CULTURA / ESPECTáCULOS › LOS CACHITOS, PRIMERA NOVELA DEL SANTAFESINO MARIANO PAGéS

La leyenda del santo bebedor

Una comedia negra sobre una mezquina
clase media provinciana que determina
los que merecen vivir y los que no.

 Por Beatriz Vignoli

A veces, sucede. No es frecuente el encuentro con una de esas novelas que constituyen un mundo cerrado en sí mismo, con leyes propias que hasta se dan el lujo de ser ambiguas para sumar misterio a la atmósfera; novelas cortas, porque ¿cómo sostener si no la levitación ahí de quien las lee?

Los Cachitos, primera novela del escritor santafesino Mariano Pagés, fue publicada el año pasado en esa ciudad por la colección Narrativa Mamaza, de María Muratore Ediciones. Se presentó el jueves 9 de mayo en el Centro Experimental del Color de la Estación Belgrano, en el marco del Festival de Literatura de Santa Fe. La edición se agotó y se reeditó. La reedición fue presentada el 12 de diciembre en Ochava Roma por el Colectivo Felisa Festival de Literatura de Santa Fe y el programa radial La Trama, junto con una excelente muestra de dibujos de su hermano, Santiago Pagés.

Entre que se agotó y se reeditó, fue un libro mítico del que se hablaba, recomendado por los afortunados que lo habían podido comprar. A veces sucede, con los escritores de esta provincia, que se espera de ellos un estallido de talento, y cuando estalla es todo lo genial que se esperaba.

La muy santafesina y amable tapa despliega en su ingenioso diseño por Amílcar Sarcos una etiqueta cervecera; en ella se los ve como a través del vidrio, como si estuvieran adentro de la botella a que la tapa alude, a dos seres anónimos de bar que podrían ser los dos personajes principales, "Angelitro" y Omar, en una melancólica foto atemporal en blanco y negro por Federico Inchauspe. Libre de tilde, el apellido del autor se vuelto idéntico a la palabra inglesa que significa páginas. Al pie de la rotunda contratapa por Mercedes Bisordi se lee una advertencia.

"...que me vengan a buscar, yo los espero y que me saquen con la montada o con la gendarmería o prefectura, o con una caterva de oficiales de justicia, me da igual, resisto a los gomerazos, me atrinchero en el taller, allá arriba las balas y las cédulas judiciales van a rebotar contra la prensa del abuelo; pero de acá yo no me voy, me quedo, me sacan con los pies para adelante, muerto, muerto me tienen que sacar de acá, resistiendo como el soldadito de plomo, en llamas derritiéndome, en plomo hirviendo, las plomadas que van a salir si encuentro los moldes, o como en Malvinas, aguantando, como esos pobres soldaditos que no tenían ni idea de cómo empuñar un FAL, así me quedo, en la línea de fuego, entre los enfermeros y los doctores, los oficiales de justicia y Cachito, tirando, tirándome a mí y yo soy David y ellos Goliat, el niño contra el gigante, y el niño derriba al gigante de un hondazo, así los voy a sacar cagando a los que me quieran expulsar...", escribe Mariano Pagés. No lo escribió ayer; el texto tiene varios años. Dos le llevó al autor decidirse a publicarlo. Leído en el contexto político del presente, posee una ominosa actualidad (subrayada por el azar del número de página: 55).

La novela se abre con una cita de Luis Guzmán que avisa: "Es el mellizo el que habla por su boca para contar su muerte con sus propias palabras". Sigue una escena de antropofagia fraterna. Así empieza, con Cachito comiéndose las cenizas de Angel. Luego pasa a contar cómo el mellizo muerto fue tomado por su propio nombre, enloquecido de tanto tomar.

Los Cachitos, como comedia negra, habla de una mezquina clase media provinciana que establece diferencias entre los que merecen vivir y los que no. A Cachito, abogado chanta pero cumplidor del ideal pequeñoburgués del profesional, le toca vivir. A su hermano Angel, electricista, le cabe el lugar del desecho: beber, hasta reventar, en la casa paterna de la cual se siente un mero usurpador. Nietos de un albañil, hijos de un médico que amasó una fortuna y la dilapidó apostando a las carreras de caballos, los Cachitos encarnan, complejizan y subvierten un mito bíblico (Caín y Abel, Esaú y Jacob, el hermano malo y el hermano bueno, el hijo repudiado y el hijo predilecto) a la vez que retratan su estrato social.

Cuando Angel cae de su falsa altura burguesa, ya no hay dinero que venga a poner real coto al goce mortífero ni idea alguna de un orden jurídico o político capaz de justificar la existencia y humanizarla, algo con lo que sí contaría un trabajador. Por eso Angel se lumpeniza, no se proletariza. Su acto final no hace sino ponerle el cuerpo a esa deyección que ya es. Tanto su caída material como la caída moral de su hermano son tan a plomo que desfondan la condición humana, los destituyen hasta de su identidad.

Pero Los Cachitos no es una novela realista. Sería lo suyo el realismo fantástico si afirmara con certeza que en efecto Angel devino en ángel, que le salieron alas. Pero como el punto de vista es el de Angel, quien se hunde inexorablemente en la locura, las alas podrían ser un delirio. Si hubiera que clasificarla, habría que definir su estilo como realismo fantasmático: no fantástico ni social, sino teniendo lugar en la psiquis. Las realidades atroces que describe son las de la escena inconsciente, atravesada a su vez por la letal ley de hierro de una ideología de clase. Es como si las teorías psicoanalíticas de Melanie Klein o Karl Abraham se hicieran novela: una donde el objeto es literalmente devorado, etcétera.

Calificada de "epifanía etílica" en el flyer de su segunda presentación, situada en una reseña dentro de cierta "tradición etílica" literaria (con Malcolm Lowry y otros), la novela, si bien representa fielmente esa pura pérdida en abismo que es la vida de un alcohólico, no se limita a esto. Más cerca del absurdo o del grotesco de Samuel Beckett o de Luis Gusmán, lejos de toda épica del malditismo, Los Cachitos desarrolla en viñetas extremas un relato insoportable de degradación y de miseria moral. Lo que da sentido a ese carnaval oscuro (lo que hace recomendable su lectura) es la potencia con la que su lenguaje remonta la radical desintegración del universo allí representado, el universo de Angelitro y su compadre Omar.

Si hay un acontecimiento en Los Cachitos, es lo que hace este texto con el lenguaje. El habla oral, la de la calle, forja una música sin pausa. Es la prosa la que levanta vuelo a expensas de ese Icaro grotesco, Angel, quien alcanza su momento de verdad cuando profiere el dolor de su ser.

Mariano Pagés nació en Santa Fe en 1969. Es licenciado en Letras por la Universidad Nacional del Litoral y docente en educación superior. Trabaja en la biblioteca universitaria y es lector editorial de Ediciones UNL.

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Pagés narra con la potencia del habla de la calle, forjando una música sin pausa.
 
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