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Domingo, 31 de octubre de 2004

LIBROS - LA FLAMANTE AUTOBIOGRAFíA DE BOB DYLAN

Cántame tu vida

Si algo le faltaba a Bob Dylan para terminar de forjar una leyenda como profeta eléctrico, poeta bajo la piel de rockero y candidato al Nobel de Literatura, era publicar su anunciada autobiografía. Chronicles Volume One acaba de salir y los críticos ya dicen a coro “Kerouac”, “excepcional” y “Shakespeare”.

 Por Rodrigo Fresán

Empieza así: un joven nacido en Minesotta acaba de llegar a New York y entra a un restaurante de la calle 70 en el West Side. Adentro está el legendario boxeador Jack Dempsey. Alguien los presenta y Dempsey le dice al chico –flaco y bajito y tímido– que: “Estás demasiado flaco para boxear, tienes que subir algo de peso; y no estaría mal que consiguieras ropa más elegante, aunque en el ring no necesitarás mucha cosa como vestuario. Y sólo te daré un consejo: nunca tengas miedo de pegarle a algo demasiado fuerte”. Alguien no demora en aclararle la situación a Dempsey: el muchacho no quiere boxear, el muchacho escribe y canta canciones. “Ah, sí”, dice Dempsey. “Espero escuchar tus canciones algún día de estos”, agrega.
Son los principios de los ‘60 y no falta mucho para que el joven se convierta en una leyenda y en un peso pesado de la música y para que Paul Simon escriba una canción sobre su llegada a una ciudad tan fría y tan caliente. La canción –que grabarán Simon & Garfunkel– se titulará, nada es casual, “The Boxer”. Afuera “el viento soplaba, los copos de nieve giraban en las calles iluminadas por farolas rojas y el vapor brotaba de las alcantarillas... Y nada de todo eso parecía importante” y así empieza Chronicles Volume One, la flamante y magnífica autobiografía de Bob Dylan.

DOS En un 2004, donde corrió fuerte y rápido el rumor de que el Nobel sería por primera vez para un poeta disfrazado de rocker, han aparecido varios y muy buenos libros sobre Bob Dylan. Una excelente cosecha y estos han sido los mejores: el canonizable y canonizante Dylan’s Visions of Sin, del académico Christopher Ricks; el tercer volumen de la serie Bob Dylan Performing Artist, del obsesivo especialista Paul Williams; la comprensiva y comprehensiva Keys to the Rain: The Definitive Bob Dylan Encyclopedia, de Oliver Trager; el monumental Lyrics: 1962-2001, con casi todas las canciones editadas y sueltas hasta la fecha; las reveladoras fotografías de John Cohen reeditadas y ampliadas en Young Dylan; y el imprescindible Studio A: The Bob Dylan Reader, editado por Benjamin Hedin y reuniendo entrevistas, ensayos, poemas, ficciones y dibujos de firmas como Greil Marcus, Allen Ginsberg, Sam Shepard, Barryl Hannah, Joyce Carol Oates y Rick Moody, entre otros muchos adoradores.
Pero está claro que todo esto palidece y se desvanece en el aire ante la llegada de Chronicles Volume One. Elegante fotografía blanco y negro de Times Square circa 1960 en la portada, retrato del artista adolescente en la contratapa y, adentro, 293 páginas con todo –casi todo, porque faltan dos volúmenes más y porque el tema no se agotará ni siquiera entonces– lo que uno siempre quiso saber sobre Dylan y jamás se atrevió a preguntarle porque, bueno, no es sencillo acercarse a Dylan y mucho menos fácil es que Dylan te responda a preguntas sobre cuestiones personales.

