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Domingo, 10 de enero de 2010

Conan, el bárbaro

 Por Alicia Plante

Indagar en Sherlock Holmes como personaje siempre remitirá, directa o tangencialmente, a su creador, sir Arthur Conan Doyle, un hecho que seguramente se reitera cada vez que uno se asoma a la realidad/ficción de un perfil literario. El motivo está en una verdad hoy incuestionada: que ningún escritor puede no poner de sí en los personajes y situaciones que inventa, algo sin embargo compatible con el concepto de talento, entidad de tan difícil definición y medida. El material elaborado por el escritor nunca proviene de modo exclusivo de su imaginación, secretamente abastecida por la experiencia, pero dentro de ella parecen producirse fenómenos regidos por algo como las leyes de la química, que cruzan y combinan misteriosamente esos productos a fin de fabricar ideas nuevas. Todos los colores posibles están en la naturaleza, sin embargo, el pintor elige sólo ciertos matices. Detrás de esa elección está el “talento”, extraña mezcla de esa imaginación enriquecida por la experiencia con inteligencia, sensibilidad, criterio estético... y quién sabe cuántas cosas más.

En el caso del escritor, muchas veces los perfiles emanados de este proceso –comúnmente llamado “inspiración”– no producen parentescos evidentes entre él y sus personajes. Otras sí. La información de que se dispone acerca de la vida de Conan Doyle demuestra que compartía muchas cosas con su detective.

Sherlock Holmes consumía cocaína en dilución al siete por ciento (“... alternaba entre los adormilamientos de la droga y la impetuosa energía de su propia y ardiente naturaleza”). Alrededor de los veinte años Conan Doyle debió ser internado en una clínica donde se lo sometió a un tratamiento contra el alcoholismo. (El doctor Watson logró alejar a Holmes de su adicción, que inicialmente –se trataba de una droga nueva– era considerada inofensiva.)

Sherlock Holmes era un consumado boxeador. También lo era sir Arthur. A ambos los apasionaba la apicultura y ambos eran más bien retraídos y poco amigos de la vida social. El poder otorgado por la percepción y la interpretación de ínfimos pero evidentes detalles, así como la deducción de hechos importantes a partir de dichas interpretaciones, fascinaron al escritor al observar cómo los aplicaba su maestro en la Facultad de Medicina de la Universidad de Edimburgo, el profesor Joseph Bell, que en gran parte basaba sus diagnósticos en la observación de nimiedades, como los callos de las manos para inferir una historia laboral, los tatuajes de un marinero para averiguar a dónde había viajado o la manera de moverse o hablar de sus pacientes para deducir su nivel educativo y social. Es esta capacidad, que el propio Conan Doyle aplicó meticulosamente incluso a la solución –él también– de enigmas policiales, lo que Sherlock Holmes denomina su arte. Fueron dos los casos en los cuales el escritor logró que fueran absueltos inocentes que habían sido condenados por crímenes no cometidos: George Edalji, cuya inocencia intuyó de inmediato en base a observaciones al mejor estilo Sherlock Holmes, y Oscar Slater, que por medio de una carta oculta solicitó su ayuda desde la prisión. Ambos casos, de gran resonancia mediática, contribuyeron a la formación en Gran Bretaña de una cámara de apelaciones.

“Soy de los que creen que la estupidez de un monarca y la torpeza de un ministro en época ya muy lejana no han de impedir que nuestros hijos lleguen un día a ser ciudadanos de un mismo país, extendido por toda la superficie de la Tierra, bajo una bandera cuartelada en los colores de la Union Jack (GB) y de las Franjas y Estrellas (USA).” Esta notable afirmación de sir Arthur Conan Doyle en “La diadema de berilos”, uno de los relatos de Las aventuras de Sherlock Holmes, que obviamente atribuye a su detective, quizá no sea extraordinaria si consideramos que el libro se publicó en 1890, mientras Victoria reinaba y reinaría por varios años más. No obstante, confirma hasta qué punto estaban ligados el escritor y el personaje a través del que expresaba su ideología y su imagen del futuro.

El público británico pareció percibir hasta qué punto Sherlock Holmes era algo más que un personaje de ficción, es decir, que lo representaba más de lo que el propio escritor habría admitido. Conan Doyle nunca había estado orgulloso de su personaje ni de su popularidad y consideraba que escribir aquellas historias para The Strand Magazine lo distraía de tareas más importantes. De hecho, en 1893 publicó La aventura del problema final, donde Sherlock Holmes muere a manos de su archienemigo y contraparte, el demoníaco Profesor Moriarty. Ante esto, miles de lectores se pasearon por la calle con crespones negros en la ropa y The Strand perdió de la noche a la mañana 20 mil suscriptores. En 1901 Conan Doyle hizo reaparecer a Sherlock Holmes aunque sin estar vivo, y las suscripciones de la revista aumentaron en número de 30 mil. Ante semejante respuesta del público, Conan Doyle hace que Sherlock Holmes reaparezca vivito y coleando en La aventura de la casa vacía, donde Watson cae desmayado cuando de pronto lo ve de pie ante él. El cuento explica que la caída del detective en las aguas de las cataratas alemanas fue un truco destinado a la banda del profesor Moriarty... y los lectores británicos suspiraron con una sonrisa de alivio.

Un dato que parece confirmar que Sherlock Holmes estaba –y quizá sigue estando– casi vivo, es decir, que es algo más que un personaje de ficción cuando se vuelve necesario para sus lectores, es que Conan Doyle tuvo que dedicar una habitación de su casa para la conservación y clasificación de correspondencia dirigida al detective. Este curioso fenómeno de consagración popular se sostiene hoy día, ya que las cartas siguen llegando casi cien años después de la desaparición del escritor. Alguien desesperado debe haber gritado demasiado fuerte: “¡Sherlock, no te mueras nunca!”.

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