CULTURA / ESPECTáCULOS › CHE, EL ARGENTINO, LOGRA UN ACERCAMIENTO HUMANO

Entre la épica y los matices del mito

 Por Leandro Arteaga

Che, el argentino (The Argentine). Francia/España/EE.UU., 2008

Dirección: Steven Soderbergh.

Guión: Peter Buchman.

Fotografía: Peter Andrews.

Montaje: Pablo Zumárraga.

Música: Alberto Iglesias.

Intérpretes: Benicio del Toro, Julia Ormond, Demián Bichir, Catalina Sandino Moreno, Santiago Cabrera,

Duración: 126 minutos.

Salas: Monumental, Del Siglo, Showcase, Village.

7 (siete) puntos

Si bien las imágenes previas, a través de trailers y fotografías, permitían entrever una semejanza fisonómica entre el actor -Benicio del Toro- y su personaje -Ernesto Guevara-, la incógnita seguía siendo ¿cómo adecuar la menudencia del guerrillero en la gigantez estatuaria de del Toro?

De una manera casi imperceptible, también notable, el actor lo logra. Y nos sumerge en un personaje sensible y sencillo, complejo y enorme. Porque la contextura de grandote del actor -galardonado en el último Festival de Cannes- habilita el costado sígnico del personaje: mito que se recrea una y otra vez, sea por medio de películas o de libros. Vale decir, el Che se ha vuelto tan inmenso como la figura física que aquí lo reviste.

Y a la vez, así como correspondiendo esta faceta con capítulos históricos de similar desborde -el discurso en New York, los consecuentes embates periodísticos y políticos- también asistimos a momentos pequeños y mejores, tales como la alfabetización de los guerrilleros o, simplemente, la última palabra que elige el guión -y que dejaremos en suspenso- para finalizar el film, primera parte del díptico realizado por Steven Soderbergh (Sexo, mentiras y video, Kafka).

Asistimos a la recreación de un Che no necesariamente idealizado o, por lo menos, ajeno a una concepción fanática u opositora. El Che de la dupla Soderbergh/del Toro se sitúa entremedio, de una forma más compleja, atenta a los gestos de desafío y enmienda social, pero también a otros de digestión más difícil: pena de muerte irrevocable para quien traicione el ideal, o el adjetivo de "maricón" para quien abandone la partida revolucionaria.

Desde estos elementos se ficciona, se recrea, a Guevara. Más el habitual desglose temporal de los films de Soderbergh: saltos en el tiempo que encuentran, de acuerdo con la mirada que queramos adoptar, ejes diferentes. Hacia atrás y hacia delante, con distintas texturas fotográficas, Soderbergh construye y deconstruye su personaje, que se impregna de un contexto que lo involucra de modo sustancial, que modifica gradualmente sus acentos argentino/cubanos, que labra una relación cíclica -podríamos decir, de acuerdo con la propuesta narrativa- entre el Che y Fidel Castro, hasta ese ingreso triunfal a La Havana, que el realizador decide certeramente evitar para dejar fuera de campo, mientras presagia de esta manera el acontecer inmediato y la independencia del Che para su partida hacia otros rumbos, de cara también al segundo capítulo fílmico con su acontecer definitivo en suelo boliviano.

En suma, asistimos a un buen film, narrado estupendamente, e interpretado de igual modo. Hay épica pero también mesura. Más lo que significa, de suyo propio, el nombre y figura de un personaje histórico que se nos revela como cercano pero, al mismo tiempo, también inasible.

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Benicio del Toro se construye a la medida del revolucionario.
 
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