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Domingo, 30 de enero de 2005

CINE > AMENáBAR Y BARDEM VAN POR EL OSCAR

Sé lo que quiero y lo quiero ya

Después de que Tom Cruise hiciera la remake de su segunda película (Abre tus ojos) y él mismo filmara en inglés con Nicole Kidman la tercera (Los otros), Alejandro Amenábar se convirtió, con sólo 30 años, en el director extranjero favorito de Hollywood. Ahora, Mar adentro tiene todo para sentarlo en el trono: una nominación al Oscar, una tapa de Newsweek, una de esas historias reales imbatibles (la de un hombre que queda tetrapléjico y lucha durante años por su derecho a la eutanasia), una actuación formidable (Javier Bardem) y una polémica feroz sobre la eutanasia.

 Por Mariano Kairuz

Como era de preverse, el estreno de Mar adentro, la película sobre Ramón Sampedro, el marinero gallego que quedó tetrapléjico tras echarse un clavado en la playa con muy mala suerte y que luchó durante varios lustros por el derecho al suicidio asistido, reimpulsó en España el larguísimo debate sobre la eutanasia. Al mismo tiempo disparó, en espacios más acotados, otro debate distinto pero perfectamente pertinente que no tenía que nada que ver con estar a favor o en contra de la eutanasia sino con estar a favor o en contra de que sigan filmándose, estrenándose y premiándose películas sobre discapacitados, enfermos terminales y enfermos en general.

Basta tipiar “mar adentro” más el nombre de su director en cualquier buscador en Internet para encontrarse enseguida con muchas voces irritadas por la identificación inmediata que asume la película respecto del punto de vista de su protagonista, lo cual la convertiría, presuntamente, en un film monolíticamente pro-eutanasia. (Algunos se enfurecieron especialmente por la escena en la que Sampedro intercambia opiniones con un sacerdote jesuita tetrapléjico y en la que queda ridiculizada la postura eclesiástica; también pueden leerse entrevistas a Luis De Moya, cura paralítico –aunque no jesuita– que visitó al verdadero Sampedro, y que vendrían a confirmar que la secuencia está inspirada en una anécdota real.) “Apología estetizante de la eutanasia”, se lee por ahí y algún trasnochado llegó a escribir que Mar adentro “es un canto al suicidio de un tetrapléjico sin esperanza, como lo prueba el hecho de que en la cinta el suicida es el amigo del espectador... Un canto a la muerte, diga lo que diga Amenábar”.

Como argumento contra la película, no es muy riguroso que digamos (aunque hay que reconocer que permite plantearse una idea al menos interesante: la de una película que se autodefiniera, que se propusiera desde su afiche publicitario, desde las puertas de los cines, como “un canto a la muerte”) porque en Mar adentro no hay nada de eso: a pesar de su firme decisión de defender una postura polémica, se parece demasiado a todo aquello a lo que nos tienen acostumbrados las películas sobre discapacitados y enfermos, y abraza, en todo caso, el “canto a la vida” de siempre. Los subrayados musicales, las dosis exactas “de sonrisas y de lágrimas”: todo está ahí. La sola decisión de mostrar a Ramón Sampedro levantándose de su cama y escapando a través de la ventana de su habitación para sobrevolar el deslumbrante paisaje coruñés hasta arribar a la playa, al mar que, dice, le dio y le quitó la vida, indica que no se trata precisamente de una película temeraria dispuesta a deprimir a su público todo lo que sea necesario y convencernos de su causa justa y humanitaria sino de contar la historia de un personaje con una gran personalidad y una gran fuerza vital, un viajero, un hombre enormemente físico que sufre su desgracia quizá mucho más de lo que la sufrirían otros mortales en su lugar.

