Moon”, una bella melodía nostálgica. Sobre el escenario desnudo, en penumbras hay dos sillas, una caja con ovillos de lana y una interminable tira de crochet, y un maniquí con un largo vestido blanco como de novia, como de virgen.

De pronto irrumpen dos mujeres: Mamita y Euge, ambas vestidas de negro, despojadas de todo adorno, son madre e hija. La primera, como Penélope, recomienza el largo tejido, la otra se acomoda en su silla y se mueve buscando algo que no encuentra. Inician un diálogo que va desde la dulzura a la tensión, desde la protesta y el enojo a la nostalgia; sin llegar a ser revelado en ningún momento hay algo oscuro e incierto que comparten. Un pasado inasible que es presente continuo y para el que no hay plegarias ni ruegos como remedio. El desasosiego de las mujeres desborda el vasto escenario en penumbras, las paredes negras, apenas un cono de luz muy tenue a un costado.

Euge: Tengo inquietud... estoy crispada y en suspenso.

Mamita: No puedo darte calma...

Euge: Tu presencia me intranquiliza, debería quedarme sola.

Mamita: No me gusta no saber lo que te pasa. Nuestra cama era muy chica, vos buscabas mis tetas y empezabas a chupar. Añoro el placer de despertar de ese modo...

Euge: Yo añoro el placer...

Madre e hija se reclaman constantemente, se tienen solamente a ellas mismas. Afuera nada, un mundo de soledad, recuerdos, un marido y padre muerto y un secreto muy bien guardado que apenas si se roza como al descuido.

Por momentos la hija habla como una madre y la madre como una niña, los roles se intercambian, hay reclamos mutuos que nunca se desbordan aunque la tensión asoma a cada paso. No hay violencia, hay una suerte de resignación espesa, inapelable.

Hay un músico al que ambas nombran y desean de una u otra forma, alguien que las buscaría y las llevaría fuera del agobio de las sillas y la oscuridad. Euge reclama repetidamente que se extinga un fuego que la atormenta. Su madre hace oídos sordos, y la retrotrae a una niñez ya lejana que no se corresponde con su aspecto; le dice que nunca va a dejarla sola. “Yo te veo chiquitina, diminuta, mi muñeca... No puedo acostumbrarme a la idea, un día te vas a ir y yo me voy a quedar más sola que una perra en celo”, le asegura.

Silvia Dietrich, la madre, y Verónica Schneck, la hija, despliegan un diálogo intenso que pasa por todos los matices de la relación que las vincula. No pueden dormir, el recuerdo de sus muertos las perturba.

Mamita: Quiero descansar, pero los muertos se empecinan en volver y me aturden... hablan en la cueva de mi cabeza..., yo quisiera poder sonreírles a mis muertos.

Euge: A papá también...

Mamita: Por supuesto..., si él te quería tanto... A mí no me molestaba ese cariño...

Con la autoría de Santiago Loza y la dirección de Mónica Viñao, Amarás la noche mantiene al público pendiente y no devela todos los misterios. Al ritmo de “Blue Moon”, bellamente interpretada por el músico Daniel Schneck, madre e hija buscan su destino y exorcizan fantasmas en una intimidad hermética.

Los rezos que ensaya Euge pidiéndoles a un dios y a una virgen en los que no cree que “apague los fuegos de mis piernas” y le otorguen el don del sueño, configuran uno de los mejores momentos de Schneck a lo largo de la obra.

Dietrich, por su parte, despliega acabadamente el rol de esa madre-niña que intenta amparar a su hija disfrazando su propio desamparo.

Funciones: domingos a las 18. en el Camarín de las Musas. Mario Bravo 960. CABA. Reservas: 4862-0655.

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