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Viernes, 27 de mayo de 2005

Noelia Santillan: El lugar de la hermana

 Por Marta Dillon

Número de manzana, edificio, piso y departamento; así da su dirección Noelia, dando por sentado que esos datos pertenecen al barrio Don Orione, en Claypole, ahí donde la geografía urbana empieza a deshilacharse, a mezclarse con manchones de monte que no terminan de ser verdes porque el gris del Camino de Cintura ensucia también los arbustos, las trepadoras, los árboles que sobreviven cerca de la banquina. Es que Noelia Santillán, la hermana de Darío, el joven fusilado en Puente Pueyrredón el 26 de junio de 2002, apenas sale de su departamento perfectamente limpio y perfumado con sahumerios. En ese edificio, en esa manzana, nació y creció junto con sus padres y tres hermanos varones que ahora son dos, aunque el tercero habite las paredes con su sonrisa y sus brazos abiertos, en los retazos de banderas que alguien enmarcó a modo de regalo para la familia del pibe que sabía poner alma y corazón ahí donde todo lo demás faltaba.

Hasta hace poco, este mismo año, Noelia estudiaba enfermería. “Pero tuve que dejar, por problemas económicos.” Ella quería seguir los pasos de su mamá y de su papá, trabajar en salud, aunque sus aspiraciones se fueron modificando al ritmo en que las aspiraciones de todos se moderaban o mutilaban porque las urgencias son tantas que suelen amputar los sueños. “Yo quería ser la señora que saca los bebés. ‘La obstetra’, me decía mi mamá, pero yo insistía: quería ser la que saca los bebés.” Después se imaginaba “doctora”, delantal blanco y estetoscopio al cuello, dando una mano aquí y allá. Ahora se la pasa encerrada, “no hago nada, estoy todo el día acá. Me dolió en el alma dejar la escuela, pero las cosas se pusieron difíciles y papá ya no me puede ayudar. Sí, como soy la única mujer, aunque no quiera, la limpieza y lo que es de la cocina me toca. Creo que voy a conseguir trabajo en algún momento, pero todos los que veo son en Capital y por el mínimo, me lo gastaría todo en viáticos”.

Noelia se disculpa a cada rato, por el modo de hablar, por el temblor de la voz. Es que extraña a su hermano como si el tiempo no hubiera pasado, lo mira en las remeras que se imprimen en los cortes del Puente Pueyrredón en su memoria y no lo reconoce. No se resigna. “Cuando veo esas imágenes pienso lo que habrá sido mi hermano para que la gente lo quiera llevar en una bandera... aunque yo veo a otra persona, me niego a tomar conciencia de que no va a volver.”

Pero ella no necesita de la imaginación para saber quién era Darío Santillán. Tampoco tiene por qué explicar que no es sólo la muerte violenta lo que llevó a esa sonrisa que aparece detrás de una maraña de barba a habitar los trapos que flamean cada 26 sobre el límite entre Avellaneda y Buenos Aires. Pero no puede hablar de Darío sin poner en primer plano su carisma, su voluntad, su compromiso. “Lo que más me gustaba era despertarme temprano y encontrármelo en esa mesa, ahí donde estás sentada vos, con su libro abierto y el mate listo para los que íbamos llegando al desayuno. ¡Tenía una pasión por la lectura! Cada vez que yo le preguntaba algo, él tenía un libro listo para que me entere por mis propios medios.”

Fue un profesor de historia, en la escuela Piedrabuena, de Solano, el que despertó un ansia en Darío que no conocía. Los relatos del pasado se levantaban de la página de la mano de Pedro Bello, que siguió siendo su amigo después de terminada la secundaria. Darío cambiaba y cambiaban los temas de conversación en la mesa familiar, “si hasta mi mamá un día le dijo, asombrada, ‘claro, yo viví la dictadura pero no la sentí’. Fue una época hermosa ésa, porque descubríamos cosas, formamos el centro de estudiantes. Hasta ese momento yo estaba en mi mundo”. Un mundo hecho de problemas existenciales tan profundos como el deseo por ese chico que esquiva la mirada. “Pero el boliche no, no me dejaban ir a bailar.” ¿Y qué importaba?, si podía juntarse en alguna casa y escuchar la música que también diseñaba un camino para ella y en el que Darío parecía llevar la linterna: “Mis compañeras me decían que era una vieja porque me gustaba Silvio Rodríguez o el rock nacional, la cumbia para nada... mis viejos no entendían nada de lo que hacíamos, al principio. Pero me acuerdo la primera vez que fui a una marcha, un aniversario del golpe marchamos con las Madres de Plaza de Mayo. Fue muy emocionante, estaba ahí y dije ésta es la gente con la que quiero estar, la gente que quiero conocer”.

Del centro de estudiantes, los hermanos Santillán pasaron a fundar una agrupación juvenil independiente, la 11 de Julio, llamada así en honor al día en que se fundó. “No sabíamos qué nombre ponerle”, dice Noelia y grafica cierta orfandad política que más tarde pariría una consigna que atravesó fronteras (que se vayan todos).

