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Domingo, 16 de septiembre de 2012

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Félix González-Torres

nació en Guaimaro, Cuba, en 1957, y allí transcurrió su infancia. Antes de establecerse en Nueva York, en donde asistió a diferentes escuelas de arte, como el Pratt Institute y el International Center of Photography, viajó a Puerto Rico. Su vida transcurrió al lado de su compañero sentimental Ross, quien solía regalarle gatos. Formó parte del colectivo Material, el cual apoyaba la educación comunitaria y cultural. Sus obras a menudo invitan al espectador a tomar parte (literalmente) y a llevársela con ellos, haciendo que la obra tienda a desaparecer. “Necesito al espectador, necesito la interacción del público. Sin un público, estas obras no son nada, nada”, diría González-Torres. Concebía su trabajo como una forma de preparación frente a las situaciones que lo atemorizaban, como la enfermedad y la muerte. Dejar que la obra desaparezca era una manera de ensayar la pérdida. “Esta negativa de hacer una forma estática, una escultura monolítica, a favor de una forma cambiante, inestable, frágil, que se desvanece, era un intento de mi parte para ensayar mis miedos de ver desaparecer a Ross día a día frente a mis ojos”, declararía en una entrevista. Las relaciones amorosas están presentes en la mayoría de sus obras, de carácter minimalista, para las cuales prefería materiales, física o mecánicamente, simples y frágiles, como dulces, galletitas, extensiones de lamparitas, relojes y papel. Untitled (Placebo) está compuesta por casi 40.000 caramelos envueltos en plástico plateado, puestos sobre el piso como una alfombra. Los visitantes son invitados a tomar los dulces y así contribuir a la desaparición lenta de la obra. Placebo podría ser una metáfora del autor de la forma de vivir la enfermedad, en la que si bien son posibles los tratamientos, éstos funcionan a la manera de placebos, de una promesa de cura sostenida por el poder de la fe, mientras la vida del enfermo se va consumiendo, de la misma forma que los espectadores consumen la obra. “Quise hacer una obra de arte que pudiera desaparecer, que nunca existiera, y eso fue una metáfora de cuando Ross estaba muriendo. Así era una metáfora que yo abandonaría antes de que el trabajo me abandone. Voy a destruirlo antes de que me destruya”, diría sobre la obra. Félix González-Torres murió a causa de complicaciones con el sida en 1996.

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