CONTRATAPA

Un pariente del solitario detective de Los Angeles

 Por Gary Vila Ortiz

Al parecer hay como un regreso al género policial negro, o al menos está de moda ese retorno. De los no demasiados libros que he podido leer, y de los numerosos comentarios de libros imposibles de conseguir aquí en Rosario, me ha impresionado la calidad de "El otro nombre de Laura", traducción menos que afortunada del original inglés "The Silver Swan". Benjamin Black, su autor, es el pseudónimo de John Banville, escritor irlandés nacido en 1945. Qué es lo que ha modificado de su estilo Banville para transformarse en Black es algo que no podemos decir. No porque no nos interese sino porque no hemos logrado leer otra de sus obras. Nos dejaremos llevar, pues, por la intuición. Pensamos que Black se aproxima a los heterónimos de Fernando Pessoa mucho más que a los pseudónimos creados por Eça de Queiroz, Antonio Machado o Borges y Bioy Casares. Algún lector se preguntará a qué viene esto de Fradique Mendes o de Juan de Mairena o de Abel Martín. Por cierto, nada tienen que ver con lo policial, pero sí con la sensación que alcanzaron una altura propia y acaso se los pueda citar sin nombrar a esos dos grandes escritores que se encontraban detrás de ellos. En lo que hace a Borges y Bioy Casares, fueron los creadores de un investigador privado bien argentino, sin duda: don Isidro Parodi, quien resuelve los misterios desde su celda en la prisión donde se encuentra encerrado por razones políticas. Pero en esta invención hay mucho de paródico, de humor, y nada que pueda compararse con los protagonistas de Benjamin Black. Sin embargo, la cita era necesaria pues pensaba, de paso, nombrar a otros argentinos que trabajaron con verdadera autenticidad y valor literario sus obras policiales: Rubén Tizziani, Juan Carlos Martini y Juan Sasturain.

Por muchas razones del corazón que la razón no comprende ni quiere comprender, Chandler, Hammett, Mc Coy, no pueden ser imitados. Pero leerían con gusto a Black y les agradaría el personaje de Quirke, "ese hastiado forense" pleno de curiosidad. Parece que solamente esa curiosidad lo lleva a seguir adelante para saber. Otra de las protagonistas de la novela lo compara con Bogart o con Alan Ladd, aunque el autor trata más de pintar a la mujer por lo que dice que al forense mismo. Las escenas sexuales están presentes, claro, uno no puede imaginarse una novela negra sin ellas. Uno no se imagina a un Philip Marlowe casto. Pero el tono de esas escenas es absolutamente diferente. El forense debe aproximarse al camino de esa Laura que no es Laura, y esa aproximación lo llevará al mundo de una pornografía que nos ha parecido siniestra. Tampoco debemos olvidar que Dublín por cierto no es Los Angeles. En una escena, la mencionada Laura que no es Laura escribe las cartas obscenas que le han pedido que escriba, y la más obscena la escribe en una iglesia donde ella se masturba por eso mismo que está escribiendo. Podemos adivinar esos textos, pero no conocerlos. Ignoramos si Black conoce aquellos cuentos pornográficos que Anaïs Nin escribió por encargo (no recuerdo cuánto le pagaba por página el que se los pidió), pero tal vez John Banville sí los haya leído.

La forma en que se van desarrollando los capítulos es algo de primer agua, van en un crescendo que resulta de un contenido que necesariamente requiere esa forma. En algunos casos ﷓otra vez la memoria metiéndose en donde no debe﷓ los diálogos y la descripción de ciertas escenas nos recuerdan a aquellas novelas que aparecieron en los primeros tiempos de la colección Séptimo Círculo, cuando Borges y Bioy Casares la dirigían. Al respecto, conviene olvidar lo que en el diario dedicado a su amistad con Borges dice Bioy, quien parece empecinado en hacer quedar como un falso a Borges, lo que es deleznable, aun cuando ciertas cosas que cuenta puedan ser ciertas.

Confieso que me complacería conocer la opinión acerca de Black de ese amigo entrañable que es el Negro Ielpi, pero la última vez que lo vi, cuando le pedí que me autorizara a publicar un diccionario que me ofreció y me dio por los tiempos en que apareció el primer número de "el centón", un diccionario sobre artistas rosarinos que es un ejemplo del talento y la bondad de Ielpi, me pidió por favor que le diera tiempo. Está bien, Negro, pero si leés estas líneas y todavía no has leído a Black deberías hacerlo.

Nos hemos ido tanto por las ramas que ahora volvemos a lo esencial. Si hay una nueva forma de enfrentarse al género policial, la obra de Benjamin Black la representa cabalmente. Una novela como la suya permite estas disquisiciones, este interés, esta premura por comprender cómo el cansado forense de Dublín puede ser un pariente querido del solitario detective de Los Angeles. Dios no puede cambiar el pasado, ni lo más mínimo, pues implica cambiar toda la historia universal. Pero puede jugar un poco con el tiempo sin modificar nada. ¿No nos daría la ocasión de jugar un truco entre Black, Marlowe, el Negro Ielpi y yo para conocernos mejor? La tapa del libro, editado por Alfaguara, es buena, pero la hubiéramos preferido menos explícita, acaso un bosquejo de la cara de Black.

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