CONTRATAPA

Réquiem de la pachanga

 Por Guillermo Lanfranco*

Cuesta reconocerlo. Para desplazarse necesita una silla de ruedas y la mayoría del tiempo su rostro se sostiene en la misma expresión sosegada. Uno espera el momento en que arquee las cejas y -con los labios gruesamente pintados de La Tota- le cuente a La Porota alguna desventura doméstica. Pero eso nunca sucede. Porque Jorge Porcel pasó por Rosario con otro plan, el plan de Dios, y si reunió cerca de 5000 personas en el estadio del Club Provincial y otras tantas en el Gigante de Arroyito, el único motivo fue contar cómo su vida hizo un clic y pasó de ser uno de los cómicos argentinos más exitosos a un famoso ejemplo que tienen los pastores evangelistas -el chart incluye también a Cacho Tirao- para probar que el Señor está para salvar almas, aun de las más perdidas.

La ocasión es especial, y por eso los fieles del ministerio "Vi la luz" se mudaron desde su habitual sede en Oroño y 27 de Febrero al estadio cubierto del Club Provincial. La visita de Porcel es el número de fondo de las celebraciones por el 13º aniversario de la iglesia que encabeza el pastor José María Silvestri y la pastora Mabel de Silvestri, uno de los cultos evangélicos de más espectacular crecimiento en la ciudad. Además de dos templos -uno, el ex cine Heraldo en peatonal San Martín-, cuenta con frecuencia radial (FM Amiga), una revista (Pueblo de Luz) y una señal propia (canal 49 de Galavisión) que "ilumina el universo televisivo". La estructura de fe no se limita a los multimedios, incluye además una escuela primaria y una mutual (La Roca) que ofrece desde atención médica hasta seguro automotor. Todo al servicio de entre 5000 y 10000 seguidores, nucleados en 1100 "grupos de crecimiento". Este sistema celular se expresa en los carteles que reciben a Porcel: "Grupo Flia. Duarte. Yo y mi casa servimos al Señor", dice uno de ellos.

¿Cómo se sostiene económicamente toda esta estructura? es la pregunta que responde Antonio Camaño, uno de los líderes del ministerio "Vi la luz" y años atrás colaborador de otro ministerio, el de Educación, durante la gestión de José María Vernet. "Con las ofrendas y el diezmo", resume, mientras en el amplio escenario un pastor anuncia a los fieles el momento de cumplir esa instancia. "Este ministerio fue tan generoso que no quiso cobrar entrada -dice-, por eso pedimos que el Señor bendiga esta ofrenda voluntaria para que los gastos sean cubiertos".

Porcel queda sentado detrás de una mesa, flanqueado por José María Silvestre y otros dos pastores. Levanta lentamente su mano derecha y por un instante vuelve a aparecer ese personaje inolvidable de su carrera, Don Corleone. "Acá la única estrella es nuestro Señor", aclara mientras su esposa Olga -"me aguantó 36 años, ¿ustedes se imaginan lo que es dormir con un placard al lado?"- y su hija adolescente María Sol lo rodean un por instante. "Dios me dio fama internacional y el don de hacer reír, y después me dijo: ahora trabajá para mí", vendría a ser la resumida historia de su paso a la fe militante.

Pese a las adversidades, dice no haber perdido el don de humorista. "Ahora que tengo a Cristo en el corazón tengo más humor que nunca. Además sigo siendo hincha de Racing y hay que tener mucho humor para eso, o llorar a moco tendido". El recurso del chiste se repetirá a lo largo de su testimonio, como cuando recuerda que "cuando era chico en mi casa cuando llovía salíamos al patio, porque adentro era peor". El primer aplauso de platea y tribunas nace cuando recuerda al "Negrito Olmedo, un buen tipo de verdad, pero bandido como yo. Fue el que más me hizo reír, aunque una especie de nostalgia triste envolvía su vida".

Después comienza a relatar el antes. Es decir, cuando "creía que el dinero era casi todo. Tenía dos Mercedes Benz y no era feliz. Después pasé a ser un hombre de la noche, pero también empezaron las depresiones". Allí se produjo el primer clic de fe en su vida, cuando "pasó por mi mente el Evangelio, pero quería seguir en la pachanga. Me decía: soy cristiano y sigo trabajando en revista, y me sentía mal". Finalmente "me di cuenta que si seguía en la pachanga, donde iba a terminar no hay refrigeración. Iba a entrar como humano y a los dos minutos salir tostado como un carlitos". Las demostraciones de poder que le hizo el Señor llegaron a tal punto que resolvió un serio problema en su restaurante de Miami. "Había cinco personajes que me estaban afanando y entonces le pedí, Señor, límpiame de mugre el camino, y todos se fueron solos". A esa altura, los aleluyas son incontables, y se repiten cuando el Gordo asegura que el mayor milagro de su vida "es poder contar esto".

"El Señor va a hacer algo hermoso en tu vida", asegura un flaco de sonrisa con todos los dientes, después de tocar desde atrás el hombro del cronista, pero no aporta más datos. Mientras, el Gordo remata aporta el último chascarrillo inocente, alejado del doble sentido que hizo época durante tres décadas en el humor nacional y que lo tuvo a él como principal protagonista: "Si de algo estoy seguro es que Dios de Racing no es".

*Nota publicada por Rosario/12 en ocasión de la última visita a esta ciudad de Jorge Porcel, el 13 de junio de 1997. Porcel falleció el martes pasado en Miami.

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