Carne trémula y jamones

Una de las claves de todo el asunto consistía en embutir a un tipo enorme como Javier Bardem, acostumbrado a actuar con todo el cuerpo, en un personaje que sólo puede mover la cabeza. Un crítico de la revista Salon.com, al que la película le gustó mucho, comienza su reseña diciendo que “hay un elemento de perversidad en que Javier Bardem haga de tetrapléjico. Ya sea que la use de manera exuberante (como en Antes que anochezca) o lo mantenga en reserva (como en The Dancer Upstairs), Bardem se define por su robusta condición física”. No es la primera vez que Bardem se sube a una silla de ruedas (lo hizo en Huevos de oro y Carne trémula), pero parecía estar tan en lo suyo cuando se batía literalmente a jamonazos con Penélope Cruz (como en Jamón Jamón) o sacudiéndose violentamente como el poseído Romeo Dolorosa (en Perdita Durango). Acá se ofrece con pelo escaso y canoso, bajo cinco horas diarias de maquillaje –su Sampedro tiene veinte años más que el actor, de 35–, muestra la cara y las manos y esconde el resto: una sola vez en toda la película se ve el cuerpo atrofiado de Sampedro, semidesnudo, en un efecto evidentemente digital apenas disimulado tras una pantalla televisiva. La imagen contrasta de manera bestial con la de su propio físico joven, tal como aparece en el flashback que recrea el accidente y de la que fue tomado uno de los afiches de la campaña publicitaria con que la película se estrenó en los Estados Unidos: allá, sus distribuidores probablemente temieron que una película sobre un paralítico, subtitulada, que no aprovechara las escasas imágenes de un Bardem lozano, de cabello oscuro y al viento, estuviera comercialmente condenada.

Lo de Bardem es encomiable, una vez más, pero las declaraciones que ha hecho en las entrevistas sobre la preparación de su personaje y las múltiples lecciones de vida aprendidas en el proceso (“interpretar a Ramón Sampedro me quitó el miedo a la muerte”, “me puso en contacto con mis limitaciones”; “todos los que intervenimos en esta película conseguimos un gramito más de paciencia para nuestras vidas”), suenan un tanto excesivas.

Globos, copas y chico de tapa

La película fue recibida por parte de la crítica como una operación de cierto cálculo y poco riesgo. Se trata, es cierto, de un combo de casi-consagrados compuesto por un director de apenas 32 años al que, tras una obra circunscripta al terreno del terror y el fantástico (el cine snuff en Tesis, la distopía futurista en Abre tus ojos, un film de fantasmas considerablemente “refinado” en Los otros), le llegó la hora de abordar un drama de esos “verdaderamente humanos”; del actor español nominado al Oscar, el más importante para Hollywood después de Antonio Banderas; y una producción de capitales exclusivamente europeos (españoles, italianos y franceses), pero con serias posibilidades de premio a film extranjero. Ahora que Mar adentro está finalmente nominada como mejor película extranjera (desde el martes pasado, y habiéndose llevado ya un Globo de Oro en esa misma categoría y la nominación a otro por la actuación de Bardem) y tiene la mayor cantidad de nominaciones a los premios Goya –que se entregan hoy– y ya tuvo lo suyo en Venecia (el premio especial del jurado al director y la Copa Volpi para Bardem); que Amenábar ocupó la tapa de la edición europea de Newsweek en diciembre (con una nota que comenzaba diciendo que “si no fuera por Alejandro Amenábar, Nicole Kidman no sería estrella de cine”, sic) y que la película lleva recaudados más de dos veces su costo de producción y a partir de esta semana va por mucho más, se puede decir que, si hubo una maniobra especulativa de parte de sus autores y productores, les salió bastante bien.

Amenábar no es un mejor director ahora que cuando hizo Los otros, pero debe admitirse que seguramente él (como Bardem) tenía la opción de asumir riesgos menores; después de todo, aquella película costó menos de 20 millones de dólares y recaudó casi 100 sólo en Estados Unidos, lo cual debe haberlo convertido automáticamente en toda una garantía para Hollywood. Y preguntarse si no deberían dejar de filmarse y premiarse películas sobre discapacitados y enfermos al menos por unas cuantas temporadas no implica negar su capacidad de conmovernos sino identificar justamente todo lo contrario, que a veces no hay manera de ganarle a la manipulación a la que suelen someternos; esa costumbre de dejarnos como lisiados emocionales.

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