TRES Y lo cierto es que cuando se anunció hace un par de años que Bob Dylan había llegado a un acuerdo editorial para escribir y publicar tres tomos autobiográficos más una nueva recopilación de sus canciones y un coffee-table book compuesto por abundante e inédito material gráfico con anotaciones al margen, lo cierto es que fueron pocos los que se lo tomaron en serio. Recordaron la eternidad que en su momento se tomó Dylan para entregar su “novela” Tarántula (que acabó siendo un refrito ácido-surreal con algunos momentos ingeniosos) y, claro, se dijeron que si alguna vez hubo un candidato a NO escribir su autobiografía ése era Dylan, espécimen posiblemente sólo superado por J. D. Salinger a la hora de preservar los misterios de su intimidad. Además, ¿qué necesidad tenía Dylan –a los 63 años, en un momento profesionalmente óptimo e idolatrado por todo artista joven– de ponerse a hacer memoria y memorias? Ninguna. Pero está visto -siempre fue así– que los designios de Dylan son inescrutables. El milagro está en que el asunto no sólo probó ser cierto sino que el primer tramo de la cuestión –aporreado on the road durante unos treinta y seis meses en una máquina de escribir mecánica, todo en letras mayúsculas “para que le sea más fácil pasarlo en limpio a mi asistente”– no sólo existe sino que es sorprendentemente claro y honesto. Y –redactado en una prosa seca, casi hard-boiled, pero repleta de la característica imaginería y patentado fraseo del songwriter que no deja lugar a dudas sobre una autenticidad sin ghost-writer– deslumbrantemente revelador.
En una reciente entrevista al escritor David Gates –fue tapa del semanario Newsweek semanas atrás–, Dylan explicó cómos y porqués: “Yo estoy acostumbrado a escribir canciones. Y ya sabes: a las canciones puedes llenarlas de simbolismo y metáforas. Pero cuando te metes a escribir un libro como éste, la gracia y el desafío están en contar la verdad de modo que no deje lugar a dudas ni pueda ser malinterpretada... Aunque tengo que decirlo: lo tremendo de meterse en un libro es que uno deja de vivir mientras lo escribe. ¿Cómo es que le dicen? ¿Espléndido aislamiento? A mí no me pareció nada espléndido”.

CUATRO Pero Chronicles Volume One –cuya versión en español se publicará el próximo febrero– es, sí, espléndido. Y –cabía esperarlo– no es una autobiografía convencional. Aquí no hay orden cronológico ni se sigue un curso preestablecido. Bob Dylan retrocede y avanza y comenta y salta de época en época con la gracia de un eternauta que vino, vio y venció y ahora canta los cuarenta años de carrera oficial y de leyenda secreta. El libro está organizado en cinco capítulos funcionando como postales de momentos decisivos: “Markin’ Up the Score” y “The Lost Land” narran su llegada a N. Y. y sus aventuras junto a los legendarios personajes del Village de principios de los ‘60, el humo y el alcohol en los sótanos folk donde “los cantantes cantaban como si navegaran a bordo de barcos en llamas” y donde “yo hacía todo rápido. Pensaba rápido, comía rápido, hablaba rápido y caminaba rápido. Y hasta cantaba rápido”; “New Morning” es un abrupto salto hacia adelante, 1970, y nos muestra a un Dylan atormentado por el acoso de sus fans y empeñado en dinamitar su propia leyenda; “Oh Mercy” es la exhaustiva y reveladora bitácora de grabación del disco de 1989 con un Dylan vencido, a punto de extinguirse y, de pronto, resucitando para convertirse en el triunfal artista fuera del tiempo que es ahora; y “River of Ice” salta hacia atrás, de vuelta al punto de partida, como quien se despierta de un fantasmal sueño de Navidades futuras, para despedirse de nosotros mientras se despide de la folk music: “Toda la escena folk había sido para mí como un paraíso que ahora tenía que dejar, como Adán saliendo del jardín. Era algo demasiado perfecto. En unos pocos años, se desataría una tormenta de mierda. Las cosas comenzarían a arder... Tarjetas de reclutamiento, banderas, puentes. La psique nacional cambiaría para acabar pareciéndose a La noche de los muertos vivientes. El camino sería traicionero, y yo no tenía la menor idea de a dónde me conduciría pero lo seguiría como fuera. Adelante mío, un mundo extraño se ofrecía, un mundo de truenos con afilados bordes de relámpago. Muchos lo entendieron mal y jamás lo comprendieron bien. Pero yo me zambullí de lleno en él. Era un mundo enorme. Una cosa era segura, no sólo no estaba regido por Dios, sino que tampoco estaba regido por el Diablo”.

