OPINIóN › SIETE DIAS EN LA CIUDAD

La interna que humaniza al socialismo

Sigue siendo una novedad la disputa pública de los dirigentes del PS de cara a los próximos comicios. Los que temen una debacle y los que están dispuestos a ir hasta las últimas consecuencias en pos del liderazgo.

 Por Leo Ricciardino

El estridente alineamiento del intendente Miguel Lifschitz con el gobernador Hermes Binner en la interna socialista derivó en un desequilibrio de tensiones al interior del partido que dejan al sector del senador Rubén Giustiniani en una posición de mayor debilidad en relación con el comienzo del conflicto de intereses dentro del PS. Sin embargo, aún no está escrito el último capítulo de esta pugna inesperada dentro de la fuerza que gobierna la provincia y la ciudad más importante de Santa Fe.

Para Lifschitz ahora nunca estuvo en duda "el liderazgo de Hermes". Pero si se revisan declaraciones y actitudes del intendente durante 2009 y gran parte del año que acaba de irse, las pruebas indican que sí imaginó alguna vez un socialismo sin Binner en la provincia. Los dos primeros años de la gestión socialista en Santa Fe generaron una tensión muy fuerte con el equipo de gobierno local. No había una buena coordinación de políticas públicas y el municipio sentía que se superponían acciones en casi todas las áreas, amén de los "cuadros" políticos que se fue llevando la administración provincial desguarneciendo la gestión municipal.

Pero además, Lifschitz ya se sentía el sucesor natural de Binner y notaba que a la gestión provincial le costaba mucho arrancar y mucho más concretar los primeros aciertos de gobierno. A tal punto que el intendente de Rosario trataba de hablar lo menos posible de la marcha del gobierno de Binner para no sufrir el impacto del desgaste a futuro. Sin reelección para el gobernador, el camino estaba allanado para el intendente que impulsaba como nadie una candidatura nacional para Binner.

Pero los cálculos fallaron y cuando Binner notó que desde todos los sectores internos del partido se apuraban a "jubilarlo" sacó chapa de jefe, hizo valer los más de 800 mil votos en la provincia y se propuso encuadrar con dureza a los díscolos, entre ellos al propio intendente que ahora retomó su lugar al lado del líder socialista.

Hasta aquí todo normal para un partido político, pero no para el Partido Socialista. El intendente Lifschitz cree que "al simpatizante del socialismo" le desagrada asistir a esta puja pública de los dirigentes del PS. Sin embargo, se puede notar que a muchos votantes del mismo sector político -por el contrario les agrada ver que hay pasiones, intereses y disputa de poder como es natural a la política. Es cierto y hasta obvio lo que dice el intendente respecto de que ir divididos pone en riesgo el liderazgo del PS dentro del Frente Progresista, por la proyección que han empezado a tener los radicales. Pero si todo fuese especulación y cálculo en la política, muchas cosas no habrían sucedido. Sin osadía, no habría existido un Néstor Kirchner, sin audacia, muchos proyectos se hubiesen quedado a mitad de camino.

Para muchos esta "pelea" interna "humaniza" a los socialistas. Y es cierto. Para quienes conocemos a estos dirigentes -por nuestra profesión hace más de 20 años; por primera vez los escuchamos hablar y exponer ideas con la pasión de los que están dispuestos a disputar poder. No por el poder mismo, sino por lo que implica tenerlo para transformar. Y esto no es otra cosa que admitir que hay diferencias políticas y humanas en este como en otros partidos. Desde hace mucho tiempo muchos sabemos que no son lo mismo Lifschitz, que Binner o Giustiniani; pero lo tenían tan reprimido que por momentos exasperaban a los interlocutores.

Nadie puede dudar de que la fuerte cohesión interna de todos estos años le ha rendido frutos al PS; en medio de un escenario en el que las fuerzas populares se iban desgarrando en sus luchas intestinas interminables. Esto hace comprensible el temor que muchos demuestran en esta pelea. Pero la otra manera sería seguir dirimiendo las diferencias encerrados en el partido. Hay que creer que si esta fórmula aún es posible se encontrará. Pero también es cierto que si las tensiones salieron a la luz como nunca es porque aquella manera de resolver las cosas está perimida. El PS de hoy no es el mismo que el de hace 10 o 20 años. Tiene otras responsabilidades, ha tenido otro crecimiento. Sus dirigentes deciden sobre el destino de más de tres millones de habitantes. Es casi lógico el presente escenario de disputas.

Giustiniani cree que él y su sector tienen derecho de llegar a ejercer cargos ejecutivos y dejar de deambular sólo por las bancas provinciales y locales. Binner cree que tiene que ser alguien de su equipo el que lo suceda, para "profundizar los cambios iniciados". Pero también para no perder poder propio. Y Lifschitz creyó que era el candidato de todos, pero tuvo que optar en medio de la pelea. Como se ve, tensiones naturales de la política que sólo los dirigentes involucrados podrán conducir hacia un desenlace también natural, o concluir en un drama político que lleve a posiciones irreconciliables.

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