CONTRATAPA

Un argentino en la Patria Grande

 Por Javier Chiabrando

Hay gente que cree que por cantarle o escribirle poemas a las cosas, esas cosas terminan por hacerse realidad. Quizá sucedió así con la luna; la luna no existía hasta que a los enamorados se les dio por usarla de analogía de los amores inalcanzables, y la luna se apareció, redonda y brillante, como nunca debería decir un poema. El resultado al fin no es malo, porque un objeto que no servía para nada se volvió excusa para traer hijos al mundo e inspiración de más poemas y canciones de amor. Luego el hombre sintió la necesidad de ir a ver (tanto romanticismo da diabetes) y la luna se volvió (porque se supo que lo era) un satélite árido, inútil, sin agua ni aire, sin marcianos que conquistar, un verdadero cascote, y que algún día se nos va a caer en la cabeza nada más que para protagonizar una única épica en su vida y justificar su existencia.

Ese mismo tipo de gente que hizo existir la luna de tanto nombrarla, ahora se metió con Latinoamérica. O con la Patria Grande, como dicen los mismos diabéticos. Es verdad que Latinoamérica ha generado casi tantas canciones y poemas como la luna, además de vidas ofrecidas y diásporas, pero eso no significa que exista. Existe, digo, está ahí, son un amontonamiento de países grandes y torpes. Pero nada más. Y menos para los blanquitos como yo, Vargas Llosa, Lanata y Macri. Nosotros vamos a Europa y nos sentimos cómodos a la media hora de llegar, como en casa. (Qué tendré que ver yo con los indígenas peruanos, los negros cubanos, esa runfla mestiza que siempre habla con tonito de call center).

Sí, no voy a negar que esa Latinoamérica que reivindicaban las canciones, por la que dio la vida el Che, la del idioma común, de la música, de la literatura, de la negritud, la Latinoamérica indígena, existe. Al fin de cuentas es un territorio que está en los mapas y las empresas de todo el mundo la tienen como objetivo. Algo debe significar. Pero cuando me subí al avión camino a Ecuador para asistir a "Quito, Ciudad de Letras", lo que pensaba era que eso de la Patria Grande mejor dejárselo a los románticos, que siempre habrá.

A mí me hubiera gustado más visitar París, pero ya se sabe que un evento llamado "Quito, Ciudad de Letras" difícilmente pueda realizarse en París (aunque con la locura que viven los europeos, andá a saber). El resto de los invitados eran Claudia Piñeiro de Argentina, Lucía Donadío y Guido Tamayo de Colombia, Guillermo Samperio de México y Eduardo Carrasco de Chile. Además del artista plástico argentino Diego García Conde, dedicado a pintar siluetas de gentes en madera.

No sé cuándo evalué la posibilidad de aprovechar la volada para rajarme del cerco kirchnerista. Tenía pasaporte (que según las redes sociales, te lo niegan para que cuando haya que votar puedan encontrarte fácil y llevarte por la fuerza), y dólares comprados legalmente (que según las redes no te venden para que no te vuelvas un arbolito), y un avión a mano (según las redes, manejado por uno de la Cámpora; ni me quise asomar a la cabina, por las dudas).

Ya con un pie en el avión, me atacó la pena por esas pobres mujeres y hombres, o sea todos y todas, que iban a tener que seguir soportando lluvias y frío en las plazas para protestar por un miserable dólar. ¿Qué, acaso no merece respeto una persona que quiere viajar a Punta para mostrar las tetas recién operadas o cruzarse con Tinelli en las dunas? Y como si me faltaran estímulos, el avión estaba plagado de argentinos que se fugaban a Cancún, Aruba, Disney, Punta Cana, Buzios. ¡Cuántos cerebros en fuga! Cuántas manos de obra barata desperdiciadas por la impericia de este gobierno, que (según las redes sociales) ahora se prepara para controlar Youtube y quizá Google, de tal forma que cuando uno ponga el nombre de una antigua novia, aparezca Cristina hablándote directamente a vos, ¡y en cadena nacional!

La duda era, ¿adónde rajar? Europa está en llamas. EEUU no me gusta (y creo que yo a ellos tampoco). Y el sol de Aruba es excesivo para mi cutis caucásico (a Vargas Llosa le hace salir ronchas rojas, y él teme que lo consideren comunista, y a Lanata el sol lo hace engordar; rarísimo). En fin, luego de meditar ventajas y desventajas, comprendí que mi destino era regresar a esta tierra, a mi familia y seguir adelante con mi vida de gran escritor y mejor músico. Entonces cumplí con mis obligaciones de representante argentino en Quito (que incluía vigilar que Claudia Piñeiro tampoco se fugara) y me subí al avión de regreso luego de protagonizar una anécdota que voy a contar en breve.

