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Domingo, 3 de octubre de 2010

Las vasijas destrozadas

 Por Albertina Carri

¿Acumular imágenes es resistir?

Así comienza Restos, formulándose una pregunta. Y una película que empieza con una pregunta tan precisa podríamos pensar que no va a arriesgar respuestas. Sin embargo, sobre el final, Restos aventura –y yo también– una respuesta posible.

Pensar 200 años de historia en 8 minutos es al menos un gran desafío, por no decir que es un imposible absoluto, y como todo imposible, un disparador de recovecos. En esa búsqueda de rincones poco transitados me encontré pensando en la materialidad de la historia, en los restos materiales como biografía de una época y en la memoria material que significa una película. La historia está escrita, basada, memorizada y relatada a partir de restos materiales; los documentos en que se inspira la épica del relato histórico.

¿Y qué pasa cuando las vasijas fueron destrozadas, los hombres y mujeres aniquilados, los cuerpos de los muertos echados en fosas comunes para que no sean reconocidos y las películas destruidas como los documentos de algo indeseable? Queda la memoria de los sobrevivientes, o alguna nota al pie de una servilleta de café, o el relato de alguien que escuchó al pasar que uno le dijo a otro que alguien filmaba una de héroes mientras intentaba ser protagonista y héroe de su propio tiempo.

La Historia está escrita de retazos, de documentos y de conjeturas, objetivas y subjetivas, y una película no es más que eso y tanto como eso, una conjetura y un documento a la vez.

Durante la última dictadura, parte del plan del terrorismo de Estado fue la destrucción y/o desaparición de películas militantes (como de toda producción cultural alternativa a sus supuestos valores capitalistas y cristianos). Cortometrajes, largometrajes y mediometrajes fueron condenados al destierro de este mundo. Restos es un recorrido por la ausencia de un cine que además de desafiar la versión oficial en sus temas y en sus tramas, también desafió las formas del lenguaje y de la producción cinematográfica. Un cine que se realizó de manera clandestina –-con todo el costo que eso conlleva– durante las décadas del ‘60 y ‘70 y se exhibió de la misma forma a través de organizaciones políticas y sindicales.

Algunas de las películas filmadas en esas condiciones, y que mostraron lo que no podía mostrarse ni decirse, fueron salvadas, archivadas con nombres falsos, enviadas al exterior o guardadas en pedacitos a lo Jack el Destripador. Y si bien de ese conjunto de “algunas” se pueden delinear los supuestos de lo que fue el cine de la resistencia/clandestino/contrainformante/político/militante, el agujero material y de sentido que dejaron las películas desaparecidas es también parte de nuestra identidad como joven nación.

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