CONTRATAPA

Recuerdo Intoxicado

 Por Guillermo Paniaga

No había Tiempo, puedo jurarlo; había, sí, una sucesión de los hechos en el espacio, un estar lo segundo después de lo primero; sin embargo, esta continuidad, sí, continuidad, aunque la misma palabra atente contra la veracidad de mi afirmación, estaba más allá de los parámetros normales de esto que concebimos Tiempo. Las cosas, si bien respetaban un orden lógico, la semilla antes que la planta, el amor antes que el dolor, se daban intermitentes. Había huecos; pedazos de sustancia de todos modos, pero huecos al fin; no me atrevo a decir que faltaban la coherencia y la cohesión, porque si bien estaba esa sospecha, en la reflexión posterior me fue posible determinar que no. Había cohesión, también coherencia, había un orden lógico, había la continuidad, había la sustancia, la extensión y por ende también el espacio; lo que no había era Tiempo.

Cuánto me gustaría decir que, por no haber el Tiempo, tampoco había la Muerte. Había la Muerte, y había la sensación de ir poco a poco (otra vez la aparente incoherencia de las expresiones) muriendo. Tiempo, sólo eso faltaba.

Comencé a caminar la cuadra con millones de ideas rondándome por la cabeza; habían pasado tantas imágenes, tantas palabras, tantas vidas mientras yo, aturdido, avanzaba por la vereda tratando de evitar los desniveles y un porrazo, que cuando levanté la cabeza para ver por dónde andaba descubrí con espanto que apenas si había adelantado veinte metros desde que había comenzado la marcha. Miré hacia el final de la calle y me pareció inconmensurable el tramo que me quedaba para llegar a la esquina, ¿cuántas cosas más vería y oiría en mis fantasías antes de llegar a destino?

Luchaba por mantener los ojos abiertos, la vertical, un paso rectilíneo; era una lucha agotadora, porque la imaginación funcionaba con tanta potencia que más de una vez estuve dispuesto a rendirme, cerrar los ojos y dejar que ese mundo me ganara poco a poco, un mundo oscuro donde yo volaba con los pies sobre la tierra, las carnes como plomo, el alma ansiosa y agitada. Y estaba mareado de un mareo agradable, y estaba inseguro con mis pasos, y era de noche y veía muy poco.

Dos años o dos minutos después, cómo saberlo, llegué a la esquina e hice señas a un taxi. El auto se detuvo, subí y le indiqué el destino al chofer. El viaje transcurrió dentro de ese mismo territorio sin Tiempo. Pasaron horas antes de que el auto y el taxímetro por fin se detuvieran.

Ya en mi casa las cosas parecieron tomar un cariz de normalidad; y digo parecieron porque en realidad, lo que hacía de ese interregno un retorno a lo habitual era la ausencia de parámetros de medición; sólo estaban los relojes, y ellos, inmóviles, mentían su mentira milenaria. Puse música, piano, alguien, no sé quién, ejecutaba Beethoven; entonces el Tiempo volvió a esfumarse entre las notas. Magnífica melodía con un fondo de voces y canto de pájaros que provenía de la calle, y también algo parecido a un rugido; era más bien el respirar ronco de un león en reposo; lo oía con tanta claridad detrás de los acordes...

Fue durante (insisto con palabras que desmienten lo que afirmo; sin embargo cómo hacer de una narración pretenciosa de un destino que prefigure en sí misma la atemporalidad) decía que fue durante el espacio que medió entre la casa de Cintia y mi casa cuándo tuvo que haber aparecido. La conciencia de lo nuevo surgió bastante después, porque mientras estuve en la calle, en el taxi, en la cama oyendo Beethoven y los pájaros, lo soporté como se soportan las viejas heridas, un dolor que de tan tenue y persistente pasa a formar parte de la rutina sensorial. Estaba ahí como estaban las pestañas, nada más natural e insignificante a la conciencia de uno mismo en tanto carne, cuerpo que deambula arrastrando consigo el alma... Sí, lo sé, exagero en las expresiones de tono místico poético; de todos modos me gusta expresarme así cuando escribo en estas páginas; pienso que nada de lo que digo ha sido dicho antes del modo en que yo lo digo, y me hace tan feliz esta mentira... Sí, también lo sé, exagero con las digresiones y demoro la entrada al quid de este asunto, pero me gusta las formas que elijo para mis palabras, me agrada creer que son precisamente ellas el quid, que nada exterior, el cuento, la trama, la historia, pueden ser más interesantes que las frases en sí mismas, y me hace tan feliz esta mentira.

Estaba ahí, entonces, como están las pestañas etc., etc., y recién tuve conciencia de lo nuevo ya pasada la mañana, cuando había recuperado el Tiempo. No puedo decir con certeza que se tratase de algo físico, de todos modos tuve cuidado de no rozarlo con la Gillette al afeitarme; tampoco era parte de mi imaginación, un rebote intoxicado, porque tampoco lo fue el grito de espanto que pegó Leticia al verme, en la cocina.

Ella me ha visto en peores circunstancias y ha sabido mantener la calma; incluso me ha asistido en más de una oportunidad, aunque la gravedad no lo justificase. (En secreto Leticia me amaba, y yo a ella; tan secreto era el sentimiento que jamás nos lo diremos.) Cuando logró habituarse a la sensación de espanto, se acercó y extendió la mano hacia mi rostro, con temor, como si el sólo contacto con eso que allí flotaba pudiese aniquilarle las uñas, la piel, los nudillos, la mano, el brazo, toda ella. Sin embargo, comprobamos, no era algo que pudiese tocarse, tan innecesarios mis cuidados con la navaja. Estaba allí, pero no estaba, al igual que el Tiempo en el viaje que lo trajo al mundo. Creo que estuvo a punto de echarse a llorar. Había en sus ojos el brillo trémulo que antecede las lágrimas; sin embargo, no lo hizo. Se detuvo largo rato en la contemplación de mi estigma, por llamarlo de algún modo, y luego se sentó a la mesa para terminar el almuerzo. Había rencor en cada bocado que apuraba, en cada trago que luego, en la oficina, la obligarían a las Buscapinas y los Alkaseltser. No me dirigió la palabra, no me pidió explicaciones, ni me propuso faltar al trabajo para cuidarme en esa especie de convalecencia. Terminó la comida y salió sin saludarme.

Quizá me haya molestado su reacción, sí, es probable, y le habría reclamado algo si yo mismo no hubiese estado demasiado estupefacto con la presencia de mi nueva seña particular... Ahora tendría qué poner en los casilleros que lo preguntan; ¿señas particulares? Pero cómo definirlo en al menos tres palabras si ya llevo dos páginas sin lograr un acuerdo entre nosotros; entre ella, o él, que ahí está, flotando, y yo, que lo padezco algunas noches, y lo disfruto algunas tardes.

Me detengo a espiar lo que llevo escrito y, Dios mío, cuánta diferencia entre Gregorio Samsa despertó una mañana convertido en un insecto y este andar por las páginas sin conceptos claros, sin una idea que me permita resumir lo que siento. Cuánto me ahorraría de sudor si en lugar de un espacio sin tiempo hubiese transitado una noche de transformación progresiva; cuánto si con el simple despertar hubiese descubierto mi estigma; pero no voy a volver sobre lo ya dicho; las cosas fueron como fueron y explicadas están.

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