“Pero las primeras veces que fui al movimiento (Movimiento de Trabajadores Desocupados-Aníbal Verón) fue increíble, porque me gustaba descubrir la conciencia de la gente, era lo que yo quería saber, estar cerca de necesidades más bravas y ver cómo luchan por lo que se merecen. Era distinto a lo que había hecho antes, porque acá veías gente grande y pibes, todos hablando y cada palabra valía, todo lo que se decía era importante. Era un lugar para mí, entre gente que no se resignaba. Y mi hermano, bueno, él siempre me dio mucho orgullo.”

Ahora es Leo, el menor de los Santillán, el que tomó la posta que le quitaron a su hermano a perdigonazos. No vive en Monte Chingolo como Darío, pero pasa mucho tiempo ahí y su compromiso es tan fuerte como sus brazos. ¡Váyanse, carajo!, fueron las últimas palabras que escuchó Leo de boca de Darío, el 26 de junio de 2002. Dos palabras ridículas para ser las últimas, pero cargadas de la autoridad necesaria para poner a salvo a Leo y a su novia. Darío se quedó con la mano de Maximiliano Kosteki entre las suyas, había estudiado en la Cruz Roja, como hizo Noelia después hasta que tuvo que dejar, y sabiendo que era poco lo que podía hacer, sencillamente lo acompañaba. De lejos, internándose en el aquelarre de la estación entre parejas separadas por los palos, madres que buscaban a sus hijos y compañeros y compañeras que intentaban ponerse a salvo, Leo escuchó los tiros. Y no supo más.

“A mí no me preocupaba Darío –se acuerda Noelia, con dificultad–, cuando me puse a llorar, al mediodía, a la hora en que lo matan, pensaba en Leo que es más impulsivo. Darío siempre pensaba lo que ha-

cía. Ahora lo vi en los videos, en la reconstrucción que hizo la fiscalía y apenas puedo vivir con esas imágenes, está en mi cabeza siempre agonizando. Por eso cuando pienso en Fanchiotti y lo veo ahí sentado en el juicio, la bronca me gana y quisiera que agonice... Me da miedo escuchar los testimonios como me da miedo ir a los piquetes o al barrio donde vivía mi hermano. Me duele mucho, no lo aguanto. Pero al juicio voy, voy a ir de todas maneras, porque más dolor que el que ya sentí es difícil; además tengo que acompañar a mi papá. ¿Qué sería para mí que haya justicia? Que a Fanchiotti le den 200 años y de ahí para arriba: Duhalde, Solá, el intendente, el jefe de la Side, todos sabían lo que iba a pasar. ¡Si yo no fui a ese piquete porque en el anterior, en Alpargatas, sentí cómo vibraba el ánimo de la represión! Ellos avisaron que iban a reprimir porque no querían más protesta. Pero la gente no estaba ahí por los 150 pesos de los planes, estaba ahí por lo que les corresponde, que es mucho más que plata.”

En la audiencia del último martes, en los tribunales de Lomas de Zamora, Noelia se agachó en el segundo puesto de control para levantar las cosas que Vanina Kosteki tiró en la cara de unas de las mujeres destinadas a cachear a quienes entran en la sala porque era la segunda vez que la revisaban. Fue su manera de ayudar, hay rebeliones que Noelia no quiere actuar y lo que más le importaba es que Vanina pudiera entrar. Morocha, bien plantada, los ojos siempre brillantes en sus cuencas de delineador negro, Noelia tiene una tristeza que arrastra desde que su mamá murió por una falla hepática en 1998. Entonces Darío dejó la casa familiar y se fue al asentamiento de Monte Chingolo donde militó hasta que lo asesinaron. Noelia lo vio hace poco en un video, hablándole a la gente y quedó prendada de esa imagen, a lo mejor la ayudan a borrar las de la agonía, pero su familia ya no será la misma y eso no tiene remedio. “Darío era el que nos unía, venía todos los fines de semana y hacía que estuviéramos juntos, ahora ya no pasa.” Su papá vive con su nueva esposa, aunque se da una vuelta por el barrio Don Orione todo lo seguido que puede. Y el barrio entero acompaña, como lo hizo en el primer momento, las idas y venidas al tribunal de Lomas. “Pero la verdad –dice ella, detrás de un mate con yuyos–, tengo miedo de que la gente se olvide, ¿o se acuerdan de los muertos del 20 de diciembre? Yo pienso en ese momento y creo que nos perdimos una oportunidad, fue una explosión y listo. Y ahora pienso en mi futuro y no tengo nada, no puedo estudiar, no puedo trabajar, todas las oportunidades que me estoy perdiendo siendo joven. Todo es cola, para el hospital, para pedir trabajo, para cualquier cosa. No sé qué me va a pasar el día de mañana”, dice, y abre una pregunta en la que todos podemos mirarnos, tal vez un poco deformados, como en un espejo herrumbrado.

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