CONTRATAPA

UNO EN UNA (cuatro)

 Por Miriam Cairo

Si una no estuviera sola, el jardín no estaría solo. Fin del mundo atlántico sobre el espesor de la lengua. Una mira alrededor pero hay un lirio que intenta retenernos los ojos y una teme que de él nos venga otra vez la propensión al caos. Porque una está lejos de los estados visionarios pero muy cerca de la confusión.

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Desde el remoto punto de partida hasta el amuleto del entuerte, una vive de a ratos con Breton en la textura, de a ratos en los primeros pelos de la sombra y casi siempre en las advertencias de Marguerite: ?Las mujeres no deben hacer leer a sus amantes los libros que escriben?. Y la misma regla se aplica para las mujeres que tienen un marido y un amante. Una, que ha frotado tres veces el ojo de Breton sobre la piedra del sueño, se da cuenta de que después de decir "nunca me iré", siempre sale corriendo.

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Para leer sí, pero para vivir, uno no puede taparse las orejas, porque las orejas son necesarias para oír que los otros tienen hambre de nuestra carne y nuestra alma humanas. Hambre de masticación. Hambre de deglución. Hambre de evacuación. Hambre de empezar todo otra vez, a la misma hora, en la misma casa. Y uno, que conserva ciertos datos sobre sí mismo, distingue el hambre consumidor del hambre perceptivo. Entonces, uno no deja de servir su carne a los hambrientos, pero se reserva para sí la intimidad de los huesos.

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Después de las sobremesas, una se envuelve en el papel de fumar y se toca tímidamente las rodillas. El lobo tiembla. El lobo nace en el tembladeral. Una frunce la escotilla y llora. El lobo vuelve a nacer. Si una quisiera, lo podría hacer nacer a toda hora, pero una no siempre tiene su permiso, porque una, que es la hija del relámpago, tiene miedo de ser tan feliz y tiene gracia para no serlo.

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Una, que no ha leído la literatura magrebí, sabe que un encuentro de huesos puede modificar su destino cierto y convertirlo en movimiento. Movimiento de huesos. Una tiene que estar decidida a ser una criatura nacida de Breton. A sentirse perdida. A llevar los huesos hasta el balcón donde otro le trae noticias de sí misma. Una, que no siempre lee con los ojos ni escribe con la lengua, confiesa que ha conservado la esfera de los primeros gemidos, la esfera que se fragmenta, se desgrana. Y otra vez una se envuelve en papel de fumar y se hunde en el espesor de la boca que la inspira y la exhala.

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Uno, que practica las dos respiraciones, la involuntaria y la voluntaria, experimenta la asfixia cuando siente que todo alrededor, todo en su interior, está inmóvil. Pero uno, no está buscando el fervor de los externos. Uno quiere que su hueso emperador se empale en el mismo centro del lobo, y que el movimiento empiece desde adentro.

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A una le viene de chica la pulsión por ir hacia el interior. Al interior de las muñecas, al interior de la habitación, al interior de los libros, al interior del cuerpo. Y en ese movimiento precoz una ha conocido al lobo. Una ha mordido las uvas. Una se ha sumergido en las violentas potencias subterráneas y ha sostenido con las manos el aullido.

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Una necesita lo lejano. Una necesita retirarse de lo próximo para acercarse a lo lejano. Entonces junta los huesos y los mete en un bolso. Se va con los huesos a lo lejano que es próximo para separarse de lo próximo que es ya tan lejano. Y así, una vive un encuentro con la cercanía de lo lejano. Una tiene huesos de variados calibres porque una es una criatura nacida de un espasmo de Breton.

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Uno, que se da de comer en cuatro comidas, en los días laborables y las noches asuetas, puede concederse el desplazamiento, el desvío. Puede pensarse hacia delante, aunque haya tanto detrás, pues todo lo que está detrás lo empuja hacia delante. Uno por más que esté detrás de sí mismo va hacia delante porque ha abierto un ojo de lobo, y siente que el lobo lo empuja hacia el espasmo de Breton. Hay un hecho lucero. Hay un espasmo que a uno lo fecunda.

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Una sabe que no podría vivir de la escritura a causa de la extraña aberración de sus labores y de su carácter insólito, pero una también sabe que no podría vivir sin su escritura como un monstruo no podría vivir sin sus malformaciones. No escribir es la cuestión más peligrosa que una podría plantearse.

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