CONTRATAPA › FOTOGRAFIANDO LA ZONA

Las sagradas escrituras

 Por Adrián Abonizio

* "¿Cómo es una cita a ciegas entre dos ciegos?", pregunta inesperadamente la hija del guionista que hace mucho, como un año, desde que su pimpollo adorado despertara al mundo de las palabras, que se nutre de ella cual parásito. Para reconfortarse, reflexiona que canjea parlamentos enteros, dichos, buenas ideas a cambio de comida, educación y regalos. El negocio no está mal. "Dale ¿qué más se te ocurre, mi amor?", incita a su hija.

* "La última vez que tropecé fue en un campeonato de truco", cuenta Antuán. Crópticamente lo susurra, mientras juegan cartas en El Eslabón. Entonces Fernandito, advertido del silencio y de la interrupción, se decide y pregunta qué tiene que ver el rodar con los naipes. Lo hace abstraído, pero de mal humor temiendo sea una larga salida filosófica de su amigo, aburrido con al desarrollo de las cartas. "Fue una rodada extraordinaria: Perdí la final de truco en Echesortu porque yo sólo tenía un caballo de mano. Me ganó con un doce, ¿podés creer?". Por suerte nadie le festeja. Saben que lo hace para practicar en voz alta las historias que luego escribirá en el diario.

* "Escoba inhalámbrica", mal lee en el aviso que le llega por correo. Intrigado abre el texto y comprueba que venden un palo de plástico con un motor a pilas que barre y limpia la mugre del piso. Se sorprende ya que el había entendido "Escoba Islámica". Desencantado por un mundo horrendo de aburrido se pone a jugar backgamon con una señorita rusa a la que nunca conocerá. "Esto al menos es misterioso", se consuela mientras mueve una ficha. Pero anota en un papelito la confusión de escobas. Le servirá.

* El gordo con el 17 en la espalda la pisa muy bien y se lo nota fuera de estado, pero sabe jugar. Lo único encontra es que protesta todas las jugadas, reclama para cobrar a su antojo. Lo dejan porque es caprichoso, la sombra propia de un antepasado que había fichado en River, un ex crack derrumbado no por las copas o la droga o la comida. Está así, hecho un zonzo porque supo hace un año que su amada mujercita se acuesta con otro. Todos están enterados. Y él sabe que todos saben. Viene al fulbito para no explotar. Por eso ninguno le dice nada cuando va con la pierna fuerte o se encula. "Esos sí que son amigos", cierra el que cuenta la historia. Y empieza a escribir el cuento del tipo.

* Ha venido anotando toda incidencia atractiva, toda historia ligera o herrumbrosa, cada acontecer, cada dato en la libretita azul para culminar su novela. Pero esta mañana la ha extraviado, cuando los ladrones que entraran a la casa de su padre se llevaron su mochila olvidada y le pegaron un tiro en la espalda al viejo. En el hospital mientras espera acongojado se siente un traidor porque todos creen que sólo está temiendo por la vida del yaciente.

* Un perro atraviesa el baldío, se detiene a mirar unas flores como un humano. Las huele y se echa al costado de ellas con cuidado de no aplastarlas. "Es un perro enamorado", escribe Analía que espía la escena desde su ventanita, justo cuando se había quedado sin ideas y languidecía el truco de la inspiración forzada con caña y jugo de naranja. Termina el cuento radiante, pero no ve que unos pibes sorprenden al pichicho y lo empiezan a hostigar con palazos. Ella mira la escena pero no le importa. "Los escritores además de la vanidad cultivan la indolencia", suspira su Angela Guardiana, quien en una distracción de Analía borra de la compu y de su cerebro toda frase que aluda a perros que crean en el amor. "Ay, en qué estaba", se dice ella que vuelve, desesperada y borracha a empinar el vaso.

* Al pibe lo descubren como un gran escritor. Relata libre aconteceres diarios de la escuela, la visita a la planta de la Coca Cola, un match de volley, el olor a lluvia en al patio, el flamear de la bandera con una naturalidad y perfección apabullantes. Entonces la directora comete el infanticidio: Enterada de un concurso interescolar de redacciones lo lleva a un saloncito aparte donde, con una amabilidad pringosa le dan hojas y el título de la obra a seguir: Vida de un prócer. El mundo se oscurece. Al instante, como si un gran y quemante sol secara una laguna, al pibe no se le ocurre nada ni entiende qué hace allí. Suena la campana de las cinco y despierta con la hoja en blanco y unas ganas abominables de irse a su casa, tomar la leche y ver los dibujitos.

* A ella la llevan seguido al cementerio a visitar la tumba de sus abuelos y un tío que naufragara lejos. Se entretiene leyendo las placas. Imagina y ve un universo cerrado de pasiones, enigmas debajo de las fotos ovales de los difuntos. Empieza a anotar entonces los apellidos y las leyendas en bronce en un cuadernito Rivadavia. Como sabe de la bestialidad de su familia empieza a contar que sueña siempre con sus queridos abuelitos y pide de ir a donde están. "Pobrecita", exclama una tía, "cómo debe extrañar esta chica". Y conceden de viajar dos veces en la semana y un domingo de por medio. La niña no sabe como disimular su alegría y esconder el cuadernito debajo de su falda, entre el vientre y su bombachita. Al lápiz cortito lo lleva en el zapato.

* Al Tincho lo han retado duro esta mañana. Su madre le ha pegado con la chancleta hasta marcarlo. Tanto que desesperado salta el ligustrín y pide asilo político en lo de sus vecinos. Cuenta que su mamá le pega porque a él le gusta escribir. "Pero señora ¿qué es lo que ha hecho de grave esta criatura?", le inquiere la vecina que además es maestra. ﷓"¡Esto!" grita la mamá. La vecina sólo ve garrapateos como de una hoja completa. "No tiene nada de malo, señora es muy buena la escritura para los chicos". La mamá, triunfal, da vuelta la hoja donde se ve cojiendo a una pareja en distintas poses. "Humm, esto si que no", dice con autoridad. Y deja que se lleven al refugiado. Luego en la semioscuridad de su cocina descubre lo bien dotado que está el morocho que ha dibujado el Tincho.

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