CINCO Y a los pocos días de su lanzamiento, Chronicles Volume One ha probado ser no sólo un formidable éxito de ventas (no está de más contar que la versión en audio-book es narrada por el intenso actor Sean Penn y, ay, es una lástima que el mismo Dylan no se haya hecho cargo de la empresa, porque esa voz es la única voz posible para esta historia) sino, además, un unánime suceso crítico. Alabanzas por todas partes de mediosprestigiosos que lo definen como “el equivalente rock de los diarios privados de William Shakespeare y la más extraordinaria e íntima autobiografía jamás escrita por una leyenda del siglo XX”, lo comparan a las memoirs de Henry Miller, Jack Kerouac y Marcel Proust, y lo relacionan con el tono “del mejor y más aforístico Vonnegut combinado con la voz de un maduro Holden Caulfield”.
Y ahora bien, cuánto de interés hay aquí para el dylanita consumado. La respuesta es: mucho, todo. Para empezar, se recuerdan y se narran con lujo de detalles dos episodios legendarios, decisivos y, hasta ahora, oscuros y mitificados: el de dónde sacó Robert Allen Zimmerman el alias de Bob Dylan y lo que verdaderamente ocurrió aquella noche a finales de los ‘80, en Locarno, Suiza, cuando en medio de un concierto “todo se vino abajo” y “caí en un agujero negro” y de pronto, un Dylan gastado que ya pensaba en retirarse experimentó el poder y la gloria y la epifanía de lo que tenía que hacer y de lo que ha venido haciendo desde entonces: el Never Ending Tour. Tocar noche tras noche, comprender que la verdadera obra pasaba por los escenarios, no por los discos, y por “inventar el núcleo de mi público futuro” actuando a lo largo de tres años a doscientos conciertos por año, repitiendo los mismos sitios hasta “crear un nuevo género de concierto”. Y seguir así, como cualquier noche de éstas, y recordar: “Ahora la energía me llegaba desde cientos de ángulos diferentes, completamente impredecible. Tenía una nueva facultad y parecía sobrepasar todo requerimiento humano. Si alguna vez había deseado un propósito diferente, por fin tenía uno. Era como si me hubiera convertido en un nuevo artista, un desconocido en el verdadero sentido del término. En más de treinta años de tocar en vivo nunca había visto este lugar antes, nunca había estado aquí. Si yo jamás hubiera existido, alguien tendría que haberme inventado para que yo lo habitara”.
Abundan, por supuesto, las sorpresas –Dylan señala a “Moon River” como una de sus canciones favoritas y confiesa que le encantan las polkas– y los agujeros negros: el misterioso accidente de moto, su relación con Joan Baez y su matrimonio con Sarah y su conversión religiosa son despachados en un par de líneas. Nada se dice de Bringing It All Back Home, Highway 61 Revisited y Blonde on Blonde, su majestuosa y jamás superada por ningún otro trilogía anfetamínica y mercurial ‘65/’66. Tal vez, quién sabe, serán temas a esclarecer en los próximos dos Chronicles que –oremos por que así sea– llegarán pronto aunque no tengan fecha de publicación. Mientras tanto y hasta entonces, Bob Dylan –como los más grandes, como los grandes en serio– ha respetado su propias reglas y sus propios versos. “Para vivir fuera de la ley tienes que ser honesto”, canta en una canción titulada “Absolutely Sweet Marie”. Y como prueba de ello –electrizante solo de harmónica aquí, golpeando tan fuerte como Jack Dempsey– exactamente así, honrado pero forajido, suena este libro.

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Dylan en Nueva York en 1966, cuando terminaba su insuperable trilogía anfetamínica: Bringing It All Back Home, Highway 61 Revisited y Blonde on Blonde.
 
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