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Domingo, 2 de mayo de 2010

La ley y la calle

Una chica que trabaja a bordo de ambulancias que atienden emergencias en el conurbano. Un abogado que corre tras ellas en busca de armar estafas para cobrar el seguro en los accidentes. Una historia de amor montada al vértigo y la desazón de la muerte. Con estas premisas, Pablo Trapero estrena Carancho, su primer policial clásico. Pero que, por ser argentino, no puede ser simplemente clásico. A punto de viajar al Festival de Cannes, presenta su película junto a Martina Gusmán, su pareja, productora y actriz, que ya había deslumbrado en la película anterior, Leonera. Y Ricardo Darín habla de los 25 años que lleva haciendo policial argentino, del polémico final de El secreto de sus ojos, de los papeles que rechaza por cuestiones éticas y de esa cualidad como actor que lo hace perfecto para el policial e irreductiblemente argentino.

 Por Mariano Kairuz

¿Qué es un carancho? Además de una palabra sonora que suena un poco a puteada amable, es un ave carroñera del continente americano, y ahora, a partir de la sexta película de Pablo Trapero, también es la manera en que podremos llamar a esos abogados que se especializan en presentarse en los accidentes de tránsito, en el momento justo, para ofrecerles sus servicios a las víctimas, apenas después del sacudón físico, muchas veces en pleno aturdimiento sensorial. El “carancho” como versión criolla de esa figura recurrente a la que en tantas películas norteamericanas dieron a conocer como ambulance-chaser: perseguidor de ambulancias. El leguleyo que está ahí, sobrevolando la desgracia para alimentarse de los desgraciados. “Pero este uso de la palabra carancho es un invento de la ficción, aunque mucha gente ya parece haberla incorporado como un término preexistente”, explica Pablo Trapero, en medio de un día largo de entrevistas promocionales de su nueva película, con la que en pocos días partirá al festival de Cannes. “Es como decirle buitre, o cuervo, pero nos pareció que carancho tenía una pregnancia como título y como definición, que hasta tuve miedo de que opacara el resto de la película. Pero es eso, un ave de rapiña. Más extrema, más rara, menos conocida.”

El carancho del título es Ricardo Darín, abogado en las malas que, mientras espera poder recuperar su matrícula profesional, hace el trabajo sucio para una “fundación” que transa con víctimas de accidentes de tránsito (armada de contactos con médicos y ambulancieros de los hospitales municipales) y con las aseguradoras, quedándose con la tajada mayor. Pero el origen de la película fue, antes que la existencia de estas operaciones siniestras y más o menos conocidas, el contexto que hizo posible este mercado negro. Las altísimas cifras de muertes por accidentes de tránsito en Argentina han sido una larga obsesión de Trapero (cuya película Nacido y criado partía dramáticamente de un choque en la ruta). “Es una cosa que tengo en la cabeza hace mucho tiempo”, dice el director. “Que en una década hayan muerto cien mil personas en accidentes me parece directamente una locura, un genocidio ridículo. Yo quería contar una historia de amor en un tono muy trágico, como si fuera en medio de la guerra, y este universo de urgencias me permitía acercarme a eso. Es un mundo con personajes cuyas vidas cotidianas pueden ser una cosa medio rara para la mayoría de nosotros, pero están ahí nomás. El abogado que corre detrás de las ambulancias, y los médicos que viven situaciones de extrema urgencia, en las que la vida y la muerte están todo el tiempo a un paso. Con mis películas me gusta hacer ese ejercicio de vivir una vida que no es la mía: ¿cómo es para el médico que trabaja sin parar, sin dormir y que trata todo el tiempo con gente que le tira mala onda; al que se le mueren los chicos en medio de emergencias y que no tiene herramientas para ayudarlos? ¿Y cómo es la vida de este abogado que no tiene otra que trabajar para los hijos de puta de esta fundación trucha? La idea era que la película funcionara en parte como una experiencia sensorial en universos extremos: cómo le encontrás sentido a estas cosas que fuera de tu contexto cotidiano son tremendas.”

La otra punta de la historia de amor de la que habla Trapero es Luján, una médica de guardia que trabaja asistiendo emergencias, en jornadas interminables en el hospital y a bordo de la ambulancia. Martina Gusmán, pareja y productora de Trapero (y enorme revelación de su película previa, Leonera), se unió a un equipo de guardia de un hospital de González Catán para investigar su personaje. “Por supuesto que no podía ayudar con los pacientes, pero me dejaban hacer la primera parte del cuestionario de rutina”, cuenta Gusmán. “Lo que me quedó de la experiencia fue más que nada una serie de sensaciones fuertes. Antes yo era de esas personas que veían a alguien que se desmayaba en la calle y me bajaba la presión; todo me daba mucha impresión. Y de repente estaba viendo situaciones de vida o muerte, y asistiendo a la energía que le ponen estas personas que se desviven por salvar a otros. Asistiendo a la angustia de un médico que por ahí se pasa doce horas tratando de salvarle la vida a alguien y que esta persona por ahí se le muera. Pude ver cómo apelan a mantener una distancia a través del humor negro, que les hace posible vivir eso, atravesar el agotamiento y la frustración cuando su esfuerzo no sirve. Presencié el caso de un chico de 17 años al que le habían pegado un balazo para robarle las zapatillas, en su barrio. El tiro le había atravesado el esófago e iba a quedar mudo y paralizado, y sólo iba a poder comer a través de un tubo. Pusieron una gran energía para salvarlo, pero al final del día el médico a cargo me confesaba que sentía una contradicción muy grande: por un lado, me decía, quiero que se salve porque tiene toda su vida por delante, y a la vez, ¿qué vida tiene? Es un chico humilde de González Catán, donde no va a tener muchas oportunidades para desarrollar una actividad intelectual para suplir las posibilidades físicas que ya no va a tener. De todo aquello me quedó esa sensación de angustia e injusticia que viven los médicos en situaciones en que deben salvar tanto al pibe al que le pegaron un tiro como el que pegó el tiro, sabiendo que son todos partes del mismo sistema.”

