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Domingo, 16 de septiembre de 2012

El glorioso sonido de la tempestad

 Por Claudio Kleiman

Escucho su voz, y es como un reencuentro. Pero no voy a apelar al lugar común del reencuentro con un viejo amigo, aunque también hay algo de eso. En realidad, es mucho más. Es como reconocer que hay una luz que sigue brillando, y que esa luz (o esa voz) que me ha acompañado a lo largo de casi toda mi vida, sigue alumbrando el camino, ofreciendo confort, inspiración, esperanza, reflexión, poesía y rock’n’roll.

Para mí, si Dylan saca un nuevo disco, es como un reaseguro de que todo no puede estar tan mal. Aunque sea un disco oscuro, convulsionado, apocalíptico y premonitorio ya desde el título –de innevitables connotaciones shakespeareanas–, donde los cadáveres se apilan como leños en un aserradero, donde las pasiones conducen a finales siempre terribles, y donde los hombres son pasibles de las mayores bajezas y crueldades, aunque también de algún solitario gesto heroico y redentor.

En tiempos de Internet y medios masivos, donde los hechos se transmiten en vivo y en directo para millones en el mundo entero, Dylan sigue asumiendo para sí la misión del trovador, del juglar que va comunicando las noticias a través de sus canciones. Pero no son noticias literales (suponiendo que esa literalidad existiera) sino instancias poéticas, atemporales a la vez que contemporáneas, con personajes y situaciones que mezclan lo arcano y lo moderno, creando su propio universo simbólico. Es una construcción poético-musical que arroja más luz sobre el actual estado del mundo que el vacuo desfile de información editada de manera siempre artera para producir un efecto en el (tele)espectador.

Como lo hiciera, por ejemplo, en “Desolation Row”, magnum opus de una de sus obras maestras, Highway 61 Revisited (1965), en Tempest –su disco número 35, contando sólo los álbumes de estudio–, Dylan crea fábulas utilizando un imaginario donde entra desde Lewis Carroll hasta John Ford, pasando por los relatos bíblicos e incluyendo algunos contemporáneos (Leonardo DiCaprio es mencionado dos veces en “Tempest”, por si algo le faltaba para convertirse en un mito), conjurando escenarios tan vívidos como el de una gran novela o una película épica.

Y “épica” es una palabra clave en esta nueva obra de Dylan. Porque aunque las canciones ruedan con toda la engañosa simplicidad de la mejor música norteamericana de raíz –el folk, la canción popular pre-rock de las décadas del ’40 y el ’50, el rock’n’roll, el hillbilly, el tex-mex, y sobre todo mucho, mucho blues, como lo viene haciendo desde Love And Theft en adelante, con su estupenda banda de gira aumentada por el acordeón y violín de David Hidalgo, de Los Lobos–, las letras adquieren en la mayoría de los casos dimensiones épicas, con hombres que encaran empresas que trascienden su circunstancia cotidiana para generar una mitología de múltiples significados.

En “Narrow Way” y “Early Roman Kings”, se vale de dos estructuras clásicas del universo del blues, especialmente de Muddy Waters (la primera remite a “Rollin and Tumblin...”, deslizándose sobre una punzante guitarra slide, y la segunda a “Mannish Boy”, transformada por el acordeón en una canción de cantina), para convertirse una vez más en el admonitorio guardián que advierte “es una larga ruta, un largo y estrecho camino, si no puedo ascender hasta vos, alguna vez vas a tener que bajar hasta mí”. En la segunda, su furia vengadora recuerda la de “Masters of War”, y los “reyes” podrían ser los banqueros que han llevado a la ruina a naciones enteras, los “lujuriosos y traicioneros”, los “traficantes y chismosos que matan y venden”, a los que el cantante podría “privarte de la vida, dejarte sin respiración, arrastrarte hasta la casa de la muerte”.

“Pay In Blood” redobla las invectivas, y nos trae al Dylan más vitriólico, el de “Idiot Wind” y “Like A Rolling Stone”: “Vos, bastardo, ¿se supone que tengo que respetarte? Te di justicia, engordé tu billetera, mostrame tus virtudes morales primero”, escupe, para concluir una y otra vez con el latiguillo, “te pago con sangre, pero no la mía”.

Entre tanta ira, aparece el delicioso aire nostálgico de “Duquesne Whistle”, donde el silbido de un tren nos transporta en el espacio y en el tiempo, y el evocativo romanticismo de “Soon After Midnight” una de las más hermosas canciones de amor que Dylan haya compuesto: “Es ahora o nunca, más que siempre/ cuando te encontré, no pensé que llegarías/ apenas ha pasado la medianoche/ y no quiero a nadie más que vos”.

Dylan está a sus anchas como narrador, pero guarda su mochila más pesada para el final, con tres últimos temas devastadores: “Tin Angel”, de 9 minutos, retoma el legado de las antiguas baladas folk, con múltiples estrofas sucediéndose una tras otra para relatar una historia terrorífica. En apretado resumen, la mujer abandona a su marido y se va con otro, él sale a perseguirla con sus hombres, éstos lo abandonan y se queda solo, finalmente los encuentra en una cabaña, mata al traidor de un disparo, la mujer lo apuñala a él y luego se suicida, para culminar con una escena estremecedora: “Los tres amantes juntos, apilados en una tumba, a dormir para siempre. Antorchas funerarias ardieron a través de pueblos y ciudades, toda la noche y todo el día”.

Si piensan que esto es heavy, esperen a escuchar “Tempest”, que dura 14 minutos y relata la tragedia del Titanic, basándose en numerosas fuentes y relatos, que incluyen desde el tema “The Titanic” de la Carter Family hasta la película de James Cameron, en una historia que también puede interpretarse como la del derrumbe de una sociedad. Su estructura musical remite a los sea shantys y las canciones tradicionales irlandesas que aprendió en los ’60 de los Clancy Brothers, con el violín de Hidalgo aportando un sentido toque de lirismo.

Pero aún falta el nocaut definitivo, “Roll On John”, la despedida de Dylan a quien fue su amigo y quizás el más brillante de sus contemporáneos, John Lennon. La balada tiene cierto aire gospel, y la letra cita varias canciones de los Beatles, entre ellas “Come Together”, “Slow Down”, “A Day In The Life” y “The Ballad of John and Yoko” (para los obsesivos, conviene aclarar que ya sé que “Slow Down” es de Larry Williams). Dylan exprime la fonética de cada uno de los versos, pronunciando las palabras con inflexiones que van desde la dulzura hasta el graznido. Hacia el final, parafrasea nada menos que a Wiliam Blake, con una frase que remite a “The Tyger”, uno de los poemas más emblemáticos de su libro Canciones de Experiencia. Blake, Lennon y el propio Dylan, unidos por su poesía en una canción conmovedora.

“No estoy muerto aún, mi campana todavía suena”, dice en un momento de “Early Roman Kings”, quien es considerado por muchos como el máximo poeta viviente. En medio de la tempestad, esa campana nos sigue guiando. No puede estar todo tan mal, entonces.

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