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Viernes, 12 de junio de 2015

CINE

Lo que duele no es el amor

Abzurdah, la película que nació del best-seller editorial de Cielo Latini, sobre la mirada que repara, la que condena y la que finalmente vale en la vida de una adolescente.

 Por Marina Yuszczuk

“El amor duele”, dicen los afiches que todavía empapelan algunas esquinas anunciando el estreno de Abzurdah. La imagen que ilustra esa frase es una chica con señales de maltrato y un varón que está parado atrás, pero el cartel no es más que una estrategia comercial y es la misma película la que se encarga de desmentirlo. Primero, porque Abzurdah no es precisamente una historia de amor, y aunque hay una relación correspondida de manera ambigua, jamás se pretende que sea representativa de nada. Segundo, porque la película de Daniela Goggi basada en el best-seller autobiográfico de Cielo Latini anuncia desde el principio en la voz de la protagonista que lo que se va a ver es una época, la más infernal, de la vida de una chica de clase media-alta.

Cielo (la China Suárez) vive en La Plata con la mamá, el papá y dos hermanitos a los que les lleva muchos años como para compartir algo. Por alguna razón se siente sola, solísima, y cambia de colegio privado cada dos por tres porque, ante la insatisfacción interminable que la come por dentro, lo único que se le ocurre es moverse, buscar personas nuevas, a ver si alguien la puede calmar. Y por alguna razón, también, en la intimidad automática del chat encuentra un consuelo que no aparece por ninguna parte: el de un tipo que desde el principio la trata con ternura, entre paternal, comprensivo y apasionado, y que le da la razón en todo porque quiere coger. Cielo es diez años más chica que Alejo (Esteban Lamothe) y está a años luz de ver lo que pasa realmente. Además, piensa que con el sexo puede conseguir cosas, por ejemplo que él la quiera, que quiera seguir viéndola. Que quiera, aunque sea, cogérsela en un garaje, encima del capot de un auto y bien rápido para que la novia no se entere. Cualquier migaja alcanza.

Abzurdah no es una gran película pero es una película buena (aunque por momentos sus montajes rockeros parecen a punto de mostrar la destrucción como algo cool), y la parte más intensa es esa primera mitad que muestra cómo nace no un amor sino una obsesión unilateral por alguien con quien no se comparte mucho más que la cama. Cielo parece convencida de que el amor de un varón es la única manera de salvarse, pero a la vez es tan inteligente como para crear un vacío alrededor, para que nadie sea capaz de acercarse y decirle lo que muy en el fondo quizás ella ya sabe. Después vienen la anorexia, los vómitos, el alcohol que sale tan rápido como entró y los cigarrillos chupados a fondo como si ese humo, etéreo al fin, fuera el único alimento que se permite la que no quiere caer en la vulgaridad del común de los mortales, esas bestias, las que necesitan comida.

La historia de Cielo Latini parece excepcional, pero eso no es más que una apariencia, y viendo la película se tiene la sensación de que la anorexia no es más que la enfermedad de las chicas que son demasiado literales: les dijeron que eran princesas y quieren seguir siendo princesas, alguna vez les dijeron en la mesa que no coman tanto porque van a engordar y se lo tomaron al pie de la letra. Demasiadas veces vieron alguna publicidad donde una modelo flaquísima flota en un mundo evanescente y perfecto lleno de perfume francés, y pensaron que habitar ese mundo diseñado para el mercado era posible. Les enseñaron a odiarse, a desconfiar del cuerpo como un bulto indeseable, y les salió demasiado bien. Y sobre todo, no con palabras pero de mil maneras sutiles o brutales, persistentes, cotidianas, les fueron enseñando que no valían a menos que un tipo, cogiéndoselas o aunque sea dedicándoles una mirada, les diera el visto bueno. Por suerte hay otras historias, otras voces, y aunque quizá no fuera más que una casualidad, al afiche de Abzurdah le respondieron hace pocos días en la calle otras chicas, esas que por todo el país sostenían carteles que decían bien claro “El amor no duele”.

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