La elección de los hospitales en los que filmaron para componer el hospital en que transcurre parte de Carancho respondió en parte a la idea de reflejar algunas de estas circunstancias que se viven especialmente en el enorme conurbano bonaerense. “El Posadas es una mole enorme instalada en el corazón de la zona Oeste –explica Trapero– y representa estos fenómenos que se dan en los hospitales del Gran Buenos Aires, que tienen que alojar cantidades descomunales de gente. También filmamos en un sector no utilizado del Israelita, y construimos un shock-room en el Clínicas, para algunas escenas importantes.” “Lo que ves en hospitales como el de González Catán –dice Gusmán– es que su corazón es el alma y la pasión que ponen sus médicos por su trabajo en medio de las dificultades materiales. Hacen mucho con muy poco y sí, ahora yo también tengo el humor negro más grande, que es el que vi en ellos: la única forma de enfrentar estar situaciones de emergencia.”

Mas extraño que la ficcion

Con Carancho, Trapero se propuso filmar su primer policial negro “clásico”. De esos de los años ‘40 y ‘50, como definió en una de las primeras presentaciones de la película, “en los que la trama policial se convierte silenciosamente en un retrato de un complicado entramado social”. A la hora de escribir el guión (que firma, como el de Leonera, junto a Alejandro Fadel, Martín Mauregui y Santiago Mitre) investigó anécdotas reales de abogados de rapiña. “Y descubrís que estos personajes que representamos en la ficción, en la realidad siempre son más grotescos, directamente inverosímiles”, dice. “Sosa (el personaje de Darín) es más verosímil que los verdaderos caranchos: por el lenguaje que usan, por la manera de vestirse, por sus anécdotas, una más increíble que la otra. Algunas son graciosas, como la del tipo que se quiebra la pierna en un partido de fútbol y recurre a un abogado amigo. ‘Che, me rompí la gamba, no tengo obra social ni un carajo, ¿no me ayudás?’. Inventaron un caso, un accidente con una motito, y consiguió la guita del seguro. Uno de los casos clave de la película está inspirado en un caso real armado de esta manera.”

Cierta dualidad en el personaje de Sosa, un poco por arte de lo que podría llamarse el efecto Darín (no importa qué tan cretinos puedan ser sus personajes, siempre terminan resultándonos un poco simpáticos) se volvió crucial a la noción de policial que explora Trapero. “La idea era que fuera alguien de quien otra persona pudiera enamorarse –explica el director–. Y éste es un personaje que está yendo en contra de su pasado y de su legado. Arranca la película diciendo ‘Por favor, me quiero ir de acá’; es un tipo en busca de su redención. Los personajes que más me interesan del cine son aquellos que generan contradicción, que te marean, que no podés descifrar. Que te hacen pensar ‘Mirá qué hijo de puta’ y al rato lo querés tener de amigo. Primero un pusilánime al que cagan a trompadas, después se come la de que él puede ser un paladín de justicia, y más tarde un adolescente enamorado: va pasando por esos estados de ánimo muy contrastantes, y el punto de vista es un poco más el de Luján, que primero lo rechaza pero después lo va descubriendo”.

Si se le pregunta por sus referentes e influencias de género, Trapero hablará de clásicos como Raymond Chandler, de El tercer hombre, de Graham Greene filmado por Carol Reed; y films muy distintos como Lee mis labios (oscuro thriller de Jacques Audiard sobre la relación entre una mujer sorda y un joven delincuente); o “cualquiera de los policiales de Scorsese, que sabe filmar con cierta crudeza”. Pero también, “podría mencionar cosas que no son tan film noir pero están emparentadas, como algunos westerns de Eastwood, hasta Los imperdonables: películas que tienen claramente y antes que nada una impronta de ficción, atrás de la cual tenés una presentación minuciosa de un momento social, de una situación particular, de momentos de decadencia política, económica... Ahí entran miles de películas que no tienen nada que ver pero que me gustan –de John Huston, de Ford, de Billy Wilder, del primer neorrealismo, hasta Chaplin– porque presentan estos personajes heroicos metidos en mundos cotidianos. Tipos comunes y corrientes que se ponen por arriba de sus vidas cotidianas, que las convierten en existencias heroicas. A veces la hazaña consiste en que consiguieron dónde pasar la noche. El cine que me atrae, siempre tiene algún anclaje con la realidad, sin ser realista. Soy de los que no creen que el realismo sea un género ni un fin en sí mismo, sino una herramienta, un tránsito, un recurso. Carancho no es realista a pesar de que uno pueda sentirla cerca: es ficción, es coquetear con universos que te dan miedo o te atraen”.

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