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Domingo, 15 de noviembre de 2015

FAN > HAROLD Y MAUDE

ESLABONES PERDIDOS

FAN Un escritor elige su película favorita: Federico Falco y Harold y Maude de Hal Ashby.

 Por Federico Falco

Según Google, nunca se estrenó en Argentina –ni en cine ni en video- , y la verdad es que no sé con exactitud cómo llegué a ella, pero estoy seguro de que vi por primera vez Harold y Maude en casa de mis abuelos, cuando no tenía más de once o doce años, un sábado a la tarde o un domingo de invierno. Lo recuerdo como en un sueño y en ese sueño aparecen las baldosas verdes y blancas, los azulejos de la cocina, la videocasetera. Tiene que haber sido entonces, tiene que haber sido ahí.

En esa época, mis abuelos eran los únicos que yo conocía que tenían videocasetera. Vivían en el campo, rodeados de gallinas y chiqueros y potreros de alfalfa y galpones con pilas de bolsas donde se escondían comadrejas y, para mí, no había cosa más hermosa que irme a pasar un fin de semana con ellos.

Me buscaban los viernes a la tarde, cuando salía del colegio y tomábamos el camino de Boscariol y salíamos derecho al campo, mientras anochecía. En una combinación extraña, para mi “irme al campo” era tanto la libertad y la aventura de aprender a manejar por el medio del potrero, o salir de noche a tantear pechugas para encerrar a los pollos que mataríamos a la mañana siguiente, o afinar la puntería con el rifle de aire comprimido, como el disfrute de ver películas en video, tirado frente al televisor, a la hora de la siesta. A veces las veía solo, los sábados a la tarde; a veces, con mis primos y mis hermanos, los domingos después del almuerzo. Y así, mientras los hombres dormían y las mujeres desplegaban moldes sobre la mesa y pedaleaban frente a la máquina de coser, vimos todas las Locademias de policía, y La pistola desnuda y La fiesta interminable, con Peter Sellers, y Los dioses deben estar locos y Los cazafantasmas, Los Goonies, Tira a mamá del tren, Por fin me la saqué de encima, Volver al futuro (aunque esa me parece que la vi en el cine, igual que a Roger Rabbit) y una donde John Cusak hacía de un dibujante que pasaba un verano en la playa y que me gustaba porque los dibujos cobraban vida. La mayoría no eran exactamente películas infantiles, sino más bien comedias ligeras, destinada a jóvenes y/o adolescentes, de las que supongo me perdía la mitad de los chistes, pero que, calculo, deben haber sido de lo único más o menos disponible en el video club del pueblo.

Veintitrés o veinticuatro años después, cuando una noche de invierno, aburrido y siguiendo unas recomendaciones poco confiables, le di play en mi compu, no necesité ver ni cinco minutos de Harold y Maude para recordarla. Apenas empezó a sonar la música de Cat Stevens, y mientras Harold, al ritmo de los títulos, preparaba su primer suicidio, lo supe con una certeza sólida y contundente: a esa película ya la había visto y la había visto en el campo, tirado sobre la colchoneta celeste, levantándome de tanto en tanto para poner tronquitos en la cocina a leña.

A medida que la película avanzaba, pude predecir lo que sucedería. Recordé uno de los chistes que me había hecho reír (Harold supuestamente quemándose a lo bonzo frente a la mirada aterrorizada de una pretendiente), y una a una fueron volviendo las imágenes que, aquella primera vez, me habían impresionado: el auto fúnebre coleteando en una curva del cementerio, el vagón de tren donde vivía Maude, un espejo salpicado de sangre.

La historia es simple y un poco maniquea: Harold es un adolescente sumamente rico, sumamente solo y sumamente obsesionado con la muerte y la destrucción. Maude está a punto de cumplir ochenta años y es pura vitalidad bohemia, disfrute y rebeldía. Son los opuestos exactos, y la película es una de las comedias románticas más bizarras que alguna vez se haya visto. Una prudente elipsis nos escamotea la escena de sexo, pero todo el resto chorrea miel, humor negro y buenas intenciones. Al final todo termina bien, como corresponde al género, pero no es un final exactamente feliz, sino un final con música de Cat Stevens.

Es raro lo que pasa con las películas de nuestra infancia. Muchas, la mayoría, pasan ante nuestros ojos sin modificarnos en lo más mínimo. Otras, en cambio, lo modifican todo y sin que nos demos cuenta. Harold y Maude no es una película para chicos pero, para mi, fue la película que necesitaba ver en ese momento, (y la película que después olvidé por completo, tal vez para quitarle el crédito) ¿Cuánto de ella habré de verdad entendido? ¿Me habré dado cuenta de que era una comedia? ¿Habré captado la ironía? No recordaba el final y casi nada de la segunda mitad, y eso me hace sospechar de que tal vez me aburrí y apreté stop, me fui a jugar afuera y nunca terminé de verla. Pero eso es lo de menos. Reencontrarme con ella fue reencontrarme con algo que había quedado prendido a la parte más inaccesible de mi memoria y estuvo durante años allí, actuando desde las sombras. Fue reencontrarme con la mirada del nene que alguna vez fui, una mirada que hasta entonces sólo había entrevisto la idea de la muerte de refilón y de una manera tal vez demasiado solemne y escamoteada.

Como con el concepto de lo “agridulce”, concepto que en ese momento no entendía y me parecía ridículo (¿ensalada de cebollas y naranjas? ¿chancho con ciruelas?) Harold y Maude me expuso por primera vez a la complejidad sutil de los matices, de las mezclas contradictorias: la alegría y la tragedia, el humor y el drama, lo protocolarmente ridículo y lo hedonísticamente tierno, las amistades insospechadas e irremplazables, los buenos que en verdad no son tan buenos, los malos que en verdad no son tan malos, la capacidad –siempre– de reírse de nosotros mismo y de todos ellos.

Si en algún lugar se termina la infancia, para mi tiene que haber sido con esa película. Volverla a ver fue como encontrar la pieza que faltaba, el eslabón perdido entre el nene que yo había sido y el adolescente que Harold y Maude me ayudaron a (o me permitieron) ser. Aunque durante muchísimos años la haya olvidado por completo.

Federico Falco nació en General Cabrera, provincia de Córdoba, en 1977. Publicó loslibros de cuentos 222 patitos y otros cuentos, 00 y La hora de los monos. También el libro de poemas Made in China y la novela breve Cielos de Córdoba.

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