CULTURA / ESPECTáCULOS › EL CERRAJERO, DE NATALIA SMIRNOFF, EN CINE EL CAIRO

Una esperada película que va hacia adentro

 Por Leandro Arteaga

El cerrajero: 7 puntos

(Idem. Argentina, 2014)

Dirección y guión: Natalia Smirnoff.

Fotografía: Guillermo Nieto.

Música: Alejandro Franov.

Montaje: Delfina Castagnino.

Reparto: Esteban Lamothe, Erica Rivas, Yosiria Huaripata, María Onetto, Arturo Goetz.

Duración: 77 minutos.

Sala: El Cairo.

Daban ganas de ver la película siguiente de Natalia Smirnoff. Es que luego de Rompecabezas (2009), la dupla de afecto y piezas en juego que componían María Onetto y Arturo Goetz hicieron que aquel film permaneciera como un recuerdo encantado. Algo de esto está también en El cerrajero, ya desde el eco supuesto por estos mismos intérpretes, ahora desde roles secundarios, en una trama que tiene eje en ese rostro de cine actual, preciso, que significa Esteban Lamothe.

Es en él donde giran los goznes de estas otras piezas de encastre. Es que ya no se trata de rompecabezas sino, antes bien, de cerraduras. Cada una, un pequeño peldaño dentro de esa historia con rumbo impreciso que parece ser la vida de Sebastián (Lamothe). Puertas que abrir, puertas que cerrar. Todas ajenas, y él supeditado a ellas. Hay otras, claro, que le son propias, sobre las que no tiene demasiado que decir, no puede, o no quiere.

Porque Sebastián descubre, y junto con él el espectador, que mientras repara estos artefactos no puede contener una verborragia de verdades. Una de dos, quien lo escucha queda azorado, le contempla y consulta, o más vale no haber abierto la boca. Es un don, dice Daisy (Yosiria Huaripata); es una maldición, replica él. Entre los dos se teje, en tanto, un vínculo. Que es llave hacia un lado, también hacia el otro. Ella encuentra en él una mirada donde confiar. Es por él que Daisy abandona su lugar de empleada doméstica en una de estas casas de cerrojos develados. También, más o menos, a su novio vividor. En todo caso, Daisy es también la síntesis de tantos inmigrantes sin destino preciso, con trabajos acotados, de los que se nutre la gran ciudad.

Por su parte, Sebastián no sabe que sabe, pero es Daisy quien se da cuenta de que sí, es ella quien le devuelve su confianza en forma de agradecimiento. Para él son varios los asuntos pendientes; entre otros, el supuesto por el embarazo de quien es y no es su pareja (Erica Rivas). Un ir y venir que no encuentra un rumbo preciso. Puede ser su hijo, podría no serlo.

De lo que se trata, en última instancia, es de encontrar el tono justo para la caja de música que Sebastián hace y deshace con piezas de cerrajería. Porque hay algo que no termina de sonar bien. O en todo caso, dependerá de cuál sea el oído que escuche. Para que Sebastián confíe en su propia sensibilidad habrá todavía un camino que recorrer. Entre estas instancias obligadas, aparece el reencuentro con el padre. Y vale destacarlo, porque se trata de una de las últimas interpretaciones del gran Arturo Goetz, pieza sin justo relevo en la narrativa local.

Como rasgo mayor, El cerrajero cubre de humo verídico a esta Buenos Aires circa 2008, donde quedarse en casa parecía ser eterno. Acá, por eso, el oficio de Sebastián. Pero sobre todo, el de una puesta en escena que Smirnoff trabaja desde planos cerrados, donde el aire sofoca tanto en las escenas interiores como exteriores. Toda la película, casi, como una gran sinécdoque. Cuanto menos se ve a la ciudad, tanto mejor se siente lo que sucede.

Una película hacia adentro, hasta tocar casi ese fondo indistinguible que Lamothe compone. Sólo después de ello habrá lugar para un encuadre más amplio, apenas dos. Que oxigenen, disipen un poco tanta confusión, y renueven las mismas preguntas de siempre.

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