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Domingo, 19 de enero de 2014

LADINO Y MÍSTICO

 Por María Rosa Lojo

La inmensa obra de Juan Gelman se parece a una de esas ciudades cósmicas por donde lo llevó su proscripción. Como Roma, palimpsesto de la Historia, contiene el mundo humano en sus múltiples dimensiones. No todas son frecuentemente visitadas. Y algunas deslumbran por su arcaica rareza, como si descendiéramos a los estratos primigenios de la lengua y de la memoria.

Dibaxu (“Debajo”), compuesto entre 1983 y 1985, alude especialmente a esa condición sub-liminal, agazapada por debajo del umbral de la conciencia, huella latente y viva de la identidad en fuga, tesoro arrancado al despojo y puesto en valor en el destierro.

Gelman lo escribe en ladino, la lengua de los judíos sefaradíes que sufrieron la expulsión decretada por los reyes católicos, marcándola con su propia experiencia de extrañamiento. “Como si la soledad extrema del exilio me empujara a buscar raíces en la lengua, las más profundas y exiliadas de la lengua”, dice.

Dibaxu es un largo poema de exilio y de amor. Exilio del amor, amor en el exilio. Sus tópicos imaginarios son tan antiguos como actuales: el pájaro, el sol y la luna, el beso que aparece y desaparece, junto con la amada, relampagueando entre la realidad y el deseo.

La delicadeza sensual y melancólica de la “cantiga de amigo” galaico-portuguesa revive y se acentúa en el ladino desde el predominio de la “u” y de la “i”, las vocales más débiles y dulces. El Cantar de cantares se deja ver también, con la saya y el árbol y el manzano. Remite al Gelman que recorre el camino de los místicos cristianos, explorado en Comentarios (1978-79) y Citas (1979), y al poeta que en Com/posiciones (1984-1985), avanzará sobre la mística judeoespañola.

San Juan de la Cruz y sobre todo Santa Teresa son glosados y reinventados en los dos primeros libros, donde el castellano del siglo XVI resucita “gelmaneando”, es decir, revolucionando la lengua, mezclada con nuestro actual dialecto rioplatense.

En estos poemas el amor humano se vuelve divino. No porque el poeta necesite un dios para justificarlo sino porque la experiencia amorosa en ella misma se concibe como el punto de plenitud donde lo amado satura el ser finito, y lo lleva a trascenderse y a salir de sus límites en la donación de sí.

“Santa Teresa y San Juan de la Cruz –señaló Gelman al recibir el Premio Cervantes– tuvieron para mí un significado muy particular en el exilio al que me condenó la dictadura militar argentina. Su lectura desde otro lugar me reunió con lo que yo mismo sentía, es decir, la presencia ausente de lo amado, Dios para ellos, el país del que fui expulsado para mí.”

Sea la ausencia de Dios o de la patria, de la madre o la mujer perdida, o los amigos e hijos desaparecidos. No importa. Su poesía total, “va de vuelo”, entrevera los sentidos y los sentires sagrados y profanos, en la esperanza del amor que cura: “Porque sin vos/ ¿qué soy si no desastres?/ ¿A dónde/ voy a parar desviado de vos?/ Misericordia mía/ bien mío/ sol que soleás/ secás el desamor” (Cita I, Santa Teresa).

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