CONTRATAPA

Performance

 Por Javier Núñez

Cuando llegué a la Ciudad de México no conocía a nadie ni tenía otro plan que no fuera recorrer algunos lugares que me habían sugerido con fervor. Pasear, sacar fotos, disfrutar del asombro que provocan siempre los lugares nuevos. Quizás, también, apuntar impresiones por la noche en un cuadernito que había llevado y, en una de esas, aprehender alguna historia mínima de esas que sobrevuelan la mesa de un bar.

Una historia intrascendente, de esas anécdotas que se cuentan cuando se acaba de hablar de los lugares que uno visitó y las personas que conoció y las impresiones que se trajo. Una de esas historias que no justifican la narración y que a mí, sin embargo, siempre me gusta contar.

Fui a parar a la casa de Paula, una amiga de una amiga, con la que sólo había intercambiado dos o tres mensajes por Facebook cuando supe que tenía que viajar.

Es argentina, periodista, y vive en México desde hace varios años. Está en pareja con Miguel, un fotógrafo que dejó la redacción de La Jornada para actuar como free lance y se las arregla con encargos de bancos de imágenes como Getty, mientras se autofinancia proyectos documentales. Me recibieron como si fuera un viejo amigo y me dieron una habitación amplia, con armarios atestados de cámaras viejas, trípodes y lentes de varias marcas, que Miguel usaba para guardar sus materiales y Paula para trabajar en una Mac junto a un ventanal enorme y luminoso o para cambiar los pañales de Camilo, el hijo de los dos, cuando la tarea se imponía en medio de algún artículo.

Una noche salí a tomar algo con Miguel y otro fotógrafo amigo de él. Fuimos a la hostería La bota, un bar cultural frecuentado por intelectuales, artistas y estudiantes, con cierto aire de taberna española, paredes atiborradas de objetos antiguos en las que las imágenes taurinas y religiosas se mezclan con la iconografía del Che, carteles de cerveza de chapa y otras cosas que parecen rescatadas de algún viejo desván. En el lugar nos encontramos con dos conocidos del amigo de Miguel --un moreno muy alto, profesor de educación física; una morocha con rulos como tirabuzones y boca grande que era actriz-- y acabamos todos en la misma mesa. Tomamos cervezas y mezcal, y hablamos. O ellos hablaron, y yo preguntaba para tratar de entender.

Hablamos de las elecciones inminentes, de López Obrador y Peña Nieto, de la manipulación de las encuestas por parte de los medios, del debate entre candidatos a la misma hora que el fútbol --o el futból-- como una nueva muestra del poder concentrado de los medios. Hablamos del proceso de naturalización de la violencia, del estrago de los narcos en el norte ("Hay pueblos fantasma", dijo alguien en algún momento, "pueblos enteros donde a la gente se le dio a elegir entre pagarle a los narcos para seguir vivos o dejar todo e irse para siempre") y de la responsabilidad y los errores del gobierno en esa guerra abierta contra el narcotráfico. Del machismo imperante en la sociedad mexicana; de Chiapas y del subcomandante Marcos; de los asesinatos de periodistas --dos fotoperiodistas habían sido asesinados aquel día en Veracruz, a pocos días de que apareciera estrangulada Regina Martínez, corresponsal de la revista Proceso. En menos de una década los periodistas asesinados llegaban casi a cien--. Y de casamientos, acaso el tema menos interesante, pero el que encerraba esa historia que después siempre me pongo a contar.

Fue la morocha de rulos como tirabuzones la que sacó el tema. Alzó su botella --no recuerdo qué tomaba ella: yo tomaba una Negra Modelo, o la cuarta Negra Modelo--, mostró la alianza y propuso un brindis. Tenía una media sonrisa que nos hizo dudar, o sospechar. Después explicó que había simulado su propio casamiento, en una especie de performance que nadie logró comprender del todo. Su objetivo, dijo, era demostrar que si las mujeres no cumplían con ciertas pautas culturales --casarse, tener hijos, lavar la ropa y dejar de salir de noche-- a determinada edad, eran mal vistas por la sociedad y prácticamente discriminadas por no cumplir con lo que se esperaba de ellas. ×Una mujer de 28 que todavía es soltera es poco menos que una puta", afirmó, y a mí me llamó tanto la atención aquella afirmación que me sonó tan anacrónica como la edad promedio para el casamiento, que rondaba los 25.

Nos enredamos todos en una discusión extraña, con posiciones encontradas, en la que yo tenía más asombro que argumentos. Pero tampoco se ponían de acuerdo entre locales: mientras unos decían que se trataba de una generalización absurda que respondía a las características del propio entorno en lugar de reflejar a la sociedad real, otros decían que esa era la sociedad real y que los otros no eran capaces de ver más allá de su propio entorno. Lo que nadie ponía en duda, en ningún momento, era que la sociedad mexicana es extremadamente machista y conservadora. La cuestión era dilucidar si era tan así o más o menos así.

Pero, en fin, el casamiento. A la morocha de rulos como tirabuzones se le había ocurrido que simular el casamiento era una buena forma de probar ese punto o demostrar su desacuerdo. Se inventó un novio turco y obligó a un conocido a posar con ella para las fotos de Facebook. Le mintió a su familia y amigos diciendo que se iba a casar y los invitó a una boda sin novio, a la que planeaba entrar con marcha nupcial y todo para caminar hasta un altar vacío donde declamaría su oposición al mandato social.

Se reía. Nosotros nos reíamos algo extrañados.

El plan se complicó, dijo después, cuando el padre se le murió poco antes de la boda. Fue un golpe grande, inesperado. Y en medio del dolor le confesó la verdad a la familia.

La madre y las hermanas le dijeron que estaba loca. Llamaron a los parientes y a los amigos para decir que la boda se había suspendido. No dijeron que era un invento: nadie se animó a tanto. Dijeron que se había suspendido, que la muerte, que el novio turco, que estos chicos de ahora, que quién sabe.

Ella no estuvo de acuerdo. Volvió a su casa y los llamó a todos otra vez. Dijo que su familia estaba muy alterada por la muerte del padre, ustedes comprenderán, es un momento muy duro para mamá y mis hermanas, pero la boda se hace igual, claro que se hace. No dejen de venir.

Se hizo.

Entró sola. Caminó hasta el altar vacío.

Muchos no lo entendieron. Creo que hay miembros de la familia que no le volvieron a hablar. Lo contó entre la risa y el llanto, esa noche, en una mesa plagada de botellas de cerveza vacías, sin dejar de jugar con la alianza que --todavía-- lucía en el anular.

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