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Domingo, 16 de mayo de 2004

PáGINA 3

Cómo dar sentido al mundo

Por John Berger

Pese al estúpido subtítulo que tiene –”Lo sagrado y lo profano”–, la exposición de Francis Bacon en el Museo Maillol de París representa sucintamente toda la obra del artista. Lean el libro más reciente de Susan Sontag, Ante el dolor de los demás, notable y profunda meditación sobre la guerra, la mutilación física y el efecto de las fotografías de denuncia. En algún lugar de mí mismo, el libro y la exposición se refieren mutuamente. Todavía no entiendo bien de qué manera...
Como pintor figurativo, Bacon tuvo la destreza y la sagacidad de un Fragonard. (La comparación lo habría divertido: ambos fueron pintores consumados de la sensación física, uno del placer y el otro del sufrimiento.) Es entendible que la maestría de Bacon haya intrigado por lo menos a dos generaciones de pintores, para quienes fue todo un desafío. Si durante 50 años he sido crítico del trabajo de Bacon, es porque estaba convencido de que pintaba con el fin de conmocionar, a sí mismo y a otros. Y un motivo así, pensaba, se desgastaría con el tiempo. La semana pasada, conforme caminaba de aquí para allá ante sus pinturas en la Rue des Grenelles, percibí algo que no había entendido antes, y sentí una gratitud repentina hacia un pintor cuyo trabajo he cuestionado por tanto tiempo.
Desde finales de los años ‘30 hasta su muerte, en 1992, Bacon sostuvo la visión de un mundo despiadado. Con insistencia pintó el cuerpo humano o partes de ese cuerpo en la aflicción, la privación o la agonía. En ocasiones, el sufrimiento que muestra parece habérseles infligido a sus personajes, y las más de las veces parece originarse desde dentro, de las entrañas del cuerpo mismo, del infortunio del ser físico. Conscientemente, Bacon jugó con su nombre para crear un mito y lo logró. Alegó descender de su homónimo, el filósofo empirista inglés del siglo XVI, y pintó la carnalidad humana cual si fuera una lonja de tocino ahumado. [Bacon, en inglés, significa “tocino”.]
Pero no es esto lo que hace a su mundo más despiadado que cualquiera pintado antes. El arte europeo está lleno de asesinatos, ejecuciones y mártires. En Goya, el primer artista del siglo XX (sí, del siglo XX), uno escucha la indignación del propio artista. Lo que hace a Bacon diferente es que en su visión no hay testigos y nadie se conduele. Nadie pintado por él se percata de lo que les ocurre a los otros pintados por él. Tal indiferencia ubicua es más cruel que cualquier mutilación.
Por añadidura, está el mutismo de los escenarios donde sitúa a sus figuras. Este mutismo es como la frialdad de un congelador que se mantiene constante, no importa lo que uno deposite dentro. El teatro de Bacon, a diferencia del de Artaud, no tiene nada de ritual, porque ningún espacio circundante recibe los gestos de sus figuras. Todas las calamidades plasmadas se presentan como mero accidente colateral.
En su tiempo, los melodramas de un círculo bohemio muy provinciano, donde a nadie le importaba un pito lo que ocurriera en otro lugar, alimentaron y perturbaron su visión. Y sin embargo... Sin embargo, el despiadado mundo que Bacon conjuró y trató de exorcizar resultó profético. Puede ocurrir que el drama personal de un artista refleje, en el lapso de medio siglo, la crisis de una civilización entera. ¿Cómo? Misteriosamente. ¿No ha sido siempre despiadado el mundo? La brutalidad de hoy es tal vez más incesante, invasiva y continua. No perdona nada, ni siquiera el planeta mismo, ni a nadie vivo en sitio alguno. Siendo abstracta, porque deriva de la sola lógica de la ganancia (tan fría como un congelador), amenaza volver obsoletos todos los otros órdenes de pensamiento, junto con su tradición de enfrentar la crueldad de la vida con dignidad y algunos destellos de esperanza.
Regresemos a Bacon y a lo que revela su obra. Obsesivamente utilizó el lenguaje pictórico y las referencias temáticas de algunos de los pintoresprevios como Velázquez, Miguel Angel, Ingres o Van Gogh. Esta “continuidad” hace de la devastación de su mirada algo más total.
La idealización renacentista del cuerpo humano desnudo, la promesa eclesiástica de la redención, la noción clásica del heroísmo o la ardiente creencia de Van Gogh en la democracia se revelan en su visión hechas jirones, indefensas ante lo despiadado. Bacon recoge los hilachos y los usa como estropajos. Esto es lo que no había notado antes. He aquí la revelación.
Una revelación que confirma una intuición: empeñarse hoy en el vocabulario habitual, como el que emplean los poderosos y los medios, únicamente aumenta el ensombrecimiento y la devastación circundantes. Existen muchas palabras y clichés que nos fueron escamoteados y cuya moneda de cambio debemos hoy rehusar categóricamente. Libertad, terrorismo, seguridad, democrático, fanático, antisemita, etcétera, son términos que quedaron reducidos a harapos con el fin de disfrazar la nueva deshumanización dominante.
Esto no significa necesariamente pasar al silencio. Significa escoger las voces con las que uno desea unirse. El actual período de la historia es el del Muro. Cuando cayó el de Berlín, comenzaron a desplegarse los planes expresos de construir muros por todas partes. De concreto, burocráticos, de vigilancia, de seguridad, racistas. Muros zonales. Por todos lados los muros separan a los pobres, desesperados, de aquellos que –yendo contra la esperanza– confían en mantenerse relativamente ricos. Los muros cruzan todas las esferas, de los cultivos a la atención de la salud. Existen también en las metrópolis más ricas del mundo. El Muro es la línea del frente de lo que, hace mucho, se llamaba lucha de clases.
De un lado del muro: todo el armamento concebible, el sueño de guerras sin bolsas negras con cadáveres identificables, los medios, la abundancia, la higiene, los tantos pasaportes al glamour. Del otro lado: piedras, desabasto, feudos, enfermedades rampantes, la aceptación de la muerte y la preocupación perenne de sobrevivir una noche más –o tal vez una semana más– juntos.
Elegir dar sentido al mundo hoy es elegir entre ambos lados del muro. El muro está también dentro de cada uno de nosotros. Sea cual fuera nuestra circunstancia, podemos elegir, en nosotros, de qué lado del muro nos sentimos más afines. No es un muro entre el bien y el mal. Ambos existen en ambos lados. Lo que elegimos es respetarnos a nosotros mismos o el caos personal.
Del lado de los poderosos hay un conformismo que proviene del miedo –nunca se olvidan del muro– y un mascullar palabras que ya no significan nada. Ese enmudecimiento es lo que Bacon pintó.
Del otro lado hay una multitud de lenguajes, desiguales, o que desaparecen, lenguajes con cuyos vocabularios puede tejerse un sentido de la vida, aun si –o particularmente si– ese sentido es trágico.
Bacon no tuvo miedo de pintar el enmudecimiento, y al pintarlo ¿no estuvo más cerca de aquellos para quienes los muros son un obstáculo más que hay que sortear, aun si esto implica arriesgar la vida propia en aras de los que vendrán después? Podría ser...

Traducción: Ramón Vera Herrera para La Jornada de México.

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