Curiosamente, el avión de regreso estaba repleto de argentinos que volvían cargados de bolsas, riendo, bromeando, como felices. Al ver mi cara de desconcierto, un vecino de asiento me aclaró que todo era un montaje: las bolsas estaban rellenadas con pulóveres viejos ante la imposibilidad de repletarlas como antaño, cuando íbamos a Miami y gritábamos "deme dos" en cada esquina, las risas eran forzadas (en las redes sociales avisan que en los aeropuertos te filman para saber si adherís al régimen por la cara de circunstancia; y los kirchneristas lo tienen contratado al tipo de Lie to me que te lee los gestos y le informa ¡directamente a Cristina!), y las bromas eran de doble sentido: se nombraba a Manuel Moreno para reírse del otro, o se decía Raskolnikov pero el chiste iba dirigido a Kicillof. La yegua era la yegua.

Igual yo ya no era el mismo. Es que durante todo el viaje, de ida y de vuelta, me la pasé mirando como bobo por la ventanilla del avión la inmensidad de Latinoamérica, esos ríos infinitos, esos pueblos perdidos en medio de las montañas, preguntándome quién vivirá allí, qué sueños tendrá, si sabrá que se lo incluye como parte de una realidad continental, se lo considera un hermano, sin importar si es indígena, negro, caucásico, de origen chino o árabe. No sé en qué momento empecé a creer que quizá esa Patria Grande existía. O que estaba empezando a existir. Primero pensé que el salmón ahumado y los bocaditos de caviar con gusto a mortadela que te dan en el avión estaban envenenados. Pero lo que había envenenado mi escepticismo, hasta matarlo, era esa grandeza, esas ganas de creer en algo que no fuera simplemente las bondades de un pasado atado a una tradición más bien moribunda (la europea), sino la necesidad de ver hacia adelante e imaginar un continente que a fuerza de sangre y más sangre, se está volviendo algo más grande que la luna (y más linda y más verde, y más sorprendente), que ya no maltrata ni expulsa a sus hijos. Es decir: yo también me había vuelto un romántico.

Es que en Quito (ciudad maravillosa, de gente maravillosa, capital de un país en poderoso ascenso), sucedió lo que voy a contar a continuación. El invitado a "Quito Ciudad de Letras" Eduardo Carrasco (fundador de Quilapayún) fue convocado a cantar en un acto del presidente. Diego García Conde y yo, que no teníamos mucho que hacer una vez finalizado el evento, nos sumamos a la comitiva encabezada por Miguel Mora, secretario de Cultura de Quito y líder de la banda Pueblo Nuevo, que ese día iba a interpretar algunos temas.

No sé muy bien en qué momento me di cuenta de que estaba arriba del escenario y que Rafael Correa estaba dando un discurso a dos metros. Los detalles del discurso poco importan. Pero sí importa decir que lo escuchaban más de veinte mil personas, quizá treinta, la mayoría jóvenes e indígenas. Importa también decir que uno podría poner las palabras de Correa en boca de Cristina o de Chávez, o de Evo, y significarían casi las mismas cosas. De tal manera que los enemigos (ya sabe: grandes medios, bancos, poderosos a los que se les tocaron los privilegios), dicen y repiten las mismas y aburridas cosas: fraude, crispación, discurso hegemónico, relato, etc.

Yo estaba ahí cuando Correa hablaba. Estaba ahí cuando la banda Pueblo Nuevo, con Eduardo Carrasco en coros, interpretó "El pueblo unido jamás será vencido", una canción del mismo Carrasco. Pocas cosas más importan: que Correa nos saludó y nos dijo bienvenidos, que hay una foto del diario Hoy de Quito del día 23 de setiembre (y que acompaña esta nota), donde aparezco yo debajo del codo de Correa como Zelig al lado del Papa.

Quizá la Patria Grande existe, después de todo; yo estuve ahí, como espiando por el ojo de la cerradura. Un montón de tierra que bien servía para el saqueo y para poca cosa más, se está volviendo una realidad que uno (todos y todas) debería atender para que no se nos vaya a caer también en la cabeza, no como la luna sino de manera simbólica, menos real pero no menos dolorosa.

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