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Domingo, 31 de octubre de 2004

MúSICA - DURAN DURAN VOLVIó, AUNQUE USTED NO LO CREA

Duran, duran y duran

Causaron un furor casi beatlesco entre las adolescentes de principios de los ‘80. Inventaron los videoclips mucho antes que Madonna y Michael Jackson. Y tienen canciones que envejecen soberbiamente bien. Sin embargo, nunca los terminaron de tomar en serio. Ahora, veinte años después, la formación original de Duran Duran vuelve a sacar un disco. Y Mariana Enriquez, otrora una de aquellas fans, les hace justicia.

 Por Mariana Enriquez

Ser fan de Duran Duran en los tempranos ‘80 era desesperante. Yo tenía 11 años, y dependía por completo de mis padres para comprar los discos, las revistas, el escaso merchandising. Y ellos estaban por todas partes, pero no de la misma manera que hoy son ubicuos Justin, Britney o Avril Lavigne. En 1984, cuando compré mi primer vinilo de Duran Duran (Arena, el canto del cisne del quinteto original) sólo se podían ver los videos en Música Total –a las siete de la tarde, después de la escuela– y en Johnny Allon Presenta –los domingos, en horarios cambiantes–. Los cortaban, los guardaban para el final, yo no tenía videocasetera para grabarlos. Sin Internet ni publicaciones especializadas para adolescentes, sólo se conseguían las fotos y las letras de las canciones en revistas de rock como Pelo o Toco & Canto; allí estaba claro que la crítica rockera neanderthal los ninguneaba, y si salían en tapa era sólo porque las revistas tenían que vender. Las fans nos juntábamos -cuando era posible– en la calle Florida para comprar recortes de revistas extranjeras, carísimas páginas satinadas a todo color, arrancadas; acariciábamos los nombres Smash Hits, New Musical Express, como si fueran ciudades de la Atlántida. Todavía recuerdo un libro japonés que guardaba celosamente el dueño de una disquería que vendía vinilos importados; después de mucho rogar, me dejó sacarle fotocopias, que en ese momento no eran láser ni de cerca. Anillé el pobre resultado que fue la envidia de toda la escuela, aunque las copias eran tan oscuras que apenas se distinguían los rasgos de los adorados Nick, John, Roger, Simon y Andy.
Duran Duran fue la banda más importante para las que éramos niñas en la primera mitad de los ‘80, y sigue siendo molesto que se los desprecie y descalifique como una boy-band con instrumentos. Lo eran, y ésa era su mayor virtud. El quinteto original fue la maquinaria pop perfecta y la única que ofrecía una cantidad de información muy difícil de procesar para las pequeñas fans de entonces, pero que decantó de manera fenomenal. Yo leía con atención devota las entrevistas –sobre todo las de John Taylor, bajista y mi primer amor– y a continuación me embarcaba en investigaciones. John nombraba a Roxy Music y yo corría a comprar o grabar For Your Pleasure. Nombraba a los Sex Pistols y yo retrocedía alarmada pero interesada ante el sonido brutal de Never mind the bollocks, disco que entendería años después. Veía el video de “The Chauffer” con sus lesbianas chic –tan en boga hoy– y recibía una instrucción erótica prematura y sofisticada. Supieron comprender como ningún otro grupo la importancia de inventar personajes –nadie más lo hizo tan bien, ni siquiera Take That–: Simon Le Bon era el cantante y sex symbol, pero algo torpe y accesible; John Taylor, el bajista, jugaba de adolescente eterno; Nick Rhodes, tecladista, era el andrógino; Andy Taylor, el guitarrista, era el bufón rockero; y el baterista Roger Taylor, el chico común. No había posibilidad de confusión, y cumplían casi todas las fantasías adolescentes.
¡Y los videos! Duran Duran los inventó, mucho antes que Michael Jackson o Madonna. Empezaron con porno soft para el disco debut: “Girls on film”, con un ring de modelos semidesnudas que luchaban en el barro, y “The Chauffer” con un fetichismo sado que remitía a la película The Hunger. Continuaron con el exotismo turístico de los videos de Rio (1982), donde se los veía como ingleses perdidos en las ruinas de un Imperio que ahora resultaba hostil (“Hungry like a Wolf”, “Save a Prayer”). Para Seven & The Ragged Tiger (1983) ingresaron en el sci-fi apocalíptico tribal, con algo de Mad Max y Duna: coreografías, reinos subterráneos –ellos parecían primos glamorosos de Indiana Jones– desiertos, guerrillas urbanas, símbolos ocultistas, bengalas: el clásico absoluto de esta encarnación es “Wild Boys”, carísimo video de Russel Mulcahy. Después llegó Arena, en 1984, el proverbial disco en vivo que suele anunciar crisis y separación; la banda se multiplicó en proyectos paralelos, y como yo le era fiel a John Taylor, lo seguí hasta Power Station, que no era una gran banda pero hacía un cover de “(Bang a gong) Get it On” de T-Rex, pasaporte para que,a los 13 años, olvidara a Duran Duran y entrara de cabeza a David Bowie, el glam, el punk; la transición no hubiera sido posible sin Duran Duran.
No sé qué pasó en los años intermedios; no les presté atención a los discos del grupo como trío, y todavía me sorprende que sus mayores ventas hayan llegado recién con The Wedding Album y la canción “Ordinary World” en 1993. Ahora acaban de editar Astronaut con la formación original, y como de costumbre reciben la condescendencia de la crítica. En las fotos se los ve apenas derruidos, todavía cuarentones elegantes; el disco es errático pero tiene tres canciones –”(Reach Up For The) Sunrise”, “What Happens Tomorrow” y “One of These Days”– que barren con todos los ensayos ochentosos de las nuevas bandas retro hasta sumergirlas en el ridículo.
Astronaut debería servir para reconocerle a Duran Duran una importancia ganada sin solemnidad; nunca se tomaron demasiado en serio, y sin embargo resultaron trascendentes. Tomaron elementos de la estética gay, pero no se encasillaron, como Pet Shop Boys; pescaron referencias del glam y el funk pero al filtrarlo todo con una bien entendida levedad de sintetizadores consiguieron algo nuevo y fresco; nunca se perdieron en la experimentación para convertirse en iconos respetados y algo aburridos como Sting. Y las canciones, para muchos –erróneamente– el punto más flaco, envejecen soberbiamente bien. “Planet Earth” y “Wild Boys” se bailan mejor que los ultracomplicados ritmos de The Neptunes. “New Moon On Monday” es una deliciosa épica en miniatura. “Hungry Like a Wolf” es un clásico lujurioso, como demostró Courtney Love en una oscura versión con su banda Hole. “Rio” es pura dicha, y “The Chauffer” una excentricidad romántica totalmente original. Seguro que Astronaut no cambiará la opinión de los prejuiciosos que decidieron pasar a Duran Duran por la guillotina, pero es un souvenir para los iniciados, los que siempre supimos que el objeto de nuestros desvelos púberes valía la pena de verdad.

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