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Domingo, 28 de julio de 2013

MúSICA > PABLO MALAURIE Y SU NUEVO DISCO, EL BEAT DE LA CUESTIóN

UNA LUZ POLVORIENTA

Cantautor sorprendente, profundo, directo y romántico sin ser jamás cursi, Pablo Malaurie presenta un segundo disco, El Beat de la Cuestión, una colección de canciones otoñales, imaginadas cuando deambulaba por la calle Corrientes, una paleta musical llena de nostalgia pero con toda la vitalidad del groove.

 Por Micaela Ortelli

Basta mirarlo para intuir que el nuevo disco de Pablo Malaurie es muy distinto del anterior. En El Beat de la Cuestión, que salió en junio, aparece él en la portada, con una bata que Sandro habría usado, chasqueando los dedos delante de una ventana blanca (es de día), con expresión entre sensual y adormilada. Lo rodean franjas de colores –azul, rojo, fucsia, violeta– que recortan el perfil de una mujer. En comparación, la edición de El Festival del Beso (2009) es sobria y algo críptica: una pintura de William Bouguereau intervenida con el nombre del disco, pegada a una caja de cartón que Pablo fabrica a mano –y bien viene en puño y letra– una por una. Es que al momento de lanzarlo no tenía ninguna pretensión, sólo registrar el “lenguajito” que descubrió cuando su banda Mataplantas se disolvía; uno a base de ukelele, banjo –tocado con técnica personal porque desafina– y esa voz elástica asombrosa que surgió de imitar a Libertad Lamarque y a su abuela Pichina.

A nivel local, fue el destape de un cantautor sorprendente: profundo, directo y con gracia, pero el disco –unas canciones otoñales preciosas– tuvo insólitas repercusiones internacionales: se editó en Japón, y de Rumania lo convocaron para componer la música de Loverboy, la nueva película de Catalin Mitulescu (Pablo viajó a Bucarest porque al director le gustó su cara y lo quiso para un papel pequeño, el de un amigo del protagonista que queda loco después de que lo plantan en el altar).

Ahora, con la mitad de un pebete del mítico bar La Giralda en la mano, confiesa un “súper amor” por ese disco, por todo lo que brindó pese a su bajo perfil, “aunque la idea romántica de hacerlo uno por uno fue muy linda, pero hizo que todo el tiempo me pidiera más. Si ya tengo otro y todavía estoy cortando cartones”. De todos modos, la imagen resulta apropiada: conceptualmente, dice Pablo, El Beat... es la continuación de su predecesor, y en un principio se iba a llamar “Pasto en la espalda”, “porque ¿qué queda después de un festival de besos?”. Esa canción fue la elegida para abrir el disco (engañosamente, con una introducción extensa y lánguida, evocativa de “Mañana Bucólica”, el cierre de El Festival...), que encontró un nombre más ingenioso. Porque la cuestión acá es el beat: frecuencias graves –guitarra fuzz, teclados y sintetizadores procesados– en convivencia con líneas de bajo y batería; la incorporación más fuerte al sonido –ante la elocuente desaparición del ukelele y el banjo– pasa por lo rítmico (el corazón de las canciones, o el quid de la cuestión).

Pablo, además, volvió a trabajar con banda (hasta ahora lo acompañaba el pianista Nacho García), ahora en rol de coordinador, algo que le sale muy mal, aclara, “porque nunca tengo un plan, sólo una idea vaga de hacia dónde ir”. Así de vaga era ésta: “Cuando tuve la paleta de canciones se me vino a la cabeza un viaje de una cabaña destrozada a una discoteca”. Y fue lo más logrado a nivel texturas: hay temas con base de guitarra criolla (siempre versátiles: “Desalineada” coquetea con el flamenco, “Seymour Cassel” recuerda el tropicalismo de “Superficies de Placer”, de Virus) y otros más sintéticos, como “Interferencias totales”, que en sonido y letra es la nostalgia misma: “La brecha se hizo larga esta vez aquí en la Argentina/ Me gustan las de Pappo y Manal, no las de plastilina”, le canta a un mainstream que hace rato perdió mística y profundidad.

“También tiene que ver con mi historia del último tiempo, todas las canciones son muy autorreferenciales”, agrega sobre la idea de la cabaña y la discoteca. Hace un tiempo Pablo se separó, erró por casas de amigos y conoció todos los bares de la avenida Corrientes, hasta que se instaló en Balvanera: “Me identifico mucho con el barrio, siento que Corrientes es mía. Y me parece que el disco tiene algo de eso, como de neón, pero no de Las Vegas, de Corrientes”. Una luz más polvorienta, se deduce; más romántica, sin duda. Son las luces de las discotecas, también, de las que nunca fue adepto, pero le despiertan una especie de fascinación: “Son lugares donde todo está dispuesto para que te veas poco y te rompas. Y a mí me pasa algo dentro de toda esa cosa sintética, ciertas piezas tecno me levantan una cosa emocional que me vuelve loco”. Si lo piensa, encuentra el “link melancólico” en los bailes escolares, donde escuchó por primera vez a Depeche Mode, Pet Shop Boys o New Order: “Por supuesto yo no estaba en el grupo de los cancheros: timidez absoluta; relacionarme con una chica, imposible”.

Un antihéroe pícaro, un chico Almodóvar versión porteña, Pablo escribe y musicaliza un culebrón en “Lorelei”, como se llamaba la empleada doméstica de su primera casa: “Me la puse ahí contra tu caparazón/ Dijiste ¡no! Y cruzaste las piernas. Ay, pero qué lindas son Lorelei”. En “Ahá mhm” pinta una conocida escena tragicómica: “Si todo lo que hacías te venía saliendo tan bien/ Y todas las baldosas que pisabas te decían ok/ Y ahora que se vino el maremoto ¿dónde está el timón?/ Pues todo lo que estaba en su lugar ahora desapareció/ Y en el diván oías: ahá mhm”. Y en la fabulosa “Seymour Cassel” cuenta sus celos por el actor fetiche de Cassavetes: “Me acuerdo del tipo que en el cine te flirteó, un tal Seymour Cassel”. Pero fuera de la comicidad de la historia, Pablo –y éste es quizá su mayor logro como letrista– es romántico sin ser cursi: “Creo que no existe lo que hay si no fuera como ha sido/ Creo que la única verdad es habernos conocido”, canta, más que nunca en este disco, con el corazón en la mano.

Pablo Malaurie presenta el genial El Beat de la Cuestión –que se puede escuchar en Bandcamp, pero mejor comprarlo– el jueves 8 de agosto, a las 21, en La Trastienda (Balcarce 460). Entradas $ 50.

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Imagen: Lula Bauer
 
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