CONTRATAPA

El último

 Por Federico Tinivella

Abrió la heladera sabiendo que no encontraría más que algún frasco vacío de escabeche, un pote de mayonesa por la mitad, un cuarto litro de ginebra y unos fideos de la semana pasada, que dejaba para que hicieran bulto. Sin embargo, pudo sorprenderse al descubrir, detrás de eso, un huevo. Se dispuso entonces a prepararlo revuelto, con un toque de pimienta y sal. Le gustaba el aroma de los huevos friéndose, no así el que dejaban en la ropa, podía sentir las miradas desdeñosas al subir al colectivo luego de semejante festín. Lo perdían las frituras, los cornalitos, las milanesas y los tronquitos de acelga. Hacía unos minutos que había despertado y por suerte acabado con ese sueño en el que nadaba en el mar y una ola lo empujaba hacia un lugar alejado. Una ola que tenía cuerpo lo acunaba en sus brazos de agua y lo depositaba en la orilla de una playa poblada de caracoles pequeños, que al ser acariciados por la espuma, regalaban al náufrago una música cristalina y oriental como de clase de yoga. Desde la selva, que empieza apenas a unos metros del mar, llega el sonido de mujeres en charla, ríen de vez en cuando a carcajadas. Viste en el sueño un pantalón vaquero cortado, collares de semillas y tatuajes mahoríes que le cubren los pectorales afeitados. Se acerca despacio y las observa debajo de árboles milenarios, vestidas con telas de colores que parecen suaves, tienen sonrisas amplias y no prestan atención al recién llegado que saluda sin ser escuchado. Entonces agita unas ramas, les arroja arena, una radio portátil y un pescado podrido, específicamente un Opsodoras Lephorhinus, más conocido como Dora ratón, de la familia de los Dorádidos, englobada dentro del orden de los siluciformes. Todas las especies habitan en los fondos y cuentan con tres pares de barbillones con los que recogen restos de alimentos, además todas son omnívoras, principalmente de costumbres nocturnas. Al igual que Dreuty, que se pone mal por la indiferencia de las amazonas y comienza en el sueño a transpirar, como aquella vez que llegara anteúltimo en la maratón de Sportivo Alberdi y se perdiera la fiesta que le arman al competidor más rezagado. El sabía que si no podía salir primero tenía que salir último, al corredor terminal lo miman más que al primero, cobra un protagonismo inusitado. Es un premio al esfuerzo para aquel que llega con el aliento final, que es una metáfora del tipo que la pelea en la vida hasta el extremo. Planteó entonces la carrera así: si se alejaba en los primeros dos kilómetros del pelotón de inicio iría tirándose abajo hasta alcanzar los lugares de retaguardia. Cuando faltaba un kilómetro se ubicaba tercero de atrás para adelante, lo seguían a ritmo de tortuga engripada dos ancianos. A uno ya lo conocía, era el que siempre llegaba último y recibía todas las flores, besado por las promotoras, filmado por los canales de televisión y tentado por las agencias de publicidad, de viajes y de venta de tubos de gas. A medio kilómetro estaba segundo de atrás para adelante, ya que le había ganado el puesto a un quinielero que corría por una promesa, con una mochila colmada de cartas que le escribiera su primera mujer en la Segunda Guerra y a la que había perdido para siempre a la salida de un boliche, después de probar alucinógenos que le hicieron creer que era una odalisca. El Panza caminaba y el más retrasado también, el último actuaba el esfuerzo, Dreuty sólo mostraba odio y ya casi al faltar doscientos metros estaban prácticamente parados. Los dos se mantenían en el lugar, en la misma línea y así llegaron a los metros finales, como dos prisioneros que han huido y se encuentran perdidos en el desierto. Faltan sólo dos metros, se miran a los ojos, los aplausos son para los dos, lo anuncian por altavoces, muy reñido el último lugar, dice el locutor, que en sus horas libres arma barcos con fósforos. Observen que postal del esfuerzo compartido, un ejemplo, dice el locutor, que antes de dormir anota dos frases como conclusión de la jornada y piensa editarlas en un libro de tapa amarilla. Están a medio metro de la meta, ahora a cincuenta centímetros, a veinte. Vienen pegados, parecen siameses húngaros en un lago congelado y el viejo saca un alfiler, lo aprendió de un técnico, le da al Panza en la nalga izquierda y es un acto reflejo, Dreuty cruza la meta con un doble dolor, físico uno, intangible el otro. El viejo alza la mirada al cielo y cae con los brazos abiertos para los fotógrafos, que se lanzan sobre él como un grupo de fanáticas de Axel Fernando. Es la foto de tapa, la imagen del esfuerzo, el hombre superándose a sí mismo. El Panza mira la escena como si observara el incendio de su casa o como aquella vez que vio a su abuela comprando chupetines al vecinito del piso doce o como esa otra que descubriera a su tío Patricio Rodaballo del Solar sin la barba de Papá Noel y con los pantalones bajos, haciendo pis en la pelopincho. Transpiró en el sueño, como esa vez en la maratón, se incorporó angustiado, respirando agitadamente. La cama está desecha, le recuerda aquellas noches en las que dormía acompañado. Va hacia la heladera y saca un huevo que descubre detrás de un pote de mayonesa a medio llenar, un frasco de escabeche de conejo vacío y un cuarto litro de ginebra. Prende el televisor y lo primero que se pega a sus ojos, como una bolsa de nylon en la ruta, es el viejo de la maratón en una publicidad de desodorante. Lo ve levantar la mirada al cielo y abrir los brazos como un ave, esas que se ven en las montañas, que planean durante horas buscando a su presa. Puede distinguir también rodeando al viejo mujeres con ropa deportiva que aplauden al borde del llanto. Esto le recuerda a las mujeres del sueño, a las que no volverá a ver nunca. Pero con el viejo es otra cosa, sabe que falta sólo un mes para la maratón de Sportivo Alberdi, suficiente tiempo para tramar algo.

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