CULTURA / ESPECTACULOS › PLASTICA. CARLOS GATTI: VIGENCIA DEL REALISMO EN EL MUSEO CASTAGNINO

Narrativa y escultórica

Al igual que la de su maestro Juan Grela, la obra de Gatti dialoga al mismo tiempo con la realidad local y con el arte mundial. Curada por Rafael Sendra, la muestra se divide en tres series: paisajes urbanos, rurales y plazas secas.

 Por Beatriz Vignoli

"Las obras que Carlos Gatti reúne bajo el título común de El juego de las miradas --escribe Rafael Sendra--, son aquellas que se mostraron en la sede del Rectorado de la UNR en la calle Maipú de Rosario hacia noviembre del año 2000. Más allá de esta ligadura se comprueba que tienen una estructura sustentable, un mismo discurso estético". En una reseña de 1997, Sendra define la técnica mixta de Gatti como "cuadros﷓objeto". Dupla de peso en la plástica rosarina, artista y crítico se reencuentran en la muestra Carlos Gatti: Vigencia del realismo, que con curaduría de Rafael Sendra puede visitarse en el ala derecha de la planta alta del Museo Castagnino (Boulevard Oroño y Avenida Pellegrini), desde el 14 de agosto hasta el 28 de septiembre, de miércoles a lunes de 14 a 20. La muestra se divide retrospectivamente en tres series: paisajes urbanos, paisajes rurales y plazas secas. La primera arranca en 1999; la segunda es de mediados de los años 90 y la tercera, pintada a comienzos de la post dictadura, arroja claves fundamentales de lectura al conjunto.

Al igual que la de su maestro Juan Grela, la obra de Gatti siempre dialoga al mismo tiempo con la realidad local y con el arte mundial. En sus paisajes urbanos, las paredes rosarinas se imponen como una presencia táctil que irrumpe como un pedazo de realidad en el interior del museo, gracias a la singular capacidad artesanal del artista de recrear escultóricamente, echando mano de técnicas de ebanista y de albañil, los revoques y molduras, los relieves y las texturas de los muros que constituyen un palimpsesto de épocas en una ciudad que no cesa de construirse. Tras esos muros, enmarcados por ventanas que también están hechas de maderas reales, acechan hombres y mujeres desvelados en su intimidad. La ventana es el borde que separa netamente el espacio privado del espacio público. Estas visiones urbanas de una intimidad suspendida sobre la calle remiten al realismo de Edward Hopper, aunque estilizan el espacio al modo geométrico de Grela, sumando además la tercera dimensión del cuadro como objeto gracias a una técnica constructiva muy personal.

Tras ver toda la muestra y volver sobre sus pasos, el espectador se preguntará si esas parejas o personas solitarias que "acechan" tras los postigos, tan de puertas adentro y a la vez tan expuestas, no son acaso las mismas que en sus pinturas de 1986 encontraban espacio para los primeros abrazos de la democracia en las plazas secas, legado de la dictadura. "Una plaza seca es un rincón de la ciudad con plantas, árboles, bancos, monumentos, juegos infantiles... sin césped. Como una suerte de objetos urbanos, las plazas secas atraen mi atención por su atmósfera metafísica, sus monumentos y ocultos amantes. Perspectiva distorsionada, múltiples puntos de fuga, monumentos extraños, silencio, misterio... no puedo negar la influencia de De Chirico", escribe Gatti en su blog, evidentemente fascinado con los espacios urbanísticos tipo piazza del pintor italiano. Pero los originales de Gatti poseen un poder de síntesis único. Estos y los otros paisajes urbanos podrían ser dos películas en vez de dos series de cuadros y entonces habría que haberlas filmado con la misma distancia en el tiempo que hubieran tenido en la realidad, con los mismos actores: jóvenes entonces, poblando tímidamente las plazas; hoy maduros, mirando pasar la vida por la calle desde la ventana de su casa. El miedo, una constante; otra, el amor o la soledad.

En una parte de su blog habla el artista de las "pequeñas cuasi historias que relato en cada cuadro y que, supongo, cada uno lee en la medida y como le interese". Y dice en otra: "Siempre me ha interesado la posibilidad de contar una historia con imágenes, especialmente el dibujar dichas imágenes, componerlas, ensamblarlas en una secuencia... un poco como si estuviera filmando", compara. No es casual este sentido narrativo de la imagen en un pintor que reconoce haber empezado por la historieta.

"Las revistas de historietas tuvieron un gran papel en mi niñez", rememora Gatti, y luego concluye: "En realidad, mi gusto por las historietas fue la puerta por donde entré al mundo del dibujo".

Nacido en Rosario en 1939, con una carrera paralela como doctor en Bioquímica, Carlos Gatti fue uno de los alumnos inquietos que Juan Grela tuvo en su taller de bulevar Rondeau casi esquina Independencia (actual Vila), en el barrio Alberdi, de 1962 a 1966. Publicó viñetas de humor gráfico en la revista rosarina La cebra a lunares y en la segunda mitad de los 60 integró un capítulo esencial de la historia local del arte vanguardista: el Grupo de Arte de Vanguardia, Estructuras primarias, Tucumán Arde.

Sus paisajes rurales de fines del siglo veinte se dejan leer como un retorno innovador a la tradición moderna regional del paisaje que Grela les enseñó a ver y estimar a sus alumnos. En ellos convive la síntesis de planos de color del mítico Grupo Litoral con la paleta protoimpresionista tardía de dos faros marginales: Schiavoni y Musto. Hay un lirismo del paisaje en estos ocres y violetas quebrados que los vuelve intimistas. No es menor la decisión técnica (que luego continúa) de pintar sobre maderas blandas que Gatti además talla con gubia de grabador, como hiriéndolas. Más en www.carlosgatti.com.ar

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Al acecho (2001), acrílico y collage sobre conglomerado de madera de Carlos Gatti
 
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