CULTURA / ESPECTáCULOS › ESCENAS DE LA TRILOGíA

Gritos y susurros

Aquella imagen de Jesús besándose en la boca con Superman fue demasiado para el público local, que tal vez sí acepte esta Tríada de Mauro Guzmán. El travestismo es a la transexualidad lo que el teatro a la realidad: un juego reversible. Los trajes y los nombres de fantasía van y vienen de la piel al guardarropas, no hacen mella en la identidad; pero, paradójicamente, hay más de lo real en el juego que en lo institucional. Porque lo real no es la realidad, ni viceversa, y lo conmovedor de estas obras es cómo ponen de manifiesto esa diferencia. Como artista, Guzmán trabaja en una zona que sobrevuela realismos y determinismos para dar a ver el carácter artificial de estos "ismos". A vuelo de pájaro es que puede contemplar la realidad y el realismo como artificios culturales ideológicamente construidos. Su obra roza lo real mediante el artificio artístico, implementado como el sacrificio de sí mediante el cual la imaginación se redime de esa ficción llamada realidad. Sus parodias se ahondan porque poseen un trasfondo de teatro antropológico. Hay en la producción de sus videos un lado lúdico, de juego casi infantil, que construye escenas antinaturalistas en su deliberada precariedad. Valiéndose de estos recursos intencionalmente pobres, el director Guzmán dispara a sus actores hacia un juego dionisíaco que constituye un ritual colectivo en torno a lo innombrable, simbolizado por el monstruo.

En muchas escenas de la Trilogía animal, "todos gritan como locos" y el monstruo no está. Al escamotearle el objeto terrorífico, el miedo se transforma en angustia. La angustia se enciende y apaga entre pasos de comedia que la hacen tolerable.

¿Qué es lo que angustia? Como "artista maldita", Linda Bler encarna el terror al estigma. En la ficción, esta heroína acumula sobre sí categorías subalternas: lo femenino, la naturaleza, el travesti, el monstruo. Pero también es una diva, una estrella de cine. Una estrella que "grita y se desmaya: lo único que Hollywood le permitía hacer en la pantalla a una mujer", comenta su creador. Se le apunta que además vomita como una bulímica de hoy, aunque sólo vomite pintura verde.

Como joven artista rosarino, Guzmán tenía que hacer algo con su situación de creador periférico, con su destino de autor tardío y residual condenado al pastiche, con su rol de artista gay en una sociedad machista y filistea como Rosario. No vale la espiritualidad trascendente al modo de los primeros modernos, quienes la apodaron "la ciudad fenicia". Esa línea de fuga por vía de la santificación secular paradójicamente demoníaca del "artista maldito" está perimida. Hoy, hay que reírse de eso. La apuesta, en principio, era simple: asumir todos los hándicaps. La tríada de tres trilogías terminó siendo pura novela iniciática. Y en el camino surgieron instancias nuevas que marcarán el rumbo de la madurez.

Partiendo desde el terror impotente de la poseída que aúlla perseguida por una cruz de pinceles, Linda Bler termina luchando contra Tiburón, encarnación trash del bíblico Leviatán, o la Tiamat del mito babilónico. Como en otra trilogía que no parodió, la de El Padrino, la víctima deviene líder; el marginal salta al centro. Mientras se despedía de esta cronista el domingo, Mauro Guzmán paseaba su mirada por la casona de la calle Laprida donde vive. Esa casona constituye los estudios de Studio Brócoli, fue el espacio alternativo Roberto Vanguardia y albergó el rodaje de las nueve películas. El artista más joven que Cristo la miraba ya con una mezcla de nostalgia y de serenidad ante un futuro desconocido, como si en esos nueve filmes de juguete se hubiera gestado a sí mismo.

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