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Domingo, 31 de octubre de 2004

PáGINA 3

Carta a los norteamericanos

Por John Le Carré

Tal vez haya una buena razón –una sola– para reelegir a George W. Bush: forzarlo a experimentar las consecuencias de sus apabullantes acciones y a responder por sus propias mentiras. Mejor eso que delegar ese trabajo en un demócrata, en quien terminarían recayendo las culpas por las estupideces de su antecesor.
Puede que ningún presidente norteamericano haya sido tan unánimemente odiado en el extranjero como Bush, que practicó una prepotente unilateralidad, rechazó tratados internacionales, fue temerariamente indiferente a las aspiraciones de otras naciones y culturas, despreció las instituciones gubernamentales del mundo y, por sobre todas las cosas, utilizó con total deshonestidad la causa del antiterrorismo con el objeto de desatar una guerra ilegal –y ahora la anarquía– contra un país que, como muchos otros, padecía una horrible dictadura, pero no tuvo nada que ver con los hechos del 11 de septiembre, ni poseía armas de destrucción masiva, ni antecedentes terroristas –salvo como aliado de los Estados Unidos en una guerra sucia contra Irán.
¿Es Bush un gran líder guerrero porque permitió que lo manipulara un puñado de ideólogos alucinados?
¿Es Tony Blair –mi primer ministro– un gran líder guerrero porque sometió a las tropas británicas, la política exterior y la seguridad interior a esa misma aventura atolondrada?
En noviembre les tocará votar a ustedes. A nosotros, el año que viene. Pero ambos resultados dependerán en gran medida de una misma pregunta: ¿cuánto durarán las mentiras, ahora que la verdad finalmente ha salido a la luz? La guerra de Irak fue planificada desde mucho antes del 11 de septiembre. Osama bin Laden proporcionó la excusa. Irak pagó el precio. Los niños norteamericanos pagaron el precio. Los niños británicos pagaron el precio. Nuestros políticos nos mintieron.
Mientras libraba la guerra de su padre a costa de ustedes, Bush también arruinaba a su país. Hizo que los ricos fueran más ricos y los pobres y desocupados, más numerosos. Despojó de sus pensiones a los jubilados y redujo el acceso a la educación de sus hijos. Y dejó sin seguro de salud a muchos más norteamericanos que antes.
Ahora Bush está ocupado falseando libros contables, enterrando déficit y reclamando fondos de emergencia para librar una guerra que, según le prometieron sus asesores, será capaz de prender y apagar como una vela.
Mientras tanto, el Acta Patriótica ha barrido derechos y libertades constitucionales que a los norteamericanos les llevó doscientos años garantizar y que alguna vez fueron la envidia del mismo mundo que ahora mira horrorizado no sólo hacia Guantánamo y Abu Grahib sino, también, hacia lo que ustedes están haciéndose a ustedes mismos.
Pero por favor: no se sientan aislados de la Europa que salvaron en dos ocasiones. Devuélvannos la Norteamérica que supimos amar y aquí estarán, esperándolos, sus amigos. Mientras aquí, en Inglaterra, Tony Blair siga cantando la misma canción que George W. Bush, las pesadillas de ustedes serán las nuestras.

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