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Domingo, 16 de mayo de 2004

Mundo animal

Del maravilloso mundo de los animales: los corderos es una obra de Daniel Veronese explora la vida violenta de una familia como un mundo cerrado y sin salida.

POR CAROLINA PRIETO

Un encanto de familia. Viven atemorizados, engañados por más que intenten negarlo hasta las últimas consecuencias, y rodeados de una violencia contenida que puede desatar tanto el padre como los vecinos, que manejan las armas más que las palabras.
La acción de la obra Del maravilloso mundo de los animales: los corderos sucede en una casa humilde de algún barrio porteño inundado de marginalidad, lo cual la vuelve aun más actual por más que Daniel Veronese la haya escrito en 1992. Ese año obtuvo el primer premio del Concurso de Dramaturgia del Fondo Nacional de las Artes y, si bien varios elencos nacionales la montaron en distintas ciudades, en Buenos Aires recién se dio a conocer el año pasado con dirección de Gustavo Fontán y un sólido elenco que integran Osvaldo Djeredjian, Mariano Roca, Marcelo Nacci, Mónica Driollet y Andrea Spina. Este mismo equipo viene de reestrenar en el Camarín de la Musas, donde también se puede ver Mujeres soñaron caballos, otra pieza del fundador del Periférico de Objetos. Si bien esta última está más centrada en parejas que en un grupo familiar, la coacción, los sentimientos contenidos, las explosiones afectivas y la falta de comunicación son la materia prima común. Y si el espectador sigue atento el desarrollo de la trama en ambas es, en gran medida, por la capacidad del autor de crear un mundo extraño y patético.
Fontán diagramó una concepción espacial sencilla: dos zonas delimitadas del escenario y contiguas se iluminan alternativamente y representan el living de la casa y un cuarto. La disposición es eficiente, pero al cabo de un rato se vuelve algo monótona y, de sufrir algún cambio, enriquecería la puesta. Es que el espectador, guiado por las luces, ya sabe hacia dónde girar la cabeza, casi como en partido de tenis. Del mundo exterior sólo entran un vecino amigo (Djeredjian) y un pariente llamado Gómez (Roca), hermano del dueño de casa. Los recibe en el precario comedor Rodríguez, la esposa y, desde el comienzo, queda expuesta una rareza que atrapa. Gómez sostiene que, más que una visita, fue víctima de un secuestro, mientras ella lo niega agitando sus pulseras y acelerando su discurso. Driollet construye con solvencia una mujer asustada y alterada, con acciones opuestas a sus palabras (“No se aproveche de mí”, le grita a su cuñado mientras le estampa un beso).
Roca también agrega su cuota de espanto a un personaje acorralado, más que por los impulsos eróticos de la dueña de casa, por la presencia de Fermín, el vecino que Djeredjian interpreta de maravillas. No hay fisuras en este hombre bestial, con manifiestas inclinaciones por las nenas y que se proclama médico. Es grotesco y tiene a su cargo los mejores momentos de humor. Al lado, acostados en la cama, están Luis (el padre, en la piel de Marcelo Nacci, demasiado gritón por momentos) y una adolescente, la supuesta hija (Andrea Spina). Se miman como novios y recién salen de su refugio sobre el final de la obra, cuando se descubre la verdad sobre la paternidad de la chica. En esta atmósfera asfixiante, nadie parece buscar una salvación, ahogados en el tedio, la negación y el incesto. Una situación que se sostuvo increíblemente durante casi veinte años, eltiempo que pasó desde que Gómez vio por última vez a sus familiares, antes del reencuentro forzado.
“Me gusta la idea de un teatro que no atienda súplicas ni ruegos, un teatro seco y fatal, inhumano, pero inevitable. Un teatro que no puedo eludir. Teatro inexorable. Teatro azote. Teatro de una realidad desvelada, degradada, pero verdad al fin”, escribió el autor, que por suerte deja pasar unas cuantas gotas de humor que hacen más digerible el bocado.

Del maravilloso mundo de los animales: los corderos. Los sábados a las 21 en El Camarín de las Musas (Mario Bravo 960).

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