CONTRATAPA

Un cuento ecuatoriano

 Por Miriam Cairo

¿La pintura de una lámpara no ilumina? ¿La palabra fuego no se enciende?

Cada vez me convenzo más de que estamos inmersos en un mundo de falsas apariencias. Cuando Manuel me invitó a un encuentro de escritores en su ciudad, Babahoyo, creí que él era un escritor como tantos. Tuve que llegar hasta allí para saber que era un quijote soñando el sueño de las palabras.

En el mundo equivocado en el que suelo vivir, pensaba que el núcleo de Los Ríos era el equivalente de una provincia argentina. Por supuesto también me equivoqué: era Macondo con sus plantaciones de banano, donde un solo hombre tiene pulso y coraje para amar a nueve mujeres y procrear con ellas cincuenta y cuatro hijos, sin plantearse que por un carril vaya el mundo de las falsas apariencias devenidas verdades, y por otro, el mundo de los libros.

Al llegar a Ecuador, pensé que en migraciones hacía trámites para ingresar al país que figura en los mapas, el país encerrado en sus fronteras, con sus habitantes de "carne y hueso", esa carne y esos huesos que tanto me confunden.

Digo, pues, que yo creí ingresar en el país del planisferio pero había entrado en el país verdadero, guiada por la mano cálida de Macario, ya hecho hombre de familia, liberado de la tutela opresora de la madrina y emancipado de los amoríos clandestinos de la Felipa.

Siempre víctima de las falsas apariencias, estuve tentada de pensar que en él ya no quedaban rastros del niño que acallaba las ranas para impedir el insomnio de la madrina, pero la realidad se me imponía con todo su peso en el eco de aquel repiqueteo perdurable en su memoria.

Al principio nos dimos la mano, como dos supuestos desconocidos, para estar a tono con el mundo de las falsas apariencias, pero por mucho que su ropaje fuera el propio de un alto funcionario del gobierno, y yo arribara al país como escritora, antes que como lectora (no acabaré nunca de sorprenderme de mis equivocaciones), nos reconocimos.

Naturalmente, ni siquiera hablamos acerca del tum tum del tambor, porque sus movimientos espontáneos a la luz del sol me demostraron que la Felipa, tal como se lo había prometido, había llegado hasta el mismísimo Dios santo para rogarle que lo libere de la oscuridad a la que la propia madrina lo había condenado.

A pesar de mi total incapacidad por percibir de la realidad su maravilla, ella misma se encargaba de abrirme los ojos para que por una vez en la vida me diera cuenta de que la existencia no es ese berenjenal de mezquindades y correderas, de vanidades y podios, de desamor y preservativos, de florcitas pequeñas sobreviviendo en las macetas. Pura ficción es El Cairo con sus columnas y sus marquesinas. Pura ficción el potus diminuto con sus hojas diminutas. Pura y vieja ficción el europeísmo baboso que queremos chupar desde estas latitudes de Sudamérica. Apenas un cuento el menú de los restaurantes donde no figura ni por asomo el arroz con menestra. Mis propios excesos son una metáfora flaca del bolón de maíz, plátano verde y queso criollo, por más que en mis esmeros mentales piense en freírlo en un aceite de girasol argentino.

Y para que me quede claro que el mundo real no es el que creo habitar, sino el que leo en los libros, llegó el momento inaugural del Encuentro de Escritores, donde el maestro de ceremonias era la viva encarnación del orador de "El día del derrumbe". No cabían dudas de que él se sentía feliz porque el auditorio era feliz y se abrazaba al micrófono con una excitación sólo posible de ser descripta en un libro ya escrito.

A la hora de los discursos de los escritores invitados, el moderador perdió toda moderación y habló, habló, habló tanto que no quedó tiempo para los discursos de los asistentes. Por su boca pasaron todas las palabras nacidas desde la colonia hasta el último congreso de la lengua y otra vez la realidad me demostró que el tiempo no es más que un disimulo, y que el mundo de los libros es más pragmático que el de los calendarios y los certificados de asistencia: Manuel, ideólogo y mentor de este primer congreso, en menos de que cantara el gallo reinventó el programa y agregó funciones para que los catorce exponentes tuvieran ocasión de hacer un resumen más o menos ajustado de sus conferencias. Y así fue que los escritores demostraron a un auditorio fecundo y alegre, en qué consiste su rara, loca tarea. Los aplausos expresaban el fervor real de los seres imaginarios.

Macario, en la primera fila de la platea, con su hermosa mujer, que apenas se parecía a la Felipa en su gesto de amor, y junto a su pequeño hijo al que yo he decidido llamar Juan en homenaje al Dios de este mundo creado, me exigía que no tratara de volver estas páginas vividas en un texto meramente inteligible.

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