CONTRATAPA

El invierno cerca

 Por Jorge Isaías

En este tiempo, a esta hora, ya es de noche. El invierno está cerca. Por esa época el viejo carneaba para Domingo Cléreci.

Faenaban un par de cerdos que habían estado en engorde desde la primavera anterior. Los sacaban de a uno del pequeño chiquero donde apenas podían moverse y sólo comían. Cuando pesaban cerca de quinientos kilos los sacrificaban. Los sacaban de a uno para que no se trasmitiera uno al otro el miedo porque apenas estaban en el patio gritaban realmente "como marranos", como dice el dicho popular. Quiere decir que algún presentimiento de muerte tendrían, y si no, no hubiera sido tan significativo ese terror manifiesto.

Lo ataban de las patas traseras con sogas entre dos hombres. Les sujetaban las de adelante y lo tiraban vivo, dentro de un gran fuentón donde se le aplicaba un corte rápido a la carótida y la sangre salía a chorros. Con la última gota se lo tiraba sobre una carretilla y se lo rociaba con agua hirviendo que había estado calentándose en una gran caldera, para ablandarles el pelo que se le sacaba con un cuchillo filoso. Se tiraban las sogas, atadas las dos patas, sobre un tirante puesto entre dos árboles y quedaba colgando cabeza abajo. Un corte certero desde el cuello hasta el vientre y se le sacaban las vísceras que se separaban y se ponían en una olla con agua, las partes que no servían para comer se las tiraban a los perros que pululaban histéricos alrededor de todo este ritual de sangre y sacrificio.

De estos dos inmensos cerdos se irían produciendo todos los manjares al que cualquier paladar exigiera. Chorizos, costillares, morcillas, queso de chancho, chorizos para conservar en grasa de cerdo. En una gran olla negra, en el patio, debajo de los sauces, hervían calmosamente los chicharrones con los cuales se harían luego los famosos panes.

Nuestra ansiedad no permitía llegar a esa industriosa instancia y robábamos puñados apenas enfriados al aire y los poníamos dentro de una galleta que ahuecábamos, desmigajándola previamente.

Nosotros, los más chicos, pedíamos la vejiga, que inflada convenientemente nos servía para sustituir una pelota de fútbol. Es decir que nos venía a paliar esa carencia y nos lanzábamos detrás de la casa, en ese inmenso patio que cubrían los paraísos. Era muy liviana, es verdad, pero como niños desposeídos de juguetes todo nos venía bien a nuestra imaginación, que no nos faltaba un instante.

A esta tarea se le decía facturar. Y convocaba al trabajo solidario de parientes, amigos y allegados que en dos o tres días deberían dejar todo listo para proseguir con el trabajo en otra chacra y luego en otra. La comida debía durar hasta el invierno siguiente, y se guardaba -﷓a falta de una heladera-﷓ en las famosas despensas que eran piezas muy frescas, con el techo protegido por cañas para que la chapa no concitara al calor. Allí se colgaban en varillas de madera las exquisiteces que el ingenio y la tradición producían: chorizos, pancetas, bondiolas, queso de chancho, y alguna variante que a mi recuerdo no acude o que mi memoria no puede perforar.

En ese tiempo anochecía más temprano y la tierra parecía un animal echado, que plácidamente dormía ocupando todo el cuerpo que lejos de estar en silencio, reproducía el mugir de las vacas, el balar tonto y cansino de las ovejas, el griterío estrepitoso de las gallinas que buscaban un lugar para dormir en las rejas de madera que llamaban gallineros o en su defecto en las ramas más bajas de los árboles.

Pero el campo además tenía otra música que producía el grito de alguna lechuza cruzando admonitoria y final sobre las almas de supersticioso temor, el croar de las ranas en la laguna cercana, el sinfín de ruiditos minuciosos e inapreciables de los insectos que no acertábamos a nombrar. Era una hora especial, donde el campo parecía querer decir algo, y que se prestaría en cualquier momento a hablar.

Mi madre, por otro lado, colaboraba con su familia. Tíos y primos, sufridos chacareros que trataban de sacarle jugo a la tierra para subsistir, y en la época de la carneada como se le llamaba a estas tareas dividían el esfuerzo con mi padre. Como era difícil que coincidieran los días, yo ligaba todo este esplendor y (para mí) diversión que compartía doblemente.

Después vendría la época de las perdices, y luego el de las liebres. Era una época muy feliz para mi padre, para mis tíos (sus hermanos y cuñados) y para mí que trataba siempre de colarme en estas verdaderas fiestas que duraban varios días.

Luego estaría también el gran trabajo para las mujeres que debían hacer las liebres en escabeche para que durara un tiempo, o los patos a la parrilla o en guiso, previo sacarle con mucho vinagre ese olor a carne salvaje.

Todos estos recuerdos aparecen bajo soles espléndidos o debajo de finísimas lloviznas atravesando los campos arados o los rastrojos, pero exentos siempre de tristeza por que a ellos los recuerdo siempre jóvenes, alegres, llenos de una vida que uno, tan chico, suponía permanente.

Y los regresos de estas cacerías se producían siempre cantando, montados todos en una alta chata con ruedas de goma, tirada por caballos que trotaban desde la noche aproximándose al pueblo, oscuro, tirado sobre el campo como un grupo de perdices echadas, las bailoteantes lamparitas de las afueras que nos recibían con timidez, y uno que al aproximarse a la casa la veía más mezquina, más pequeña, más austera como a la misma calle, ahora oscura, luego de venir del campo amplio, libre, desesperadamente amplio que producía un contraste, inconcebible, inesperado, mientras las lechuzas de mal agüero cruzaban con su grito estremecedor, invisibles en el telón oscuro de la noche.

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