CONTRATAPA

Reencarnaciones

 Por Miriam Cairo

La tarde en que José reencarnó en perro, su esposa estaba podando el limonero. Tres veces había dado la vuelta alrededor del árbol amenazada por una nube de mosquitos, hasta que lo reconoció. Distraída por un momento del devenir dorado, chasqueó los dedos y el cachorro viejo se acercó. No era un perro cualquiera sino el perro de Morisot plasmado de luz. Sin reparar en la identidad de aquello que proyectaba, el perro se dejó ver el rostro por una de las miradas de la esposa.

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Estaba compartiendo una cena espantosa en un hermoso restaurante espantoso, con gente elegantemente espantosa, que pronunciaba las palabras en inglés con una corrección espantosa y amaban los automóviles último modelo con una naturalidad espantosa. Y todas las palabras que utilizaban eran útiles para nombrar las cosas, porque se hablaba de cosas perfectamente nombrables. Y a cada momento me consultaban sobre el modo correcto de expresarlas. Estaban muy atentos a la normativa, a las cuestiones ortográficas y a las construcciones gramaticales. Y para ellos todo era muy exquisito y muy ameno. Jamás pensaron en los versos. En la rajadura. Y el verso murió sobre la mesa. Me fui con el cadáver tibio aún, en el bolsillo. Mientras caminaba por las largas veredas angostas, enamorada de su peligro y su soledad, el verso reencarnó en "mujer desnuda a caballo por el mar".

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Hacia el final de sus días, la esposa de José reencarnó en agapanto. En un costado del jardín, su esposa, su fantasma, se levantó entre las hojas y él sostuvo la cabeza azul, desplumada, hasta que la cabeza se mantuvo erguida por sí sola. Luego la observó con el puño cerrado bajo el mentón. Se parecían bastante. El agapanto y el fantasma. Desde el interior podía reconocer el ronroneo. Largo rato la observó venir desde la impredecible distancia. Cortó la cabeza y la colocó en el florero. Siempre había querido hacer eso. El fantasma tieso miraba para aquí y para allá. Estaba a un lugar equidistante entre la vida y el ultramundo.

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Aquella noche llegó sin cuerpo. Era un brillo sin lugar donde estar que traspasaba el corazón de lado a lado. Se aguardaban fuertes vientos tempestuosos y la cafetera vibraba en un tamborileo de bailarina desquiciada. El brillo buscaba un lugar dónde reposar después del largo viaje. La cafetera quemaba. Las manzanas rojas. Impredecibles sonidos de respiración. El reloj. Los libros. La manta negra. El ramo de lilas. El brillo andaba por la casa desorientado, como un animal sin amo al que por compasión se le da cobijo.

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Un momento antes del fin del mundo, la segura en su inseguridad tropezó con su doctrina, desorientada, y optó por defender el secreto impulso a reconocer la vida química, terapéutica, psicológica de los objetos. Y así fue que un día, un momento antes del fin del mundo, hizo tratar a los objetos por un mago sanador capaz de cambiar la utilidad de unos por la inutilidad de otros. Y no hizo falta colocar el asa de un pocillo en la base de un florero para que la sanación se produjera.

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Cuando la noche reencarnó en día, se soltaron los hilos que rodeaban la luna y la mantenían atada al mundo. Liviana flotó detrás de algo para que nadie la viera. Descansó luego en la terraza de un viejo edificio y se fue otra vez, desgarrando las fibras del aire, meciendo las alas de cisne negro.

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La reencarnación no es un fenómeno eterno. Alguien se rehace desde la comisura hasta la palabra. Alguien se restaura. A veces las hormigas se reencarnan en gente. Luego la gente reencarna hormiga. Y la noche llega como siempre, con su tropa de ángeles y de mosquitos. Alguien taladra el oscuro mar de pedrería. Alguien se corta la cabeza y la coloca en el florero. La reencarnación atrae a otras criaturas reencarnadas. Alguien aspira el humo, fuma la comisura, exhala el palimpsesto y abre sus alas reencarnadas. Abre sus páginas reencarnadas. Sus alas de cisne negro, de agapanto azul, de estambres, de algo que no puede durar vivo ni muerto.

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Obra "Mujer con caballo", del artista ecuatoriano Mario Cicerón
 
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