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Domingo, 16 de mayo de 2004

VALE DECIR

Vale decir

Colgate
La reciente obra del artista italiano Maurizio Cattelan –unos angelicales bambini de plástico ahorcados de un árbol de la plaza más concurrida de Milán– duró apenas 36 horas. Espantado ante la visión de los tres niños colgando de las ramas, un vecino sensible armado de escalera y sierra se dispuso a descolgar los muñecos y ya casi lo lograba cuando se patinó, cayó de cabeza al suelo y sufrió un traumatismo craneal. Desde la cama del hospital, Fabrizio Di Benedetto, de 44 años, esgrimió que no podía soportar levantarse a la mañana y ver a esos niños que “parecían tan reales” mirándolo con ojos impávidos y resignados. Y que por eso decidió poner fin a lo que denominó una “tortura estética”.
La controvertida instalación, una reflexión sobre la violencia de nuestro planeta, quedó hecha pedazos. Pero Cattelan, el artista más millonario que tiene Italia, está acostumbrado a armar bataholas –basta recordar su papa Juan Pablo II atropellado por un meteorito o su Hitler penitente arrodillado ante un altar con carita de cordero degollado–, con lo cual se limitó a expresar públicamente y a cuatro voces su preocupación por el accidentado y un segundo después se puso a pergeñar una nueva locación para su obra. La cosa es que los bomberos –que siempre pagan el pato– se tuvieron que encargar ellos mismos de remover el tercer maniquí que aún pendía de la soga un día después del accidente. “Por seguridad”, precisaron, por si algún mal pensado lo confundía con censura.
Mientras la Fundación Nicola Trussardi, que financió el proyecto de Cattelan, se defendió de las acusaciones, en especial de las del concejal de la ciudad Stefano Di Martino que expresó que apoyaba en un ciento por ciento las acciones del vecino irritado, que el hombre había hecho lo correcto porque lo último que necesitaba la sociedad milanesa era este tipo de obras que no hacen más que materializar “las fantasías enfermas de la gente”. Por suerte las declaraciones de nuestro político no son retroactivas y nunca llegarán a oídos de un Goya (que de todas formas era sordo) dispuesto a embarcarse en Los Desastres de la Guerra.

El álbum verde
Con esa cara de no pegarle a nadie que portó en sus apariciones públicas a lo largo de más de cuatro décadas, Paul McCartney hizo una confesión que promete sacudir a sus fans. Acaba de lanzarse un dvd que lleva por título Paul McCartney: The Music and Animation Collection, que incluye tres cortos de dibujos animados musicales realizados en colaboración con el director Geoff Dunbar, incluyendo Rupert and the Frog Song (“Rupert y la canción de la rana”). Todo porque McCartney sintió que era hora de salir a dar explicaciones y explicarle al mundo que sus historias con ranas son una manera de compensar toda la crueldad con que trató a estos simpáticos animalitos en su infancia. McCartney argumenta haber pensado que “abusar de las ranas” lo ayudaría a estar preparado para convertirse en un conscripto del ejército británico cuando cumpliera 18 años. “Cuando era chico pensaba que, como iba a tener que ser reclutado en el ejército, la crueldad infligida sobre las ranas estaba justificada como una práctica preparatoria. Obviamente, ahora es algo de lo que me arrepiento y, quién sabe, tal vez lo que estoy haciendo es tratar de compensar a las pequeñas poniéndolas en cada una de estas películas. Las amo y les pido perdón a las hijas de aquellas de las cuales abusé cuando era un niño. Mis historias deben recordar a la gente que no sea cruel con los animales y los amen como si fueran nuestros amigos. Estas son las revelaciones secretas de un abusador de ranas.”

El pancho y la coca
Dos nuevos emprendimientos que provienen de las secciones de pedidos y ofrecidos. Por un lado, una flamante firma austríaca conocida como Klangfabrik ofrece el equivalente a unos 25 dólares la noche a quienes quieran alquilarse a sí mismos como “invitados de fiestas” profesionales, a fin de evitar que algunos eventos sociales se vean desinflados ante una eventual falta de convocatoria. La firma ya ofrecía los servicios de musicalización e iluminación, disc jockeys, presentadores, equipamiento de karaoke y efectos especiales, pero se habían percatado de que algo faltaba. Así que ahora hacen algo así como proveer el catering y la gente con ganas de ir a comer: según Heimo Unterlerchner, dueño de la compañía, sus clientes pueden elegir entre una gran variedad de –ejem– “jóvenes y atractivos invitados” e incluso disponen de un listado de “amigos VIP”. Por otro lado, una hinchada alemana que se ha quedado sin equipo por el cual hinchar se ofrece a hacerlo para otros clubes a cambio de cerveza y salchichas. Ocurre que la ex cuarta división del SC Goettingen 05 quebró y ha quedado a la deriva una gran masa de energía y entusiasmo no usufructuada. Christoph Pauer, menos conocido como el “José Barrita del Goettingen”, ya ha estado ofreciendo los invaluables servicios de aliento al equipo que decida recurrir a su experiencia. Y no le fue nada mal, dicen: “Tenemos tantos pedidos que podríamos ir un partido de fútbol cada fin de semana hasta el verano”, asegura el tal Pauer. “Y estamos dispuestos a hacerlo por un pancho y un par de porrones”.

Para andar por la Vía Láctea
Como forma de pago no parece que vaya a ser aceptada en el futuro inmediato, al menos por los concesionarios conocidos de este lado del mundo, pero ciertamente crea un precedente atendible: una mujer inglesa acaba de comprarse un auto pagándolo con leche materna. Bueno, en realidad la cosa no es así de sencilla, sino que Anette Lie, la chica en cuestión, primero debió vender su producto (unos quinientos litros) para convertirlo en dinero, que fue, claro, el medio de cambio para adquirir el vehículo. Lo sorprendente es, en realidad, la capacidad productiva de la señorita, ya que los quinientos litros fueron producidos entre mayo del año pasado y unas semanas atrás. A unos quince dólares el litro (sí, no es nada barata, pero es de verdad), pronto se hizo de unos ocho mil morlacos. “Sí, estoy ganando mucho con esto. El auto fue completamente pagado por leche materna. Mi capacidad de sobreproducción es genética. Mi mamá también era así, y he escuchado que mi abuela daba de mamar a los niños de su pueblo; así que es hereditario. Son mis hormonas y aparentemente tengo muchas de ellas.” Es probable que Anette, envalentonada por su primer éxito y ya fogueada en esto de ponerle el pecho al asunto, ahora vaya tras su primer camión.

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