CONTRATAPA

MATILDE

 Por Adrián Abonizio

-Era Matilde hermosa, chiquita, delicada; con un entusiasmo a toda prueba. Siempre tan despabilada y con una energía apabullante. Yo la vi llegar una tardecita. Era más chica que nosotros. No rondaba el colegio la familia en donde había caído era extraña así que la veíamos por el barrio nomás cuando andábamos de ronda, sin nada que hacer, esperando surgan los haceres que bien podían ser escalar una casa abandonada, jugar a acertar los números de patentes o un fulbito. Cuando crezca un poquito va a ser mía-, susurraba Toledo mirándola. !Como si alguien pudiera obtener a alguien así nomás! Claro, venía de parientes gitanos y para ellos era eso lo normal: comprar una mujer o un animal, cambiarla por un auto o valijones de ropa de contrabando.

Ya le están creciendo las tetitas -surgía del barullo Antonioni, malicioso y fértil en sus ocurrencias, parapetado en su bicicleta de adultos, a punto de irse para algún sitio que ignorábamos pero que quedaba en confines inciertos y cuyos trámites nos eran desconocidos. Una vez volvió con un mono embalsamado para su tío. Otra vez enganchado a una silla de ruedas. Era mandadero oficial de una familia numerosa y en movimiento con supervivencias asombrosas.

Yo la traje a la Matilde... una tarde-, alargaba misterioso y señalando el caño, con su dedo negro culminaba: Acá, ¿ven?, acá la traje sosteniéndola y bien mansita que se quedaba la guacha.

Largaba una risotada que todos complementaban... -Ah, qué lindas tetitas tiene-, largaba en un suspiro. Y se iba hacia el poniente, misterioso y alto, pedaleando encargos turbios de mandadero pobre. Cuando las primeras hojas de retama empezaron a señalar la primavera, a la Matilde la dejaron salir. Primero a la vereda, después al parque, siempre acompañada de un mayor. Cruzaba las esquinas muy juiciosa, mirando al paseante a ver si aprobaba lo que hacía. Derechita, enhiesta y cierto aire aristocrático; era Matilde, la sonrisa del barrio, la claridad de su pelo sedoso, su andar de puntillas, su belleza.

Una tarde la seguimos: iba con Campanioli, que vivía con ellos al fondo, animal jubilado, solterón agriado. Le permitían llevarla a caminar, seguramente hastiados de entretenerla en casa, no encontraban más reposo que dársela al viejo ese para que la aireara. Al fin de cuentas era inofensivo el viejo. Zonzo y serio como un tonel. Por 9 de Julio, siguiendo las arboledas dobló de pronto y entró al boliche de Néstor, el Chaucha. Lo espiamos. Fue hasta el largo mostrador y pidió una jarra de vino. En la pared lucía un espejo de marco dorado. El sucio aire nublado empañaba su figura pero lo distinguíamos allí y Matilde muy quietita jugando con su pie. El viejo pidió otra, ya se había empinado una y iba por más. Lo vimos erguirse de su cuerpote como para embestir pero solo resopló y contempló todos los rostros como buscando entre ellos algún parecido. Los bebedores, callados, sombríos levantaron la cabeza. El Hipopótamo estaba arisco y pendenciero. Lo escuchamos ofertándose para pelear, brindando por la cobardía ajena en el aire, con la jarra de vino en ristre. El Chaucha se interpuso y le señaló la puerta. Temblamos por Matilde. ¿Dónde estaba? Me metí en el bar. Una negrura de caverna me recibió y entre el suave polvo como de mortuorias flores disecadas, caspa de siglos idos, lavandina reseca que se levantara de golpe desde inmemoriales suelos y lágrimas de todos los hombres que habían llorado en sus mesas, distinguí a Matilde, hecha un ovillo en un rincón como presintiendo el halo de asesinato cordial que se estaba preparando. Sus rulos tocaban el piso sucio. El Chaucha lo cuerpeó arreándolo hasta la vereda, sacándolo de un crimen seguro, puesto que algunos hombres, recibiendo la afrenta del Hipopótamo, serios como estaban se habían dispuesto al combate.

Afuera el chorro de luz pareció avergonzar al viejo que, como pudo, se calzó el sombrero y cruzó sin mirar la avenida para desaparecer, asustado de su propia borrachera para el oeste, olvidándose de Matilde y del mundo entero. Aquello fue el clarín para nuestras líneas, la llamada para protegerla. La agarramos entre dos, y la llevamos caminando lentamente para que no asuste, contándole pavadas, señalándole las copas de los árboles de donde caían florcitas magras en un espiral atractivo. Deducimos que nadie en sus cabales la abandonaría. Una familia que se precie de serlo no puede descuidar tamaña belleza confiándola a un borracho, ahora lo comprendíamos.

Matilde parecía sonreírnos, con sus bucles al vientecito y su andar de fiesta nuevamente. Ya pasó el susto-, le habló al oído Toledo, quien dijo estar dispuesto a llevársela a su casa, que allí había lugar, que Matilde tendría un hogar nuevo y que nosotros tendríamos un sitio donde visitarla y honrar su preciosura. Alguien propuso dejar una nota en la familia anterior. Era un rapto y estábamos excitados. Con lápiz, sobre un papel que encontramos escribimos que como la habían descuidado ahora estaba en otro lado, más segura. Pasamos el papel por debajo y corrimos por la 9 de Julio hasta la casucha de Toledo, con Matilde, el símbolo de la aristocracia, la primer perrita de raza que conocíamos.

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