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Domingo, 23 de octubre de 2016

LOS INTELECTUALES VOLVIERON A PERDER EL TREN

 Por Pipo Lernoud

A las seis de la mañana, con insomnio, viendo en YouTube la actuación de Dylan en el desierto de Coachella después de que se anunciara su premio Nobel.

El gran poeta que celebra la academia sueca, murmurando letras apenas discernibles por su dicción gangosa, pero que miles de bocas repiten de memoria, sin perder ninguno de sus giros complejos, sus remates sorprendentes, su descripción colorida de un mundo que se ha vuelto un gran circo.

Me pregunto entre sueños: ¿qué es la literatura? “Es la escritura que posee mérito literario y que privilegia la literalidad en oposición al lenguaje ordinario” según Wikipedia. Para la Real Academia Española “es una actividad de raíz artística que aprovecha como vía de expresión el lenguaje”.

Si hay alguien que ha usado lenguaje como “vía de expresión con mérito literario”, ese es Bob Dylan, que desde que comenzó a componer sus propias canciones a los veinte años, ha mostrado una asombrosa originalidad en el uso del habla popular para describir estados profundos del ser humano

Hace 50 años los intelectuales perdieron el tren del rock y la cultura popular, y lo siguen perdiendo cada vez que elijen la academia en vez de la calle. Lo dije en ese momento (en 1966, ver mi libro Yo no estoy aquí) y lo repito ahora, que la necedad se renueva frente al Nobel de Dylan, el poeta más grande de estos años.

Volveremos a discutir si la canción es un arte menor o mayor, cuando es sabido que toda la literatura proviene de la canción, y durante miles de años esa fue la única forma de recordar las historias y los poemas.

Las canciones de Dylan son como las sagas germánicas e islandesas que fascinaban a Borges. Son como Homero o el Mahabarata. Son como nuestros Martín Fierro y El Payador Perseguido. Son como el Guernica, El Jardín de las Delicias o las conmocionantes escenas de la Cueva de Altamira. Grandes paneles en los que se desenvuelve el drama humano con su increíble diversidad emocional, sus éxtasis y sus traiciones, sus heroísmos y sus bajezas. Pantallazos del mundo real vistos por un ojo clínico que siempre elige la crudeza y la sinceridad, y encuentra las palabras precisas para pintarlo.

Todos los analistas del arte festejan cuando la pintura sale del caballete y la ópera de los salones elitistas, todos sueñan con volver a unir el arte con la vida, sacar la poesía de los asfixiantes cenáculos y devolverla a la calle. Dylan lo hizo hace cincuenta años y vuelve a hacerlo ahora, describiendo su visión de un mundo corrompido y frustrante y cronicando su propia decadencia física mientras va, “camino abajo, hacia la oscuridad”.

Y, para que se relajen los enemigos de la canción como arte: Dylan ya casi no canta, recita sus largos poemas mascullando una melodía irreconocible acompañado por músicos delicados que hubieran sido la envidia de los poetas griegos con sus desafinados laúdes.

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