CONTRATAPA

LOS CIUDADANOS COMUNES

 Por Miriam Cairo

Los muertos no la necesitan y los vivos tienen que lidiar con ella. Parece que la cosa más sensata que una persona puede hacer por su alma es sentarla con una copa en la mano mientras la confusión es el dios de la locura.

En medio de una reunión, el alma puede decir "a mí me interesan las putas, el gusano en la manzana, los bares, las cárceles, los suicidios de los amantes". Y de nada sirve que conjuremos nuestras nadas. Hay que hacerse cargo: las almas son lo que comen.

Es lógico que en un momento de vergüenza se tenga la tentación de tomarla por los hombros y sacudirla, pidiéndole que se retracte, pero el alma es un objeto peligroso y delicado. Al momento del zamarreo puede pasar que los senos le tiemblen, se zangoloteen como dos nenúfares azotados por el viento, y todo lo que se necesitaba decir para reprenderla cae en la más profunda desmemoria.

Educar el alma, cuando ya se la ha echado a perder con lecturas interdictas es una tarea abnegada. Y aunque lo aconsejable sería deshacerse de ella, una vez que uno ha concebido su alma, sea por amor o por descuido, no puede más que cuidarla.

Los ciudadanos comunes adoran a su alma, aunque tenerla los llene de complicaciones. No es apropiado, por ejemplo, permitirle que se extravíe observando por la ventana el trajín de las amas de casa extenuadas en el frenesí de los pulidos y los lustres.

En caso de que se opte por llevarla al bar, tampoco es recomendable que se acerque a la mesa de los maridos encervezados que tratan de olvidar a las esposas extraviadas en los lustres, porque el alma tiende a no caer en lugares comunes.

El alma no se domestica como una esposa ni se vuelve intratable como un esposo. Una vez nacida, el alma es todo lo contrario a una croqueta de pavo o a un aperitivo de cordero pasmoso.

Además, todo aquel que todavía no haya concebido su alma tiene que saber que extirparla de cuajo, es una operación costosa. Inaccesible para un ciudadano común que ha caído en la tentación de dejarla crecer en su cuerpo como un hígado malsano. Por ello, lo recomendable es ir quitándole poco a poco, lo que uno le ha dado. Y hay que hacerlo con firmeza, porque el alma es proclive a dulzuras inconcebibles. Siempre está dispuesta a parpadear en nuestra mano, a recompensarnos tocando un nocturno en la flauta de canalones, a montarse sobre un dedo de monstruo y salir volando.

Deshacerse de ella es tan difícil como derribar un muro a golpes de puño. Y eso es inexplicable, porque el alma es liviana y etérea. El alma es carne de algodón, sexo de ángel. Su debilidad es justamente su fortaleza. Además, un ciudadano común cae con frecuencia en la adoración de su alma. Puede amar más a su alma que a su esposa. Una ciudadana común, puede amar menos a su marido que a cualquier cosa.

Cierto es que con sólo mirar para otro lado uno podría derribarla, pero los ciudadanos y las ciudadanas comunes, mal que les pese, no desean hacerlo. No pueden dejar de sentirla, de parirla en noches de insomnio, de pagarle unas horas de hotel, de obsequiarles libros malditos, lencería transparente, juguetes eróticos.

Hay gente que sueña con su alma todos los días. Que la espera en la oficina, en el bar, en la terminal de ómnibus. Vistos desde acá, esos ciudadanos comunes parecen estar oliendo la púrpura rota de los juncos. Vistos desde allá, son la lacra del mundo.

Los historiadores se atormentan con grandes preguntas. Los matemáticos siguen afligiéndose por el problema de los cuatros colores. Los farmacéuticos se humanizan con Rivotril. Los funcionarios y ministros se vuelven locos tratando de hacer el bien, mientras los ciudadanos comunes, además de trabajar, dormir y despertar, lidian con la desgracia apabulladora de adorar su alma. Y por más que le den miles de recomendaciones, en cualquier reunión de trabajo, en cualquier cena familiar, el alma aparece. Si no es ella en persona, o su recuerdo, aparece su aroma de nenúfares. Genitalmente aparece y pone patas arriba el orden del mundo.

Hace falta mucho vodka con seven up, para que el alma no nos envuelva en sus frunces. Para cenar en la mesa familiar adormecidos en un silencio alcohólico. Para ser un votante feliz. Para que las nubes no nos asesinen.

Todo aquel que tenga tentación de ser un ciudadano con alma, tendrá que saber que, una vez concebida, ella florece, florece y luego en nuestras manos se desflora. Con tanta dulzura, con tanta convicción se desintegra ante un movimiento fragoso, que uno se perdona a sí mismo todo lo que ha abandonado y todo lo que abandonará en el futuro.

También es necesario que sepa, que el ciudadano común y su alma poco a poco se funden en una esperanza abrumadora. Y las esperanzas, claro está, no sirven para nada. Por ello, para salir del llano, lo más recomendable es parecerse a los farmacéuticos, los historiadores, los ministros y los funcionarios. Es ético advertir a todos que la gente sin alma vive en mejores condiciones.

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