CONTRATAPA

El canto perdido

 Por Jorge Isaías

Una mirada menos que absorta pretendía enseñorearse en la tarde, en el pliegue de aquellos inabordables crepúsculos cuando la tristeza se arrimaba como un gato pegándose al suelo.

Era la soledad y otro tiempo, como esa la luz que se filtraba, juguetona, a través del vitral de los coloridos vidrios ingleses, donde al amarillo y al verde se le oponía ese rojo como una sangre recién brotada de una herida a cuchillo.

Era la noche, la alta noche que se proponía extranjera, cuando ya el silencio era un poncho de arracimadas uvas oscuras cuando de pronto una voz, una sola, quebraba como una límpida escarcha el robledal de la dicha o apenas esa zozobra que calaba en los pechos.

Después de la tarea diaria los hombres se acercaban a la casa que rodeaban los árboles, los caballos, algún perro ladrador y un jilguero que dormitaba en la jaula. A algunos los esperaban sus mujeres, sufridas, con sus altos rodetes y sus vestidos oscuros, con pequeños hijos llorones y una madurez tan prematura como una fruta en estación equivocada.

Esos hombres y esas mujeres hechos al sacrificio, que no se permitían un solo día, una sola hora o un solo minuto de dicha o placer. Era sólo trabajo, sólo sufrir sobre las eras maduras, sobre los rastrojos, llameados de crepúsculos volvedores, pero siempre esquivos y en fugas.

A veces, por las noches, dicen que mi abuelo cantaba. Frente a su botellón de vidrio oscuro donde esperaba ese vino negro y espeso que iba volcando en un vaso ordinario y luego llevaba a sus labios resecos, previo paso del líquido por "esos bigotes de filtrar el vino" como escribió José Pedroni para siempre. De vez en cuando le salía una voz ronca, arrebatada de nostalgia extranjera y cantaba en ese dialecto dulzón sus canciones que creía perdidas. Luego, lentamente se inclinaba sobre la mesa, apoyaba sus brazos y apoyaba la cabeza sobre ellos, como si fueran su almohada. Allí el cansancio y el vino lo adormecían como a un niño y como a un niño su esposa y mi abuela lo recordaba. Lo llevaba hacia esa habitación inmensa como se lleva a un ciego y lo ayudaba a desvestirse. Primero le sacaba esos grandes botines de cuero resquebrajado con restos de barro reseco, y luego los pantalones holgados y la chaqueta de brin que llevaba siempre sobre su camiseta de frisa mugrienta y sudada. Ella después tomaba esa lámpara a kerosén con su llamita titilante, ponía una mano sobre el tubo de vidrio para evitar que un golpe súbito de aire la dejara a oscuras y recorría las habitaciones donde dormían los hijos y las hijas. Con ojo vigilante y mano eficiente iba arrebujándolos de a uno, arropándolos con un amor excluyente y luego iba hasta esa gran cocina de grandes azulejos blancos. Allí una "Carelli Nº 2" hacía su combustión de marlos y resecos palos de quebracho colorado. Entonces tomaba una gran bolsa donde guardaba sus géneros y comenzaba el trabajo largo y paciente de los remiendos. Hasta muy alta en la noche se oía el ruido de esa gran tijera con su ruido áspero y metálico. En otras ocasiones tomaba las agujas que siempre estaban tejiendo un pulóver para esa familia tan numerosa.

Cuando ya los ojos se le cerraban, guardaba todo, tomaba esa lámpara que era en sus manos como el símbolo de una furia amorosa y caminaba hacia la pieza donde mi abuelo (o el sueño pesado y roncador de mi abuelo) le esperaba como una carne cansada, pero viva. Al otro día, al alba, todo recomenzaría de nuevo. Como los brotes de alfalfa que crecían en la noche o el grito de algún corderito que había nacido en la noche y había que asistirlo junto a su madre.

Con semejante vida hecha a los sacrificios más duros, no llegaban a los cincuenta años y ya se sentían viejos. Mi abuelo tuvo que sacrificar la escolaridad de sus hijos porque no daba la chacra para tomar un peón y se hacía ayudar por sus hijos mayores, mi padre, el primogénito tuvo que abandonar en su año inicial la escuela para ayudar a su padre. Lo mismo pasó con Juan, con Pancho, con Kelo.

Como así tampoco daba y no se conseguía alimentar tantas bocas, ellos -sus hijos los fueron abandonando no ya por construir un futuro sino por mera situación alimenticia.

Cuando sólo le quedaban los dos o tres menores (Nato, Ruso, tía Teresa) vendió la chacra y se vino al pueblo a regentear un almacén y despacho de bebidas en un barrio de mala muerte.

Aunque yo era muy chico percibía que ese destino no agradaba a mi abuelo hecho a los espacios abiertos, a los amaneceres muy altos y al olor penetrante de la albahaca que perfumaba las noches.

Luego de cerrar su negocio, oí contar a mi abuela, el viejo ponía su botellón lleno de vino espeso y oscuro y volvía a pasar de a poco -ya cenado por su garganta angustiada pero esta vez, al dormirse, se había olvidado del dialecto. Mejor dicho se había olvidado de cantar y fue tan definitivo ese olvido que ya no se le oyó más quebrarse como un junco en la emoción y el recuerdo de su aldea perdida para siempre.

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