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Domingo, 23 de octubre de 2016

EL POETA OCEÁNICO

 Por Horacio Fiebelkorn

Es miércoles 19, y la academia sueca todavía no pudo ubicar a Dylan. Y no es que el tipo se haga el difícil: es difícil. Aunque lo más probable es que no le de importancia al galardón, o no lo tome en serio.

Tampoco está inhallable, anda tocando por ahí. Simplemente no les atiende el teléfono.

¿Necesita, Dylan, el Nobel? ¿Corona su carrera? ¿La música popular –la poesía popular– necesita un Nobel? De ninguna manera. Ni como legitimación suprema o cucarda en supremo metálico.

Por lo demás, ya se sabe lo que sucedió cuando el rock buscó el halago de la música culta haciéndose sinfónico: fue vituperado sin atenuantes, y produjo discos infumables. Un papelón.

Pero no nos alejemos del tema. Asoma el hocico la idea de que es la academia sueca la que necesita a Dylan. Hasta el momento, sólo consiguió premiarlo.

Para qué lo necesita, es otro cantar. Los humores y gustos de esta gente suelen ser tan sinuosos como indescifrables algunas de sus decisiones. En 1953, sin ir más lejos, el Nobel de literatura fue para Winston Churchill. Por sus ensayos, memorias y etcétera. Aunque me da por pensar, sin fundamento alguno, que querían darle algo, y el de la Paz le cayó al general Marshall (el del plan). Algo había que darle a Churchill.

Más acá en el tiempo, fue Darío Fo quien recibió el premio en 1997. Dramaturgo y de izquierda: los suecos recibieron sopapos de procedencia variada. La derecha, a su manera obvia, lo impugnaba ideológicamente. Pero el mundo literario no terminó de digerir que el premio fuese a manos de alguien ajeno al “mundo de los libros”. ¿Qué libro escribió Darío Fo?, se preguntaban algunos indignados, como si la academia sueca dependiera del pago de sus impuestos.

Ahí está, me parece, el nudo de los rechazos, que incluye todos los matices alrededor de un solo fetiche, llamado “libro”, considerado como vehículo excluyente de la “literatura”. (A esta altura, tengo que poner todo entre comillas, como si fuese un marciano, pero no me queda otra).

Los rechazos y “peros”, cuando no la ofuscación pura y dura, están incluso entre mis amigos.

“Hubiese preferido”, dijo uno de ellos, “que el premio se lo den a un escritor”.

Pero Dylan es un escritor. De canciones, pero escritor al fin. Un poeta popular que difundió su obra cantando. Hasta el momento, los argumentos en contra sólo parecen apelar al diccionario, sea el de María Moliner o el de Clichés Universales.

Leo también por ahí alguna impugnación “de izquierda”. El premio a Dylan favorecería a la cultura de masas, enajenante y adocenada, en desmedro de lo que sería la “verdadera literatura”, que como todo el mundo sabe, tiene su nido en el mundo de los libros. Como si la industria editorial no llevara a imprenta toneladas anuales de basura, y no existiesen bocas de expendio monopólicas para la promoción mediática de esos detritus. (Dicho sea de paso, en los días previos al “caso Dylan”, circuló por la web un fake que asignaba el Nobel a Paulo Coelho).

Como opinar es gratis, tal como en el fútbol, vemos que la estirpe de los plateístas está presente en el mundo de la gente “culta”. Y ni tanto: el 70 por ciento de los lectores del diario El Día de La Plata, se expresaron en contra del Nobel a Dylan. ¿Tantos consumidores de “cultura” tiene el diario El Día? Me animo a conjeturar que sólo unos pocos de ellos saben quién es Dylan, y que un alto porcentaje tiene por último libro leído el de lectura, Los teritos. Pero opinan igual, como si calificaran el desempeño de tal o cual jugador en el partido del domingo o a algún participante del Bailando. Que quede claro: todos tienen derecho a opinar. Y por lo mismo, nos asiste el derecho a pasar por el colador cuanto se diga o escriba sobre el punto.

Mientras tanto, dos pesos realmente muy pesados de la poesía latinoamericana, como Nicanor Parra y Raúl Zurita, se pusieron contentos con el Nobel a Zimmerman.

Parra, por caso, hace bastante dijo que con sólo tres versos de “Tombstone Blues” (en rigor, son seis) Dylan ya merecía el galardón.

Si nos ponemos muy finos, Parra también merecía el Nobel. ¿Algún atisbo de celos o indignación en Parra? En absoluto. Nada de “esos premios están arreglados”, “la academia perdió el rumbo”, “cuántos libros escribió Dylan”, “las canciones no son poesía”, y cualquier cosa que disimule el “qué tiene él que no tenga yo”, pensamiento un tanto miserable que suele darse cita al conocerse el resultado de algún concurso.

Raúl Zurita, mientras tanto, dijo que Dylan “vuela muy por encima de los poetas de escritorio, porque su audacia no le ataña al arte o a la literatura, sino a algo infinitamente más concreto, más demandante que la poesía o el arte, le atañe a la vida”.

Con todo, por feliz que me ponga el Nobel a Dylan, y con la salvedad de la indiferencia que suelen generarme esos premios, hay algo saludable en esa decisión, más por sus efectos que por sus causas.

Porque se volvió a una cuestión nunca saldada en relación a los soportes de la obra. Sí, la canción es poesía, y si es poesía es literatura. ¿O la Ilíada y la Odisea no fueron largos poemas cantados? Poeta Dylan, como Manuel Castilla, Brassens, Cohen, Zitarrosa, Yupanqui, Spinetta, y siguen las firmas.

¿O fueron menos artistas plásticos Rivera y Siqueiros, por haber hecho muralismo? ¿O Rocambole por ilustrar tapas de discos?

¿Fueron menos poetas los Mateístas de Bahía Blanca o el grupo Turkestán de La Plata, por haber difundido la poesía en afiches? ¿O sólo les dieron el carnet de socio cuando publicaron libros?

El soporte, en fin, me parece, es lo de menos. Y es el fetichismo en torno del “libro” lo que impide considerar a ese poeta océanico que es Bob Dylan, como parte necesaria de la literatura y la cultura contemporánea.

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