CULTURA / ESPECTáCULOS › PLASTICA. PRóXIMOS LEJANOS, DE ALEJANDRO SOMASCHINI

La retórica del oxímoron

Gabelich Contemporáneo aloja a la muestra del artista bonaerense, cuyos objetos permiten reflexionar sobre el derroche, a partir de la utilización de piezas
descartables, de uso cotidiano, que se combinan con materiales suntuosos.

 Por Beatriz Vignoli

Próximos lejanos, la exposición de objetos en cerámica que Alejandro Somaschini (Buenos Aires, 1977) presenta hasta el 29 de octubre en Gabelich Contemporáneo (Pueyrredón 611) no es una muestra que pueda simplemente contarse. Al igual que en otras obras del autor, hay investigación detrás, la materia y el procedimiento tienen valor semántico y podrían resumirse en una frase. Se trata de versiones bidimensionales policromas de motivos de estampas japonesas de los siglos XVII y XVIII, esmaltadas sobre calcos tridimensionales de envases plásticos descartables.

La muestra ocupa tres salas e incluye un velo rojo de gasa traslúcida flotante que se abre a la zona sexy del asunto: una relectura de la escena erótica oriental desde la pornografía occidental del detalle. Pero si esto fuera todo, no tendría sentido. Tanto las piezas como el montaje proporcionan una experiencia estética compleja que se va dando en algo así como capas.

Primero, despiertan cierta extrañeza. ¿Es arte decorativo? ¿Por qué las piezas rotas se conservan separadas, con los bordes de las grietas bañados en oro, lo que las hace paradójicamente más caras? ¿Son o no funcionales? Mientras el espectador se hace esas preguntas, desde una de las obras (que en efecto es funcional: es un brasero) brota un aroma a sándalo quemado. De golpe sobreviene el ajá, el reconocimiento de una forma familiar: el envase de detergente, o las bandejas imitación encaje de la panadería... es justamente al reconocer la forma que el extrañamiento se completa. La forma reconocible del envase descartable contrasta con la sensual suntuosidad del material (cerámica esmaltada en pigmentos naturales; esmalte craquelado en infusión de olivo) y con el lujo relativamente modesto de las ukiyo-e, aquellas alegres imágenes que se reproducían en frágil papel mediante la técnica del grabado en madera y que la clase media de Edo (hoy Tokio) lograba comprarse. De lo que nos habla una vez más Alejandro Somaschini, en el lenguaje de la plástica, es del derroche. Derroche actual del plástico, que forma islas flotantes indestructibles; derroche feudal de la energía en ocio, en geishas y teatro kabuki, en "un mundo flotante" (ukiyo) que no es el del trabajo. Más que meramente alegóricas, estas obras de Somaschini se expresan en la retórica del oxímoron, que es la figura de la paradoja. Señalan tesoros desechables, cosas a la vez deleznables y preciadas.

Van Gogh decía buscar "una alegría japonesa" cuando imitaba al óleo las luces nocturnas de una casa de té o las líneas de contorno de las ramas florecidas de cerezo del ukiyo-e. La misma galerista, Gabriela Gabelich, como artista creó obras con imágenes de volcanes y del monte Fuji. Más allá de la referencia obvia, estas sólidas piezas cerámicas aluden a algo que hoy se encuentra muy cerca, en lo más íntimo de nuestra experiencia de la vida, y que decanta lentamente en una pregunta: ¿de qué podríamos realmente desprendernos?

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Una de las piezas cerámicas esmaltadas en pigmentos naturales
 
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